17 de noviembre de 2019, 6:04:08
Opinion


Adolfo Suárez, justicia, memoria y gratitud

Rafael Anson


Creo que, con su desaparición física, Adolfo Suárez ha conseguido, no solo un lugar en la historia de nuestro país, sino, también, que se le haga justicia y que se le recuerde con gratitud.

Es posible que mucha gente no sepa o haya olvidado las dificultades que pasó Adolfo Suárez cuando dejó la presidencia del Gobierno y las injusticias que se cometieron con él y con su familia. Mejor olvidarlo.

Lo de la memoria y gratitud era obvio. Todo el mundo está recordando el papel impresionantemente positivo que tuvo Adolfo en la Transición política y en la incorporación de una serie de valores fundamentales a la convivencia política en nuestro país.

Y, como es lógico, lo recuerdan con gratitud.

Pero lo importante es que ahora se le ha hecho justicia de verdad. Y se le ha reconocido lo que fue, y lo que ha sido, desde todas las posiciones políticas, desde todos los grupos y partidos, desde todas las personalidades, desde todos los colectivos sociales, económicos y culturales.

Es verdad que en nuestro país se suele hablar bien de los muertos pero, en el caso de Adolfo, no se trata solo de hablar bien sino de elogiar y reconocer a una personalidad política que, sin duda, seguirá dejando huella en la historia de nuestro país.

Conocí a Adolfo Suarez el año 56.

Había sido Jefe de Secretaría de Fernando Herrero Tejedor cuando estaba de Gobernador Civil en Ávila. Al venir Fernando Herrero a Madrid como
Delegado Nacional de Provincias en el nuevo Gobierno, con Solis de Ministro Secretario General del Movimiento, nombró Jefe de Secretaría a Adolfo Suárez.

A partir de entonces, de una u otra forma, tuve siempre mucha relación con él. Como colaborador y como amigo.

Es verdad que desde el primer momento, cuando hablábamos, medio en broma medio en serio, me decía que él quería y pensaba ser presidente del Gobierno.

Los dos tuvimos mucha relación con López Rodó y con las personas que en su momento facilitaron la Transición en el plano jurídico, en el económico, en el educativo y en el social.

Esas transiciones básicas, en el fondo, facilitaron la Transición política a la muerte de Franco.

En aquellos años, sobre todo del 69 al 73, Adolfo Suárez ocupó el cargo para el que luego me eligió a mí, es decir, la Dirección General de Radiodifusión y Televisión y la Dirección de RTVE, la única televisión que había en España y,en el fondo, la única información en la radio, puesto que las privadas tenían que conectar con el “parte”.

A la vuelta de que el Rey le notificara que iba en la terna y que le había elegido para ser Presidente de Gobierno, Adolfo Suárez me pidió que me ocupara del cargo que él había tenido y en el que había podido valorar la extraordinaria influencia que tenía en España sobre todo la televisión, pero también la radio.

Adolfo Suárez no fue un buen estudiante. Tampoco era una persona especialmente culta. Como él mismo decía, era un “chusquero”. Aprendió desde la secretaría de un Gobernador Civil, luego fue Gobernador Civil, Director General, el equivalente a Subsecretario, y Ministro.

Por tanto, llegó a la Presidencia del Gobierno sin un excesivo bagaje intelectual pero con una extraordinaria experiencia política.

Sin duda, lo más importante de Adolfo Suárez eran sus cualidades humanas, su intuición, su generosidad, la seguridad que tenía en sí mismo y su capacidad de diálogo y de consenso.

Esas virtudes humanas las aplicó a la política y, en el marco de la Corona, en colaboración con su majestad el rey y contando con el pueblo español, hizo posible una Transición que no se había producido nunca en la historia de los pueblos. Logró pasar de una Dictadura a una Democracia en términos de reforma y no de ruptura, en paz y sin violencia.

El gran acierto de su majestad el rey fue elegir la persona adecuada en el momento adecuado y para el objetivo que se perseguía.

Era probablemente la única persona que, en ese momento, era capaz de pilotar la Transición. La única persona que, desde dentro, fue capaz de conseguir, legítimamente, que las Cortes franquistas aprobaran las reformas políticas y que el pueblo español, en el referéndum más importante de todos los celebrados, el 15 de diciembre de 1976, aprobara de forma abrumadora la Ley de Reforma Política que hacía posible y garantizaba la Transición en términos de paz y de reforma.

Fue un referéndum en torno a canciones como “Libertad sin ira” o “Habla pueblo habla”.

Un referéndum en el que los españoles, muchísimos franquistas y muchísimos antifranquistas, votaron todos por la paz, por el futuro, por la democracia, por la libertad sin ira, para que hablara el pueblo.

En esas dos actuaciones, tanto la aprobación por las Cortes en noviembre como el referéndum en diciembre del 76, Adolfo Suárez tuvo una intervención decisiva. No era sospechoso de sectarismo en ninguna dirección. Todos los grupos y personalidades políticas de uno u otro signo, el pueblo español en su conjunto, entendieron que aquel personaje, que sorprendió a todos cuando fue nombrado por el Rey, creía lo que decía.

Yo que tuve la inmensa suerte de conocerle en muchísimas de sus actividades antes de llegar a presidente de Gobierno, actividades políticas, administrativas, económicas, familiares, sentimentales y humanas, puedo decir que realmente el rey acertó de pleno en una elección nada fácil y en la que su majestad el rey intuyó lo que aquel joven, con menos de 45 años, podría y sería capaz de hacer para cambiar el destino y la historia de nuestro país…. para bien.

Adolfo Suárez deja un vacío inmenso en el recuerdo pero, en cambio, abre un horizonte de esperanza para todos los que compartimos con él aquellos años y los que estamos seguros que a partir de ahora tendrá un sitio en la historia y en el corazón de sus familiares y de sus amigos.

En los próximos meses pienso publicar un libro con lo que viví al lado de Adolfo Suárez en aquel año mágico de la Transición, de junio del 76 a junio del 77 y, también, en los meses siguientes en los que Adolfo ofreció también a España algo insólito en nuestro país: los Pactos de la Moncloa.
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