23 de octubre de 2019, 13:51:39
Opinion


García Márquez o la literatura como forma de vida

David Felipe Arranz


Plinio Apuleyo Mendoza, su gran amigo, nos lo contó el año pasado: Gabo ya no recordaba nada y se estaba marchando por los laberintos sin retorno de la demencia senil. Ahora sabemos que también un cáncer le estaba devorando el hígado y los pulmones y que ningún Premio Nobel, por muy inmortal que los libros afirmen que sea, es capaz de resistir semejante acometida de sangre y muerte. Con la hosca serenidad de los grandes, Gabriel García Márquez ha colgado la pluma para siempre y nos parece que su partida es mentira, que es una derrota nuestra –y no suya– por no haberlo leído más.

Recuerdo la primera vez que leí al colombiano de pluma mágica; fue a los trece años, cuando en bachillerato el profesor de literatura nos sugirió leer Relato de un náufrago (1955), crónica periodística hecha literatura y publicada en 14 entregas en El Espectador de Bogotá, —fue precisamente Eduardo Zalamea Borda, subdirector del periódico, quien le puso el sobrenombre de Gabo—. Durante la lectura febril de aquel descubrimiento, el mar se convirtió en la espuma viva que me arrastraba junto a aquel marinero caído al agua en el Caribe durante diez días, sin comer ni beber, empujado por la borda debido a la sobrecarga de contrabando en cubierta, tras un bandazo de mar. La publicación puso en peligro el Gobierno dictatorial de Gustavo Rojas Pinilla y en 1959, Gabo que no ocultaba su militancia en la izquierda, se trasladó a La Habana para ser testigo de la revolución. Años después, ya en Nueva York y como corresponsal de Prensa Latina, tampoco recibió el apoyo de los disidentes cubanos, hubo de buscar asilo político en México, en 1961. Además, la CIA lo dejaba en paz, porque el colombiano esgrimía en sus textos periodísticos una pluma independiente, que dirigía sus afectos obedeciendo a su corazón y a su sentido ético. Era novela y denuncia a la vez –de hecho, Gabo no la firmó hasta su publicación por Tusquets, en 1970– y me pareció la combinación perfecta entre periodismo y literatura. El genio de Aracataca llegó a decir que ni una sola línea de sus libros no respondía a la realidad. Frente al dique del aburrimiento donde la sociedad, a las afueras de las letras, cobraba su (sin)sentido, la literatura situaba mi vivir en plena adolescencia, remachando la juventud con su riqueza infinita. Y aquel hombre aparecía ante mí, con su gran mostacho y su cabeza musgosa, convertido a la vez en periodista y escritor, barquero del reportaje y el cuento en el océano utópico donde se besaban las orillas de la gran literatura y el periodismo. Crónica de una muerte anunciada (1981) es otro ejemplo de este maridaje posible, con resabios del Edipo Rey de Sófocles y la estructura de una novela policiaca. Obsérvese el título de uno de sus libros menos conocidos, Periodismo militante (1978).

Después vinieron los descubrimientos de Cien años de soledad (1967) —que durante años llevó por título La casa y que abrió el melón del colonialismo en pleno boom y los nefastos efectos de la United Fruit Company en la selva—,, El coronel no tiene quien le escriba (1958-1961) –la historia de su abuelo, aquel viejo coronel de la guerra civil de los Mil Días (1899-1902) entre liberales y conservadores–, La hojarasca (1955) –donde aparecía Macondo por vez primera–, libros que me acompañaban con la errabunda obsesión de un lector que se vestía con aquellos y tantos otros volúmenes, casi siempre de bolsillo, y que en más de una ocasión a punto estuvo de perder la cabeza –literalmente– contra un poste en mitad de la calle. La obra de García Márquez, que recogió el Nobel en Estocolmo vestido con un liquiliqui, deja herida. Esa es la enfermedad que contagia la gran literatura, la razón de los más de 40 millones de libros vendidos en 36 idiomas y que solo bendice a unos pocos. Dice Dasso Saldívar, su biógrafo, que García Márquez era una multitud de hombres y mujeres porque él la representó, mediador internacional como fue para que Colombia volviese a la paz social que había perdido desde hacía medio siglo. Descubrí recientemente Los funerales de la Mamá Grande (1962), por sugerencia de Raúl Guerra Garrido, y comprendí que, en realidad, la literatura de García Márquez era un extraordinario álbum de familia en varios volúmenes. Otro buen amigo, el periodista Eduardo Fernández García, me hizo retomar el año pasado la olvidada lectura de Del amor y otros demonios (1994) y me llevó a una librería de viejo de Cuatro Caminos donde había varios ejemplares, entonces me zambullí con más detenimiento en aquella Cartagena de Indias del siglo XVIII y en su amor imposible y prohibido a escuchar la música de aquellos corazones clandestinos: los de Cayetano y Sirva María. Es maravilloso construir la amistad no solo por la afinidad ética, sino por la pasión por la literatura y la cultura en general porque uno se garantiza de que será fructífera y duradera.

Recuerdo la lectura de Cuando era feliz e indocumentado (1975), una recopilación de crónicas periodísticas en la que la implicación política del escritor fue total frente al refugio más seguro: la vida corriente. Así, en “El clero en la lucha”, Gabo recogió sobre el papel la lucha del arzobispo de Caracas, monseñor Rafael Arias, por la defensa de la clase trabajadora y la distribución de la riqueza en Venezuela. En la tinta temblaba la acción combativa y social de aquellos párrocos humildes que se jugaban la piel contra el régimen opresor de Pérez Jiménez. A Gabo siempre le interesaron esas historias, como las de la revolución de Fidel Castro en 1959, ante la que adoptó primero una adhesión jubilosa y después, reconvertida en el socialismo dictatorial de constitución irrevocable que es hoy, ayudó a escapar a más de 2.000 cubanos de la isla –entre ellos el escritor cubano Norberto Fuentes– que padecían en la oposición clandestina. Viajes a Alemania Oriental y a Checoslovaquia y Polonia terminaron de cimentar su desencanto con el comunismo tras ser testigo de varios episodios de pobreza y desesperación. Lo cuenta Plinio Apuleyo Mendoza: “Gabo siguió mirando con mucho sentido crítico la revolución”. Era la misma verdad de antes, pero el testigo era distinto, cincelado en el relente de décadas de acontecimientos sociales y políticos.

La política en la literatura de García Márquez está muy presente en especial en dos novelas: El otoño del patriarca (1975), la favorita del autor y síntesis de los dictadores Rojas Pinilla (Colombia), Marcos Pérez Jiménez (Venezuela), Fulgencio Batista (Cuba) y Leónidas Trujillo (Santo Domingo), cuyos desmanes y corrupción institucionalizada ya había denunciado a través de sus artículos y reportajes. Y otro de los imprescindibles es El general en su laberinto (1989), en la que el Nobel recogió la memoria del último Bolívar antes de morir el 17 de diciembre en Santa Marta, en la quinta de San Pedro Alejandrino, en la que el Libertador falleció muy enfermo, tras 482 combates contra el Ejército español y traicionado por todos los suyos. “Siempre tuvo a la muerte como un riesgo profesional sin remedio. Había hecho todas sus guerras en la línea de peligro, sin sufrir ni un rasguño, y se movía en medio del fuego contrario con una serenidad tan insensata que hasta sus oficiales se conformaron con la explicación fácil de que se creía invulnerable”. García Márquez buceó en cartas y documentos de Bolívar y dio a la imprenta la que se considera hoy la reflexión más lúcida sobre uno de los políticos más notables de América.

Gabito caminaba de la mano de su abuelo en el mítico Macondo/Aracataca y el anciano coronel Nicolás Márquez Mejía –mago y profeta– lo llevaba al cine y al circo. Después, de joven, recorrió la Guajira vendiendo libros y enciclopedias. Estos fueron los principios que forjaron la lucidez de roca milenaria, la verdad de piedras pulidas, blancas y enormes “como huevos prehistóricos”. Queda inédita e inconclusa Nos vemos en agosto. En esta semana tan abrileña y lavada de sol, el hombre que no le temía a la muerte se ha convertido en el protagonista de esa novela que siempre quiso escribir y por fin ha germinado: la de su propia y definitiva despedida. Nos toca ahora a nosotros sumergirnos poco a poco, dejándonos empapar hasta los tuétanos, en el rumoroso cauce de su mundo de magia y realismo.
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