16 de octubre de 2019, 18:42:03
Opinion


La muerte de García Márquez y las letras latinoamericanas

Alejandro San Francisco


En los últimos días, y con razón, han surgido numerosos homenajes a Gabriel García Márquez, gran escritor de las letras en español, hombre de Colombia y de América Latina, prosista generoso y ameno, subcreador de mundos nacidos de la literatura, pero que se han convertido en parte de la vida de muchas personas en todo el mundo.

Fue una de las figuras centrales del llamado boom latinoamericano, que expandió las letras del continente y las hizo universales. Había solo cuatro sillas, como alguien resumió, para los grandes: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Podrían caber otros, según el juicio de cada uno, las preferencias literarias, las lecturas realizadas e incluso los afectos personales o las afinidades políticas: ahí destacan Juan Carlos Onetti y Miguel Ángel Asturias. Varios de ellos surgieron y crecieron, como ha resumido José Donoso en su Historia personal del “boom” (Santiago, Aguilar, 2007), al alero del éxito y las esperanzas de la Revolución Cubana, pero fue también esa la causa de la disolución del grupo, a propósito del vergonzoso “caso Padilla”, “que rompió esa amplia unidad que durante tantos años acogió muchos matices políticos de los intelectuales latinoamericanos, separándolos ahora política, literaria y afectamente en bandos amargos e irreconciliables”. En efecto, así como Vargas Llosa se alejó para siempre de la dictadura cubana, García Márquez siguió fiel al régimen, a su amigo Fidel o a ambos, o quizá motivado por esa “apasionada curiosidad por el poder y una fascinación literaria por quienes lo ejercían”, como ha destacado recientemente Juan Luis Cebrián en El País. En un artículo periodístico, otra de sus facetas, García Márquez llegó a decir que en Cuba se podría publicar cualquier libro, en una especie de baldón para tantos escritores prohibidos en la isla. Como sabemos, el distanciamiento de Mario y Gabo no tendría vuelta atrás y se volvería mítico en el mundo literario.

El joven escritor colombiano irrumpió con La hojarasca o El coronel no tiene quien le escriba, pero a mediados de la década de 1960 ya anunciaba su interés por escribir una obra sobre un dictador latinoamericano, sobre la “trágica soledad del déspota”. Más tarde sería su famoso El otoño del patriarca, que podría representar a cualquiera de los que han ostentado dicha posición en el continente. Sin embargo, su momento crucial todavía no llegaba, aunque lo anunció en una carta a Luis Harss, en la obra fundacional sobre el boom, titulada Los nuestros (Alfaguara, 2012, primera edición de 1966): “Estoy loco de felicidad –nos escribe García Márquez en noviembre de 1965–. Después de cinco años de esterilidad absoluta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras”. Era Cien años de soledad, su máxima creación y una obra maestra de la literatura en español en el siglo XX. Macondo, la familia Buendía, los gringos, el apogeo y la decadencia del pueblo, las guerras civiles en Colombia y todo ese mundo tan realista como mágico empezaba una vida que hoy trasciende a su propio creador. Una obra brillante, destinada a permanecer, que más tarde sería completada por otras novelas y sus famosos Doce cuentos peregrinos, además de Vivir para contarla, parte de ese excelente y necesario ejercicio de compartir su propia vida con nosotros.

El momento culminante, que comparte hasta hoy con otros cinco escritores latinoamericanos, llegó en 1982, cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Se sumaba así a Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda, y sería acompañado más tarde por Octavio Paz y el propio Vargas Llosa, para casi cerrar el círculo, que solo estaría pleno si estuviera ahí también el gran Jorge Luis Borges. En su discurso en Estocolmo García Márquez recorrió en parte la historia de su continente y algunos alcances a su obra. Llama la atención esta reflexión: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. Era un novelista amante eterno de la poesía (¿o un poeta que escribía novelas?).

Ha muerto Gabriel García Márquez, y el mundo iberoamericano, las letras mundiales en realidad, han hecho un merecido homenaje a uno de sus escritores más grandes. Se ha producido una nueva irrupción en las librerías para comprar sus obras y estamos seguros que también aumentará la lectura de ellas y, esperamos, de todos los autores del boom latinoamericano, que todavía nos sorprenden con algunas de sus creaciones que por estos años han comenzado a completar el medio siglo de vida, como La ciudad y los perros el 2013 o Cien años de soledad el próximo 2017. Hace un par de años se marchó para siempre Carlos Fuentes, el autor de La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, y ahora lo hace García Márquez, siguiendo la ley de la vida que algún día dejará al mundo sin ningún sobreviviente del boom. Quizá nuestra primera reacción sea de dolor por el fin de una época, pero más bien deberíamos ser agradecidos de haberla vivido para contemplar algunas de sus creaciones y de sus autores. Las generaciones que vienen los conocerán solo de referencias, pero tendrán la maravillosa oportunidad de leer esos libros que cruzaron las fronteras de sus propios países, para convertirse en referentes latinoamericanos y en clásicos de la literatura en español.

Sobre los escritores y la política, sobre sus convicciones y sus lamentos, las lealtades acumuladas y el saldo de enfrentamientos que quedaron en el camino, será una reflexión que corresponde a otra oportunidad. Aún así, es posible pensar que los patriarcas que todavía viven su otoño en el poder dejarán algún día el sitio que ostentan, para dar paso a que los pueblos celebren la llegada de la primavera. Pero esa es otra historia.
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