29 de julio de 2021, 22:47:14
Opinión


Un libro esclarecedor

José Manuel Cuenca Toribio


En 1937 y en Buenos Aires se publicaba el libro La persecución religiosa en España. Con él, su autor, el escritor balear Joan Estelrich (1896-1958), relativamente desconocido hasta entonces no obstante su protagonística intervención en la vida cultural europea y española del, intelectualmente, muy fecundo periodo de entreguerras, se catapultó a la fama; una fama discreta a la medida de su temperamento y conducta, invariablemente inclinados al cultivo de la vita umbratilis, en la que sus entrañados clásicos colocaban el reino de la felicidad personal.

Los devotos de la mejor biografía política del siglo XX hispano –el Cambó, de Jesús Pabón- y, desde luego, uno de los libros de historia más enjundiosos sobre el ser y el existir de los españoles en la edad contemporánea, esperábamos con impaciencia la aparición en público de las memorias del principal colaborador del gran político catalán en sus destacadas empresas culturales y algunas de las atañentes a la vida pública del primer tercio del novecientos. Figura, como se diría hoy, perfecta e íntimamente relacionados con las redes del poder económico, mediático y político de su época, logró conciliar durante varios lustros la lealtad al dirigente de la Lliga con la confianza de su coterráneo Juan March, como lo prueba la dirección de los dos periódicos isleños El Día y La Veu de Mallorca financiados por aquél y consagrados por entero a su servicio. Si a ello se añade, sólo en el mismo plano de la comunicación, su rectoría del famoso e influyente diario tangerino España, se entenderán bien las expectativas despertadas por la, una y otra vez continuamente aplazada, publicación de sus recuerdos.

Y, sin embargo, por desgracia, éstas sólo se han cumplido a medias. Pese al decantado europeísmo del autor de los Diataris (Barcelona, 2012), su suerte editorial no ha podido ser más carpetovetónica. El caos y desorden más completos campean a sus anchas en la confección de los capítulos dados a la luz, sin la claridad pertinente y obligada en un documento de tal índole. Así la selección de los años escogidos -1914, 1918, 1935-36, 1940, 1943, 1948-49- no queda adecuadamente justificada, sin que la amputación de tramos sin duda decisivos de su completo desarrollo merezca una mínima explicación de entidad. La azarosa existencia del que fuera director de la mítica revista Occident y jefe –a instancias y a expensas de Cambó- de la propaganda franquista en el extranjero en el transcurso de la guerra civil, de una vida familiar signada por las turbulencias, no facilitaba, en verdad, la tarea de publicar condignamente sus fruitivos recuerdos. Pero, no obstante ello, un esfuerzo de mayor calado por la prestigiosa editorial que lo ha auspiciado lo exigía el nombre del piloto de la fundación cultural española más importante hasta el presente: la Bernat Metge, nacida, según harto sabido, bajo el impulso personal y director de su “patrón” Francesc Cambó como la tarea de mayor gálibo y consistencia intelectuales de la Catalunya contemporánea. Adverso destino, que se hubiere adverado –se insistirá- hacia un final feliz con un poco más de diligencia y responsabilidad.

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