23 de julio de 2021, 18:57:19
Opinión


La monarquía española vista desde el exterior

Marcos Marín Amezcua


Han trascurrido diez años de la boda los Príncipes de Asturias, celebrada en Madrid el 22 de mayo de 2004. El aniversario es propicio para repasar el tema monárquico español, visto desde ultramar. La mirada extranjera puede arrojar un poco de luz en medio de tanto barullo. Desde luego que solo es una aproximación que condensa datos generales y así hay que considerarla, aunada a una enorme ventaja: no tomo partido por ningún bando.

Parece que fue ayer cuando en México una profusión de informaciones diversas y muy completas antecedían a la boda de Estado del heredero al trono español, don Felipe de Borbón, con Letizia Ortiz. Una década después parece increíble el recuento de todo lo sucedido en torno a la Corona desde aquella mañana lluviosa de mayo en la capital española, que pudimos ver en directo por Televisión Española al otro lado del Atlántico, un poco a deshoras por la insalvable diferencia horaria –siete horas menos con el centro de México– y que bien que mueve a la reflexión en momentos en que la institución monárquica se pone en entredicho de múltiples maneras –aunque advierto desde lejos que es más por el cotilleo y el sensacionalismo, que por un extendido deseo de derribarla en verdad, aunque suena tentador sostener que sí– pues la estabilidad puede más que la vociferación.

Debemos reconocer que la Casa Real, ahora que ha lanzado su cuenta de Twitter –apenas hace unos días yo mencionaba aquí mismo la importancia de estar presente en las redes sociales– hace un intento más por acercarse al pueblo y por transparentar su proceder, y por supuesto que puede ser un esfuerzo menor en la medida en que se quedara solo en eso, mas se aplaude que no ha sido ajena o sorda a los reclamos y exigencias que ha recibido recién.

Si la monarquía española es vista como una que no cuesta millones como le pasa a otras, considero que es uno de sus aciertos y garantes de continuidad; y si evita la impunidad resolverá la mitad del problema. Aun siendo onerosa, no conculca el derecho de ningún español. No es una corte que difunda la idea de derrochadora. Y sus posibles excesos han sido oportunamente señalados por todos. Seamos sensatos: ha prestado más oídos al clamor popular que lo hecho por Alfonso XIII, por ejemplo. En ese y otros temas.

En estos diez años la Casa Real se ha visto embrollada en temas tan diversos atrapada en ¿dos? corrientes bien definidas: una, la que pide su continuidad y otra, la que clama por su abolición. Entre una y otra rondan los inevitables lugares comunes, los aspavientos mediáticos y las declaraciones rimbombantes en boca de unos y otros. Lo normal en cualquier tema de interés público que interesa a la sociedad. Y la mirada extranjera no las evade. Mas atender el tema y encauzarlo en la dirección que más convenga a España es asunto en exclusiva de los españoles. Y más de quienes la viven a diario.

Y cabe preguntarse: ¿la institución monárquica ha estado a la altura de las circunstancias? Ciertamente que ha tenido traspiés que no necesitaba y han abollado su prestigio. Con ellos ha dado tela a sus opositores y no siempre ha respondido a los ataques con la velocidad y eficacia oportunas. Mas ha dado pasos lentos pero firmes, si bien es verdad que la opacidad en sus finanzas y el comportamiento en su uso y dividendos, es un lastre que ameritaría atender y pronto. El déficit de confianza que propician sus pasos en ese terreno minado y en pos de no dejar resquicios para la duda y la maledicencia, lo apremian.

No ayudan ni abonan a favor de la monarquía los escándalos que la rodean, llámense yernos, elefantes, Corinas, así se arguya que se pagan con el bolsillo del monarca. La situación económica grave imperante o de plano la ausencia del requerido recato, estrellan su viabilidad y la mancillan, generando una repulsa justificable que la debilita y no repara en sus méritos pasados. Y todo está documentado en el exterior.

El debilitamiento por sus escándalos es importante porque corren tiempos complicados. Nada de ellos abona a favor de la monarquía en momentos en que el separatismo virulento que yo considero que no llegará lejos, porque el Estado español reaccionará imponiéndose si es necesario con la ley en la mano y la fuerza pública donde haga falta, para evitar el desmembramiento de España, evidencia que no se necesita una institución debilitada por errores de su actuar y un discurso opositor estridente y más o menos bien hilvanado, como a veces lo parece, visto desde en el extranjero, que no contribuye a la eficacia para que el rey sea el soporte de la unidad española. Es verdad y debo reafirmarlo, que en corto, la opinión que conozco de españoles de a pie, me muestra que nadie desea complicarle el panorama a España, planteándose un cambio de régimen en medio de esta crisis. Ya se sabe que las crisis económicas dan pie, orillan o favorecen la furibundez contra el statu quo, más que impere la serenidad en los entusiastas que piden la cabeza del monarca, ya sea abdicando a favor del Príncipe de Asturias o de plano, pidiendo la extinción de la monarquía, porque no está la Magdalena para tafetanes y parece que entre todas las opciones barajadas, la continuidad parece garante de estabilidad política acorde con las necesidades actuales.

Será el combate a la impunidad lo que de respiro a la monarquía española, aunque la sombra de la cárcel se extienda sobre la familia real. Y en efecto, sería un duro golpe, mas no mayor que el de la impunidad. El tema es una prueba de fuego no solo para el sistema judicial español y para la credibilidad de la democracia española al completo, sino para la salud de la propia monarquía.

He señalado en ocasiones anteriores que el rey Juan Carlos I goza de una reputación aceptable en el exterior. También son conocidos sus tropiezos, censurados y cuestionados de manera abierta. Pero no pasa de allí. Sigo pensando que merece una oportunidad siempre y cuando no se coloque en el extremo de la impunidad. Estoy cierto de que lo está haciendo, hilando fino aunque se trate de cuerda, y que sacará airosa a la monarquía sirviendo a los españoles a diario, como aconsejó Alfonso XIII a su hijo el conde de Barcelona, enseñanza que aquel transmitió de manera verbal a su hijo, tal y como lo cuentan sus biógrafos. Confío en que así será.
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