23 de octubre de 2019, 2:00:30
Opinion

POR LIBRE


No me gustan los ídolos ni las banderas

Joaquín Vila


En su manifiesto pacifista “Más allá de la contienda”, nada más estallar la Gran Guerra, el Nobel Romain Rolland escribió:”No me gustan los ídolos, ni siquiera el de la Humanidad; el ídolo de la raza, o de la civilización”. Flaubert ahondaba en la herida:” Todas las banderas están llenas de sangre” Y Oscar Wilde remataba:”El patriotismo es la virtud de los depravados”. Un siglo después, poco o nada ha cambiado. Quizás ha empeorado.

Lo que nos lleva al principio: los ídolos son los culpables de la crueldad, de las guerras, del sectarismo, del patriotismo. Y los ídolos se envuelven en banderas para atraer a las masas, a los borregos, para llevarlos por los caminos más tortuosos, incluso hasta la muerte. Para cometer todas las injusticias en nombre de ese patriotismo que les hipnotiza, que les lava el cerebro, que les convierte en fanáticos que siguen a ciegas al líder, al ídolo de la tribu. Todo bien envuelto en estandartes, tótems, símbolos, religiones fundamentalistas, ideologías totalitarias o manifiestos.

No hay que ir muy lejos para señalar a algunos de los ídolos del siglo XX: Hitler, Stalin, Mussolini, Franco, Carrillo, Fidel Castro, Ché Guevara, Pinochet, Videla, Trujillo, Mao... Todos enarbolaron banderas, que luego empaparían en sangre, para conducir a las masas por el precipicio de las guerras, la crueldad, la tortura, la segregación, la venganza, el asesinato, el fundamentalismo, los hornos crematorios, los gulags ; unos lo llamaban revolución; otros, cruzadas. Pero el resultado siempre fue el mismo: el fanatismo, el exterminio del enemigo. Y enemigo era todo aquel que no comulgaba con sus “creencias”, con sus postulados. También lo escribió Webert: nuestro mundo es como el mundo politeísta de la Antigüedad. En el mundo contemporáneo se han establecido de nuevo múltiples dioses, que en una lucha continua e irresoluble entre ellos, se disputan el poder sobre la vida de los hombres. Y a esos dioses, ahora se les tilda de ídolos.

En los albores del siglo XXI este lastre de la Humanidad no se ha erradicado. Ya ni los liberales se atreven a defender sus postulados: la pluralidad de ideas, el valor y el significado de la libertad, la resistencia contra las fuerzas de la ignorancia, la crueldad y la tiranía; la condena de las prácticas religiosas y sociales que reprimen la razón humana; la libertad de expresión, los hábitos y costumbres democráticos, el principio del individualismo, la tolerancia. Hasta los que se llaman liberales se dejan arrastrar por los prejuicios y, muchos, por el fanatismo, por la intolerancia. En España tenemos un buen puñado de ejemplos.

Porque tras las banderas, la ideología o la religión se cometen todos los crímenes a la democracia, a la ley, a la verdad, a la razón y a los derechos humanos. ¿Alguien sabe, por ejemplo, si Rajoy y Artur Mas han llegado a un acuerdo para eludir la consulta? Unos están convencidos de que sí; que todo es un paripé para salvar la cara a los dos. Rajoy sería el héroe que ha salvado a España de la amenaza secesionista con sus sutiles trucos y Mas no puede arriesgarse a cometer un delito. Esta es la versión que se lee en algunos periódicos editados en Madrid. En Barcelona, se lee más bien lo contrario. ¿Por qué? Porque cada uno quiere creer lo que piensa, lo que siente. La ideología se impone a la razón. Lo más probable es que ni lo uno ni lo otro. Y que hasta el 9 de noviembre no sepamos el resultado final. Porque tanto Rajoy como Artur Mas jugarán sus cartas hasta el órdago final. Simplemente han ganado tiempo, que los dos lo necesitaban.

¿Y quién tiene la culpa de la guerra de Gaza? De nuevo la ideología se impone a la razón. Para unos analistas, el Ejército hebreo comete genocidio al bombardear a los palestinos. Israel aduce, y lo ha demostrado,  que Hamas utiliza a los civiles, niños y mujeres  como escudos humanos. Incluso que traslada a los cadáveres para que salgan en todas las fotos. Pero, para unos medios, el demonio es el judaísmo y para otros, el terrorismo islamista. Incluso en algunos periódicos se pueden leer las dos versiones. El antisemitismo, trufado ahora de progresía barata o de racismo neonazi, no se ha erradicado. La ideología y los prejuicios se imponen de nuevo.

En ocasiones,  los medios de comunicación se envuelven también en banderas para influir en la opinión pública. En Cataluña, en la estelada. En Madrid, en la española. Y en todo el mundo, unos respiran bajo la estrella de David y otros, a la sombra de la media luna. El resultado: una opinión pública desinformada y manipulada. El peligro: el enfrentamiento, a veces violento, entre unos y otros. O la guerra. Como la de Gaza.

A finales del siglo XX comenzó un movimiento que parecía ser la salvación de la Humanidad: la globalización. Europa se encaminaba a una suerte de Estados Unidos Europeos para, luego, alcanzar acuerdos y acercarse a los Estados Unidos de América. Occidente formaría un bloque compacto y potente para atraer después al resto del mundo. Pues la globalización, además de derribar las fronteras y las patrias, contenía la esencia de esa salvación: la solidaridad entre los pueblos, la aceptación  de las ideologías, de las creencias religiosas, de las diferentes culturas y lenguas, la tolerancia. ¿Pero quién tolera al intolerante?

Las elecciones europeas han dado un golpe de muerte a la utopía al tomar los intolerantes la Eurocámara: los neonazis, los eurófobos y los radicales de izquierdas. Y, ante este fracaso, los ídolos siguen campando a sus anchas.

La lista es extensa: el nuevo Bin Laden, Hugo Chávez (ahora Nicolás Maduro), Evo Morales, Daniel Ortega, todavía los Castro, Putin, Le Pen, los líderes de Hamas y de los Hermanos Musulmanes, Kim Jong-Un, Xi Jinping… Y en España también contamos con algunos, de momento sin misiles: los telepredicadores que se cuelan y se multiplican por los medios de comunicación para propagar el fanatismo, algunos con la etiqueta de liberales, y algunos políticos como Junqueras y Mas o Pablo Iglesias. Los primeros llevan a los catalanes al precipicio, a la ruina, al aislamiento. Y seguirán hasta el final, hasta estrellarse envueltos en la estelada. El líder de Podemos está dispuesto a tomar el poder para convertir España en un gulag, en la Cuba de Europa; para acabar con la democracia y con la libertad.

Me gustaba, ingenuo que es uno, la globalización: que desapareciera el patriotismo más rancio, que cayeran las fronteras, que se plegaran las banderas, que se desperdigaran las tribus. Pero parece ser una utopía. Las guerras han sido y, por lo que se ve, seguirán siendo las protagonistas de la Historia. Por eso, como decía Rolland, no me gustan los ídolos. 

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es