16 de diciembre de 2019, 12:23:11
Opinion


El dios inquieto del liberalismo

William Chislett


¿Qué se entiende por liberalismo como filosofía política, una palabra cuyo significado varía según el país donde se usa?

En los siglos XVIII y XIX, la palabra liberal (como etiqueta política acuñada en las Cortes de Cádiz en 1810) expresaba las ideas de la burguesía europea y americana a favor de diferentes libertades, como de comercio, empleo, religión y expresión, a diferencia del conservadurismo y los privilegios históricos del status quo (la nobleza terrateniente, la Iglesia, etc).

En los Estados Unidos la palabra liberal se convirtió en una expresión malsonante (dirty word) en los años 70 y 80 al estar asociada por los conservadores (generalmente del Partido Republicano), entre otras cosas, al auge de la criminalidad, el debilitamiento por los hippies de las normas tradicionales de moralidad, la amenaza comunista o la intervención del Gobierno en la economía. Llegó en ocasiones a ser usada como insulto.

Para Franco, en cambio, el liberalismo fue uno de los siete enemigos de España, junto con la democracia, el judaísmo, los masones, el capitalismo, el marxismo y el separatismo, palabras que formaron parte de su discurso al inaugurar el Valle de los Caídos en 1959.

El gran filósofo liberal Isaiah Berlin (1909-97) escribió sobre dos tipos de libertad. Uno positivo, que se refiere a la libertad de actuar para alcanzar nuestro potencial, y el otro negativo, que significa estar libre de cualquier injerencia o impedimento. Berlin hizo la observación para explicar que la misma palabra tiene dos significados bien diferentes, ya que se adhieren a valores que son completamente opuestos. Como dijo en uno de sus célebres frases, “la libertad para los lobos es la muerte para las ovejas”.

Berlin figura en el fascinante y erudito libro Liberalism: the Life of an Idea (“Liberalismo: la vida de un idea”) de Edmund Fawcett, que será publicado en junio por Princeton University Press. Como era de esperar de un antiguo y distinguido periodista de The Economist, con una larga carrera como corresponsal en Washington, París y Berlín, escribe con una claridad ejemplar. Para el autor el liberalismo es “la búsqueda de un orden de progreso humano éticamente aceptable entre ciudadanos iguales sin recurso al poder indebido”, una definición que resuelve perfectamente el dilema de las dos libertades definidas por el pensador Berlin.

¡Karl Marx en su Manifiesto Comunista (1848) confiaba en una sociedad en donde, “el desarrollo sin restricciones de cada persona es la condición para el desarrollo sin restricciones de todo el mundo” y mira como terminó el comunismo!

El liberalismo, tal como lo entendemos hoy, no tiene una fecha de nacimiento. Para el propósito del libro de Fawcett, el liberalismo, como ejercicio de la política, arranca en 1830 en Europa y Estados Unidos, con la Revolución Industrial en plena desarrollo y profundos cambios en la estructura de la sociedad. El libro termina en 1989, año de la caída del Muro de Berlin, y una breve sección analizando los “sueños liberales” en la primera parte del siglo XXI. Es un libro, dice el autor, sobre “un dios que tuvo éxito, pero un dios algo neurótico que se inquieta sobre el motivo de su éxito, si realmente lo ha logrado, y en caso afirmativo cuánto tiempo durará”.

Por las páginas del libro pasan personajes como Wilhelm von Humboldt, que sobrevivió al derrumbamiento del Estado absoluto a raíz de la Revolución Francesa y que configuró la construcción de una nueva Europa, Abraham Lincoln (su discurso de Gettysburg en 1863 reafirmó el principio fundamental de la Declaración de Independencia – “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”), George Orwell y Albert Camus.

Fawcett considera la Unión Europea, este gran proyecto para evitar futuras guerras, al menos en Europa, un éxito a pesar de sus problemas actuales, y aboga para que sea mucho más democrática y así convertirse en una institución liberal ejemplar para un mundo postnacional.

El liberalismo sigue avanzando en el mundo, a distintas velocidades y conceptos, y no tiene fecha de caducidad.
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