29 de julio de 2021, 11:13:04
Opinión


Un fantasma recorre Europa

Antonio Hualde


Pues sí, un fantasma recorre Europa, pero distinto al que lo hizo en 1848. Y éste, además, da más miedo. El primero de ellos hace referencia a la frase con la que Marx empezaba su “manifiesto comunista” en 1848: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. En cambio, el que empezó ayer a pasearse por el Viejo Continente no tiene un rostro único, sino varios; y varias son sus nacionalidades.

Un cabo resentido por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial parió una ideología basada en el odio y el totalitarismo, cuya expresión fue el partido nazi. El cabo en cuestión se llamaba Adolf Hitler. Se entiende, pues, que en Alemania se prohibiera cualquier tipo de manifestación con ribetes nazis. Pero a principios de año, la justicia alemana quitó el límite del “tres por ciento”. Tal era el porcentaje mínimo que cualquier partido necesitaba para obtener representación parlamentaria. Entre ellos, un partido neonazi. Y desde ayer, dicho partido ha entrado en la Eurocámara.

No estarán solos. Hay nazis también en Grecia, Amanecer Dorado, aunque allí -qué contrasentido, en la cuna de la democracia- son la tercera fuerza política del país, con una considerable representación. Austria, Hungría y Holanda cuentan también con una fauna de parecido pelaje. Pero donde la situación se torna más preocupante es en Francia, que ve con sonrojo cómo el Frente Nacional de Marine Le Pen se ha convertido en el partido más votado. Su inspirador y padre de la actual líder, Jean Marie Le Pen, decía hace pocos días que “el virus del Ébola solucionaría gran parte del problema de la inmigración ilegal en Europa”. Toma ya. Pues van los franceses y lo votan en masa.

Por el otro lado del espectro político, tampoco pintan bien las cosas. La extrema izquierda también ha aumentado su número de escaños en la Eurocámara. España aporta también lo mejor de cada casa, con independentistas catalanes y adláteres de ETA cobrando una pasta gansa por defender que se rompa España y que se legitime el terrorismo en nombre del nacionalismo vasco. Tremenda paradoja, por otro lado, ver cómo por doquier afloran toda suerte de impresentables a los que Europa les importa cero pero que chupan del bote de sus instituciones con fines espurios.

No hace falta recordar el estado de desolación en que quedó Europa tras concluir la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Sin embargo, entre tanta devastación surgió la figura de dos grandes hombres que fueron capaces de revertir la situación: El ministro francés de Exteriores, Robert Schumann, y el canciller alemán, Konrad Adenauer. Schumann tenía nacionalidad alemana, luxemburguesa y francesa, por lo que sabía de primera mano las complejidades que había en Europa. De ahí que al acabar la contienda, mitad por generosidad mitad por interés práctico, propusiera a Alemania y al resto de países que lo desearan crear una institución que sometieran bajo una única autoridad común el manejo de sus respectivas producciones de acero y carbón.

Adenauer aceptó entusiasmado, y así, en 1951, nacía la CECA -Comunidad Europea del Carbón y del Acero- de la que formaban parte Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. Mucho ha llovido desde entonces. En 2014, 28 son los países que forman la Unión Europea, un selecto club con nutrida lista de espera -Turquía incluida- pero en cuya cámara de representación se han colado fascistas, extremistas de izquierda, separatistas y proetarras. Es para inquietarse, desde luego.
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