25 de septiembre de 2021, 23:36:03
Economía

crónica económica


La crisis con Ucrania no parará la recuperación


Los efectos de una guerra fría, incluso en el peor de los casos, no serían muy profundos. Pero sí podrían detener la recuperación. El escenario más probable es otro.


La recuperación tiene nombre y casi apellidos; le hemos dado carta de naturaleza. Pero sigue habiendo, y cuándo no, incertidumbres tanto en la evolución puramente económica como en la política. Por lo que se refiere a la primera, y al plazo más corto, Francia se encamina a una profunda crisis y China sabe ya lo que es que una gran burbuja empiece a estallar. Al más largo, algunos analistas señalan que los bancos centrales, con su respuesta a la crisis, han sentado las bases de una nueva crisis para la segunda mitad de esta segunda década del desdichado siglo XXI.

Nada de ello nos interesa en este momento, sino, acaso, estas mismas horas, días, meses acaso. La recuperación, ¿corre el riesgo de desvanecerse, como las nieves de las cumbres durante los meses de primavera por la crisis de Ucrania? Lo cierto es que se dijo que el “secuestro” presupuestario de los EEUU, o el “cierre” del Gobierno, traería desgracias sin cuento, y no ha sido así. ¿Es el caso de Ucrania distinto?

Nos guiamos por un reciente informe del banco nórdico SEB que se hace exactamente esa pregunta. El análisis de SEB es que la economía de los Estados Unidos se va a recuperar con fuerza este año y el que viene, con un crecimiento respectivo del 3,1 por ciento y del 3,7 por ciento. Pero “su contagio a otras zonas del mundo será menor de la usual debido a la debilidad estructural en la euro zona y en muchas de las economías emergentes”.

Pero este análisis es el mismo que se hizo en el informe de febrero. ¿Qué cambia, entonces, la vuelta de Crimea a Rusia? “Aunque la situación geopolítica podría cambiar rápidamente”, reconoce, “nuestra conclusión actual es que el panorama global se mantiene prácticamente igual y los ajustes a la baja en nuestras previsiones de PIB son relativamente marginales”.

Para hacer ese juicio, los redactores del informe se han fijado en la incidencia que han tenido otros episodios históricos de terremotos políticos. Son estos: La Revolución Naranja en Ucrania en 2004, la crisis de Georgia con Rusia en 2008, o las de Egipto y Túnez en 2011. En esos casos, la incidencia de las crisis políticas sobre el crecimiento quedó en una horquilla de entre cinco y diez puntos porcentuales. “Pero”, advierte, “en todos esos casos el declive tuvo lugar desde un alto ritmo de crecimiento, lo que le permitió a esos países evitar la recesión. En el caso de la economía ucraniana, estaba ya en caída libre, y “la misma crisis era un factor importante detrás de la escalada de conflictos políticos”.

¿Y si abrimos el foco a su incidencia en amplias regiones, o en un nivel global? Estas turbulencias políticas tienen efecto sobre el estado de ánimo de los agentes, pero como señala correctamente, “la experiencia muestra que estos efectos psicológicos son pequeños y pasajeros”. Es más, “sólo si los conflictos regionales afectan de forma significativa los precios globales, especialmente los de la energía, el impacto es generalmente duradero”. Luego la cuestión es en qué medida el conflicto ucraniano puede producir estos efectos, que serían causa de otros, esto es, un enfriamiento globalizado.

Los Estados Unidos “tienen un comercio con Rusia relativamente pequeño”, nos dicen los autores, aunque las relaciones de Rusia con Europa son más profundas, como es normal. Especialmente con Alemania, que ha estrechado sus brazos sobre las economías del este, fronterizas con o cercanas a Rusia, de modo que lo más lógico es que buscase alguna forma de compromiso. “El Reino Unido, que tiene unas extensas relaciones financieras con Rusia, también podría buscar un acercamiento”.
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