19 de abril de 2019, 14:34:45
Opinion


La “dignidad” de los violentos

Joaquín Vila


Madrid es, sin duda, una de las ciudades más bellas y tranquilas del mundo. Desde El Retiro hasta el barrio de los Austria, los días de fiesta, la gente pasea, va al cine, al teatro, se toma alguna que otra copichuela y se relaja y charla en las miles de terrazas que pueblan sus aceras. Deambula con placer por entre unas calles y unos edificios limpios, rodeados de paz y tranquilidad.

Pero últimamente, los radicales, cada dos o tres semanas, o cada día, se dedican a destrozarlo todo a generar enfrentamientos, a provocar la violencia sin sentido. Este sábado, con el comienzo de la primavera, el sol lo invadía todo. Hasta que llegó la maldita “marcha de los indignados” para poner patas arriba esa paz y generar el pánico y los enfrentamientos con el primero que no llevara una bufanda roja de algún sindicato o algún partido de izquierdas, una capucha o una porra en la mano. Y se hizo el caos.

Las calles se colapsaron por los cortes de tráfico, la gente huyó despavorida, nadie llegó a tiempo a sus citas, ni al cine, ni al restaurante. Arruinaron un sábado que podía haber sido placentero. Y lo destrozaron todo: escaparates, papeleras, coches, terrazas… y se dedicaron a provocar a la Policía (50 de ellos resultaron heridos), a tirar piedras, cócteles molotov. A arrasar con todo. Y la gente salió despavorida como pudo. Entre atascos, miedo y rabia. Era imposible circular con el coche. Estaba todo colapsado. Y se acabó la fiesta del sábado.

Sólo algunos afortunados se refugiaron en casa de algún amigo del barrio a pasar la tarde o a cenar, mientras contemplaban la guerra campal y atronaba el ruido de la violencia. La violencia de los que piden “dignidad”, algunos después de haber robado de las arcas públicas de los ERE o de las subvenciones. La progresía barata y violenta. Los que quieren convertir España en una república bananera, llena de chiflados y de delincuentes. La España que azuzan algunos socialistas, comunistas y sindicalistas. Todo un ejemplo de “dignidad”, con los bolsillos llenos y el estómago repleto de langosta.

Que se vayan al campo a chillar y dejen a los ciudadanos tranquilos. Porque Madrid anoche, tras la batalla campal, parecía como si hubiera pasado una jauría: Los suelos llenos de cristales, los contenedores quemados o destrozados, muchos coches con los cristales rotos... Un campo de batalla. Ahora, habrá que calcular el importe de los destrozos de los de la panza llena de marisco. Eso sí que es un recorte de las arcas públicas.

Madrid se ha convertido en un manifestódromo y, hasta ahora, sólo la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, ha sido capaz de denunciarlo y de pedir medidas para evitarlo. Y no la han hecho ni caso. Que tomen nota el Gobierno y el Ayuntamiento. Y que Madrid vuelva a ser esa ciudad agradable y tranquila para poder disfrutar. Sobre todo una tarde de sábado que comienza a florecer por todas las esquinas, ahora que ha llegado la primavera.
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