25 de agosto de 2019, 6:41:13
Opinion


LOS DOS ERRORES DE ADOLFO SUÁREZ

Luis María ANSON


Recibió a Arafat cuando el líder palestino era un apestado para el mundo occidental y se le consideraba un terrorista. Se anticipó Suárez a lo que ocurrió después. Arafat fue incluso premio Príncipe de Asturias. Pero la Casa Blanca no perdonó el desplante de Suárez y mareó al Rey con las críticas más ácidas.

Para impedir actos públicos multitudinarios que enardecieran a las Fuerzas Armadas, ordenó Suárez que a las víctimas del terrorismo se les enterrara de tapadillo. Los militares estaban dispuestos a perder la vida, no el honor. Reaccionaron de forma muy airada y asediaron al Rey con críticas especialmente ácidas. Los que morían eran ellos y quien les enterraba sin honores era Suárez.

En el otoño de 1980, la ofensiva nacional e internacional contra Adolfo Suárez era abrumadora, acentuada además por una oposición de Felipe González implacable y por las maniobras de los descontentos, cada vez más numerosos, dentro de su propio partido. El ruido de sables en los cuartos de banderas y el de las intrigas en los cenáculos políticos hacían inviable la permanencia del presidente en el que el Rey había perdido la confianza.

El balance de la gestión de Suárez fue altamente positivo y tres décadas después se ha reconocido lo que se merecía en justicia. La Historia le ha colocado en su sitio y el pueblo español, que le dejó con dos diputados en las elecciones de 1982, se ha sumado de forma abrumadoramente mayoritaria en el homenaje que se le ha rendido en la hora de su muerte.
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