22 de noviembre de 2019, 21:37:09
Los Lunes de El Imparcial

NOVELA


Michel Houellebecq: Soumission


Flammarion. París, 2015. 300 páginas. 21 €. El "enfant terrible" de las letras galas vuelve a despertar la polémica con su última novela, situada en una Francia gobernada por un partido islamista.

Por Carmen R. Santos


No habría podido imaginar Michel Houellebecq que Soumission (Sumisión) -Anagrama ha anunciado su aparición en español para el próximo otoño-, iba a tener una actualidad tan enorme y, por desgracia, tan sangrienta. El mismo día en que se puso a la venta en Francia la última novela del “enfant terrible” de la literatura gala, el yihadismo cometía el brutal atentado contra la Redacción de la revista Charlie Hebdon. El escritor, amigo de Bernard Maris -fundador de la revista satírica, asesinado junto a sus compañeros-, y protagonista de la portada del último número de la publicación, decidió suspender la promoción de su libro. Un libro cuya primera edición ha tenido que ser rápidamente ampliada ante la multitudinaria demanda que ha provocado. Y que, sin duda, se irá incrementando a medida que crezca la polémica. Houellebecq, prácticamente desde sus comienzos como escritor, nunca ha sido ajeno a ella, sino todo lo contrario, aunque en este caso parece haberse multiplicado dado el asunto.

Para muchos el escenario imaginado por el autor de títulos como Las partículas elementales, Plataforma o El mapa y el territorio -Premio Goncourt 2010-, resulta una buscada provocación:estamos en el año 2022, y en Francia se ha implantado con éxito el partido Fraternidad Musulmana. Por otro lado, el Frente Nacional de Marine Le Pen tiene cada vez más seguidores y votantes por lo que podría incluso llegar a la presidencia del país. Ante este posibilidad, todas las demás formaciones políticas de derecha, centro e izquierda, incluidas de manera decidida las lideradas por Hollande y Sarkozy, se fijan como objetivo impedir que la extrema derecha llegue al poder. Con ese fin, apoyan a Mohammed Ben Abbes, candidato de la Fraternidad Musulmana. Y con ese respaldo Mohammed Ben Abbes se convierte en el inquilino del Elíseo. Una vez allí, los cambios en Francia se suceden sin violencia pero de manera tal que el resultado es otro país.

El nuevo Gobierno no impone de golpe la sharía ni se precipita a una furiosa yihad, pero sí va animando a conversiones al islam y tomando una serie de medidas, como permitir, cuando no alentar, la poligamia, a la que, por cierto, no se le hace ascos, especialmente en el mundo universitario, después de que el rector de La Sorbona haya abrazado el Corán. Esas medidas afectarán sobre todo a las mujeres, a quienes se incita a dejar sus profesiones y encerrarse en sus casas, dedicadas exclusivamente a las tareas domésticas, con el empujón de proporcionar a las que acepten suculentas ayudas económicas.

En este panorama sitúa Houellebecq al protagonista y voz narradora de su novela: un profesor universitario llamado François, proclive a flirteos con sus alumnas, de los que ya está un tanto cansado, por lo que inicia una relación sentimental con Myriam, una joven judía, que, finalmente, abandonará esa Francia dominada por los musulmanes y se irá a Israel. El propio François nos cuenta sus impresiones y peripecias, como su huida a Martel en el momento en que la Fraternidad Musulmana llega al poder. Una huida que no es por azar, pues el pueblo a donde va ha tomado su nombre de Carlos Martel, quien derrotó a los árabes en 732 en la batalla de Poitiers. Tampoco es casual que visite el célebre santuario de la Virgen Negra en Racamadour. Y mucho menos que François sea especialista en la figura del escritor J.K. Huysmans -con una cita suya se encabeza la novela-, nombre emblemático del decadentismo, célebre por su novela A contrapelo, y que pasó por una profunda conversión al catolicismo. “Pendant toutes les années de ma triste jeunese, Huysmans demeura por moi un compagnon, un ami fidèle; jamais je n’éprouvai de doute, jamais je ne fus tenté d’ abandonnner, ni de m’orienter vers un autre sujet”, dirá François.

Como es sabido, no es la primera vez que el tema del Islam aparece en la obra de Michel Houellebecq. Recordemos, por ejemplo, el final de Plataforma, dondeun ataque del islamismo radical causa más de cien muertos entre los turistas de Tailandia. Igualmente, hay en Houllebecq un cierto gusto por las distopías -Un mundo feliz es una de sus lecturas predilectas- cargadas de sarcasmo, pensemos en la conclusión de Las partículas elementales, en ese año de 2079 repleto de clones felices. Soumission participa de esos elementos, pero resulta un tanto reduccionista que la polémica se centre en ellos y se reitere la pregunta de si lo planteado en la novela sería plausible o no, o si Houellebecq incita a la islamofobia, convertido por algunos en una especie de quintacolumnista del Frente Nacional. Las novelas de Houellebecq no son ensayos con vocación de difundir una serie de ideas, y ni siquiera son novelas de tesis, que lancen un mensaje inequívoco. Son creaciones literarias que revelan a un escritor potente, con un universo propio que puebla de personajes por lo general bien trazados, como este François de Soumission, depresivo y en horas bajas, comido por las contradicciones y que deberá pronunciarse ante una difícil situación.

Las novelas de Houebellecq son, y nunca debería olvidarse, literatura, un arte único y que implica lo que François, en Soumission, resume bien: “Mais seule la littèrature peut vous donner cettte sensation de contact avec un autre esprit humain, avec l’intègralite de cet esprit, ses faibleses y ses grandeurs, ses limitations, ses petitesses, ses idées fixes, ses coyances: avec tout ce qui l’émeut, l’intersse, l’excite ou lui répugne”. Las novelas de Houellebecq demuestran su indudable capacidad para poner el dedo en la llaga en cuestiones tan candentes como incómodas, para hacernos ver, como señaló en una entrevista, que “el mundo no es un lugar bueno ni bien organizado”, para hacernos conscientes de la falta de verdaderos valores y del vacío espiritual que dominan la sociedad de Occidente, caída en un spleen, quizámucho más agudo y dañino que el popularizado por Baudelaire. Y transmitir todo ello a través de fábulas incisivas que están en las antípodas de lo políticamente correcto. En Soumission, la marca Houellebecq tiene uno de sus más elocuentes e impactantes ejemplos.

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