21 de abril de 2019, 16:09:38
Los Lunes de El Imparcial

RESEÑA


A. G. Macdonell: Inglaterra, su Inglaterra


A. G. Macdonell: Inglaterra, su Inglaterra. Traducción de Miguel Ángel Herranz. Belvedere. Madrid, 2014. 261 páginas. 17,90 €


Donald Cameron era un soldado escocés que había luchado en la I Guerra Mundial, junto con el galés Evan Davies. Este último conocía Inglaterra, no así su amigo, aunque tuvieron ocasión de hablar sobre los ingleses durante los meses en los campos de batalla. Sin embargo, en un combate cualquiera, un proyectil estalló cerca de Cameron, quien resultó con “traumatismo craneanoencefálico y neurosis de guerra”. Todo ello lo llevó de regreso a Escocia, y a la vida rural junto a su padre, quien pronto moriría. Como resultado, y ya más recuperado, Cameron decidió probar suerte como periodista, aunque sus esfuerzos resultaban frustrados por distintas razones. Hasta que se reencontró con Davies, quien además era editor y le recomendó a su viejo amigo de guerra que escribiera sobre los ingleses: “Inglaterra vista a través de la mirada de un escocés”. Le aconsejó al efecto nunca reírse del cricket ni de Lord Nelson.

Así comenzaron intensos meses de investigación y conocimiento de la realidad de Inglaterra, para avanzar al mundo de la cultura y las costumbres de su gente, en las más diversas situaciones. De esta manera Cameron conoció a Mister Hodge y a un grupo de amigos; visitó un fin de semana la campiña de Lady Ormerode; asistió a un partido de cricket en Londres; después estuvo en variados eventos deportivos, como rugby, fútbol y golf; conoció el mundo rural, “la verdadera Inglaterra”, como aparece mencionado; trabajó un tiempo con un parlamentario británico enviado a Ginebra a los organismos internacionales de la posguerra; participó en un mitin izquierdista; tomó unas breves vacaciones en un viaje en barco, en el cual el capitán gustaba de analizar la personalidad de la gente de otros países que conocía. Conversó con aristócratas, políticos, y con gente común y corriente; conoció el campo y la gran ciudad. Con todo ello se fue formando una idea de lo que era Inglaterra y los ingleses, aunque muchas veces se repitiera una sensación de perplejidad.

Si bien algunas descripciones resultan excesivas para los inexpertos en algunas cuestiones (como el cricket, narrado con abundancia), el libro tiene páginas y narraciones muy bien logradas, donde se mezclan las historias con la ironía para comprender las instituciones o las personas. Especialmente interesante es el capítulo sobre los organismos internacionales en Ginebra: “[Donald] se quedó de piedra al descubrir que apenas había hombre, mujer o niño sobre la superficie de la Tierra, cuyas vidas no se viesen mejoradas por el diseño de planes, el desarrollo o impulso de estrategias, y por las medidas tomadas durante aquellas cuatro semanas” por la Asamblea de la Sociedad de las Naciones. En algún momento se contrastan de manera hermosa y dramática lo que fue el sentimiento patriótico que inundó a las naciones europeas al comenzar la guerra de 1914, con las consecuencias dramáticas que vivieron los pueblos en las trincheras y en los distintos campos de batalla. Así le narraba un hombre a Donald: “En 1914 la nación y todo su honor me daba veintidós chelines a la semana y trabajaba setenta y cuatro horas a la semana. Pero tuve que dar tres hijos y ocho nietos para luchar por el honor nacional. Once de ellos. Y murieron tres y otros dos perdieron las piernas”, evidenciando una crítica social que se extendió después del sufrimiento de la guerra real.

La obra logra acercar al lector al conocimiento de Inglaterra. Con desplante, ironía y finas descripciones van apareciendo caracteres, paisajes e historia. Se trata de la Inglaterra de la posguerra, una sociedad con siglos de historia y tradiciones asentadas, un país que vale la pena conocer y sobre el cual siempre se puede leer con interés, como ocurre con este libro que tiene mucho de autobiográfico, considerando la trayectoria de Macdonell y que él mismo usó el apellido Cameron en algunas de sus publicaciones.

Por Alejandro San Francisco
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