14 de octubre de 2019, 20:34:02
Opinion


¡Ay Mariano, Mariano, Mariano!

Joaquín Vila


Llevaba Rajoy muchos meses tenso, enfurruñado, hierático. Y no es para menos, según andan las cosas por este lado del planeta. Pero fue llegar a Australia y le cambió el rostro. Se relajó y, cuentan, que hasta llegó a sonreír. Una noticia difícil de contrastar. La cumbre del G-20, debió pensar, es un balneario al lado del Congreso de los Diputados. Y en estas, llegó la escena que tanto buscaba, que tanto deseaba.

Mientras rodeaba la mesa en la que ya se habían sentado los mandatarios para cenar, vio a Obama charlando con James Cameron. Y, ni corto ni perezoso, cual experto en relaciones públicas, se dirigió al presidente americano y le tendió la mano. Obama se levantó para responder al gesto, le saludó, él sí, con una amplia sonrisa y le cantó el estribillo del famoso chotis:”Ay Mariano, Mariano, Mariano; no bajes más la mano, no seas “exagerao”. Esa es la verdad, aunque las crónicas dicen que el saludo se limitó a un simple” hola Mariano, mañana nos vemos”. Rajoy no saludó a Cameron. El emperador es el emperador. Y el presidente español se despidió muy ufano. Feliz. “He tenido que llegar hasta aquí –pensó-, a las antípodas para que alguien me sonría y me llame Mariano. ¡Y además, Obama!”

Porque a este lado del planeta, a Rajoy le llaman de todo, menos guapo. Los populistas le dan coletazos y le incendian la calle, los socialistas le culpan de todos los males de la patria, los nacionalistas le montan urnas en todas las calles para votar la independencia, sus propios compañeros de partido y de Gobierno le miran de reojo por su pachorra ante el derrumbe del PP, el desafío secesionista y otras menudencias y los millones de indignados que pueblan España le insultan cada vez que aparece en la tele. Y ya está harto. Nadie le entiende. Nadie comprende que hay que tomarse la vida con calma, no alterarse, no precipitarse. Si Pablo Iglesias, en su última genialidad, quiere sacar una escoba para limpiar España de corrupción; él prepara una aspiradora. Pero todo a su tiempo. Si los socialistas quieren reformar la Constitución; él, también. Pero todo a su tiempo. Si los nacionalistas quieren la independencia; él, tampoco. Pero a su tiempo. Y si los indignados le insultan; ya se calmarán. A su tiempo.

Porque Rajoy tiene todo el tiempo del mundo. No se precipita. Rumia bien las decisiones, todo lo consulta con otro precipitado como Arriola. Y piensa que todo se resolverá. A su tiempo. De ahí, la paz que ha encontrado en Australia. Allí se habla de cosas serias: la seguridad global, la economía, materia en la que saca más pecho que nadie. Pero todo a su tiempo. Se toman decisiones y, luego, se tardan décadas en aplicarlas. China, por ejemplo, ha prometido cumplir con los protocolos medioambientales para el año 2030. Un tiempo razonable para Rajoy. No hay que precipitarse.

Pero en España nadie le entiende. Por eso, está pensando construirse una casita en el inmenso desierto australiano, a la sombra del monte Urulu, alejado de tanto impaciente y tanto canalla y quedarse allí una larga temporada. Para meditar, para poner las cosas en su sitio. Y cuando vuelva, quizás encuentre a Pablo Iglesias sin escoba y sin coleta, a Pedro Sánchez sin partido y a Artur Mas en Suiza. Y, entonces, se fumará plácidamente un puro.

La otra alternativa, que masculla Rajoy resulta más complicada, aunque quizás más atractiva. Apuntarse a la misión Rosetta, instalarse en la sonda Philae, a 500 millones de kilómetros de la Tierra, sobre todo ahora que ha entrado en reposo por falta de batería sin que se sepa si podrá volver a despertar. La paz. Allí nadie le alterará. Y contribuirá a la misión histórica que tanto le preocupa de averiguar el origen de la vida: de dónde venimos y a dónde vamos. Sobre todo, a dónde vamos. Porque en nuestro planeta resulta imposible con tanto impaciente. Y para las cuestiones trascendentales se requiere tiempo. Que no por mucho madrugar amanece más temprano. ¡Qué prisas! ¡Ay Mariano!

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