10 de diciembre de 2019, 23:24:50
Deportes

LOS CULÉS BUSCAN DISTANCIARSE SIN DESNUDARSE Y LOS CAPITALINOS, LA LEGITIMIDAD PERDIDA


Un Clásico con el empleo y la Liga en juego: Madrid y Barça miden sus sombras

Diego García

Los culés buscan distanciarse sin desnudarse y los capitalinos, la legitimidad. Por Diego García (21:00/C+1)


Le costará imaginarse a Carlo Ancelotti un intervalo temporal mejor aliñado de pimienta que el que se le presenta a partir de este domingo. La solidez en la adaptación a las oquedades que Florentino Pérez le regaló en el centro del campo tras el verano -Di María y Xabi Alonso, los factores cohesionadores del colectivo que levantó la Décima en Lisboa- y en la elaboración de una fórmula de juego y estilo que dulcifique la estética y maquille la endeblez entre líneas sin pelota, ha quedado al descubierto en los últimos meses. Ahora, los tres partidos capitales a estas alturas de calendario -éste ante el Barça y el cruce ante el Atlético en Liga de Campeones- no solo decidirán el techo y el suelo del Real Madrid esta temporada, sino que evaluarán si las decisiones adoptadas por Carletto han resultado complementarias para afianzar su obra en Chamartín. Al menos, un ejercicio más.

“Cada uno tiene su estilo de juego y el objetivo es imponer ese estilo, porque nuestra meta es exhibir nuestras características, hacer el mejor partido posible en defensa y ataque y tener personalidad para imponer nuestro juego", proclamó Ancelotti en la previa sabatina. Una aseveración que deja entrever un intento capitalino por discutir la pelota al monopolio blaugrana. Un acontecimiento que tomó cuerpo tan solo en lo sensitivo en la victoria en el Bernabéu (3-1, jornada 9), porque la estadística mostró una relación de manejo 42 a 58 a favor del bloque catalán. Más bien, la salida pragmática para un equipo incapaz de abrazar la táctica y organización posicional en esta tesitura tendería a los extremos: multiplicar de piezas asociativas el centro del campo y disputar el cortejo del esférico a pecho descubierto o, en el reverso del escenario, apuntalar el repliegue -tratando de reducir el espacio entre líneas para complicar el desborde al tridente local- y explotar a la contra con la motivación de saberse ganador en pasadas citas bajo ese paisaje (la última más valiosa tuvo por ocasión la sentencia de la Liga 2011-12 en la casa azulgrana con tanto definitivo de Ronaldo).

Tan sólo cuenta el preparador transalpino con las bajas de Coentrao, Khedira y James. Los primeros comparten gastroenteritis -versión oficial- y el último prosigue con su trabajo rehabilitador. Además, el técnico madridista reforzó su apuesta de mantener el sistema (4-3-3). Sin embargo, su fórmula contra las leyes tradicionales del balompié -que penalizan no disponer de un obrero de corte defensivo en la primera red defensiva- le plantea la principal duda para afrontar esta elevada empresa. Aseguraba tras tomar asiento en la cima internacional dispuesta en Marruecos que la clave resultaba ser que todas las piezas de su ajedrez, con independencia de calidad individual y talla de ego, habían entendido que debían arrimar el hombro sin balón para que el modelo rinda réditos. Es decir, activarse tras pérdida, volver para hacer coberturas e incomodar líneas de pase y aportar físico a la contienda. ¿Llegaría a tiempo su “mano floja” para revertir la total ausencia de estos elementos desde que arribaron a territorio patrio en enero?

Porque el Madrid se presenta en el coliseo culé con sus líneas de desangramiento bien definidas. Ni la ocupación de espacios resulta lógica y suficiente, ni el compromiso -o nivel físico, según el prisma del analista- llega al aprobado y los agujeros a la espalda de sus centrocampistas cierran el menú de la sangría. Kroos, Isco, Modric, la almendra central de la estructura, gozan de notable capacidad asociativa y técnica, incluso lectura del juego para entender el tempo a imponer, pero flaquean en modo flagrante en cuanto a sus fundamentos tácticos a la hora de ocupar roles que les han resultado ajenos durante toda su carrera. Los de recuperador y detector de fallos en el repliegue. De la eficacia e intención en el trabajo de las coberturas que son responsabilidad de Ronaldo y Bale, para luchar contra la superioridad en banda frente a Alves, Alba, Iniesta, Rakitic, Messi y Neymar, depende que el equilibrio no se rompa, también, por el carril lateral.

El regreso al once y al mando de operaciones y órdenes de Luka Modric y Sergio Ramos, la pegada a domicilio -39 goles, el cuadro visitante más venenoso del campeonato doméstico-, personificada en el histórico en los ocho goles que ha gritado Ronaldo en Can Barça, el factible regreso al paradigma de orden, robo y salida para aprovechar la herida blaugrana en transición y la velocidad anatómica y de ejecución del tridente blanco, surgen como variables que pugnan con el peso de la confrontación de inercias antagónicas que medirán pulso sobre el césped de un Clásico de altura.

Luis Enrique, que ha dejado caer el buen estado con el que Sergio Busquets se ha recuperado de su tobillo, sufre de incertidumbre con rol del mediocentro, que contamina al centro de la zaga. La única incógnita a solventar. La ausencia del Pulpo dispararía a Mascherano a la labor de volante tapón y red de seguridad de la calidad avanzada, y volvería a entregar la titularidad a Mathieu -o, incluso, Bartra-. Si Busi fuera incluido de inicio, el Jefecito formaría como compañía del mejor Piqué de esta edición liguera. Lo que no se plantea Lucho, que aprendió de la debacle del Paseo de la Castellana, es variar sus laterales -Alves y Alba-, ni ceder una pulgada física en el centro del campo –no apostará por Xavi e Iniesta juntos- y tampoco trata ya de imponer su jerarquía a egos que exceden su jurisdicción. Porque Messi sobreviene a este envite en plena rampa de lanzamiento hacia la conquista del reflejo de lo que fue. Apostado en banda derecha, buscando la pelota como interior organizador o trazando diagonales con el carril central como área de influencia anhelada, Leo viene resultando imprevisible para los sistemas defensivos oponentes. Por su capacidad de mezclar lo individual, el remate a palos y la asistencia a la segunda línea ofensiva. Este último apartado, realce añadido al excelso brillo de un futbolista legendario.

Llega el Barcelona, además, con el papel a ejecutar aprehendido a medida por Neymar y Suárez. Bajo el paraguas de la verticalidad irrefrenable cuando se cuenta con espacio que ha inyectado Luis Enrique a esta máquina que echó a andar Rijkaard, sin los amarres de la posesión como mantra inexorable, este equipo apuñala en estático y en transición. Endulza el entretiempo con asociaciones que rememoran temporadas pretéritas, pero, si huele sangre, a galope de la genialidad del 10, se entrega a la verticalidad combinativa. En ocasiones indefendible.

Por el contrario, y a pesar del avance táctico y de solidaridad de esfuerzos más que considerable con respecto al primer duelo Ancelotti-Luis Enrique, el Barça comparte grietas con el púgil madrileño. El crecimiento de Rakitic y la forma física de Piqué, que ha desarrollado su hegemonía en el verde, han matizado un mal casi inherente a los equipos que hacen de la pelota y de jugar en campo propio su leitmotiv. Sobre todo si sólo se conjuga a Busquets como tapón de las contras rivales. El ordenador de la selección española quedaba sobrepasado y el equilibrio catalán, agujereado, de manera sistemática, en cada ocasión en que la presión y el balance de cobertura no se realizaban en un despliegue afinado y en coherencia grupal. Así, la endeblez a la espalda del centro del campo y el espacio para contraatacar para contrincantes dotados de velocidad e inteligencia, permanece como un mal latente en el esquema del líder.

Se cruzan, por tanto, ideas de juego más simétricas que nunca en el último lustro. Ambos gigantes quieren mandar con la pelota y sin ella, en transición, asumiendo riesgos similares y exponiendo virtudes semejables. La travesía de ambos clubes subraya que el Madrid no ha encontrado fluidez para solventar el problema de la creatividad entre líneas -que le abocó a caer en los últimos derbis por la ley del centro desesperado al área-, pero remarca la potencialidad en vuelo y lo esplendoroso de contar con un astro enrabietado, que se desvive por azotar a la crítica en cada pestañeo, tribuna propia e “irreverente” incluida. El bloque local afronta el duelo directo por el liderato liguero en un plano superior de autoestima y comprensión y aplicación de los conceptos, si bien un apagón de Messi -no hay parte metereológico con arrestos para pronosticas el colapso de su florido huracán- complicaría en grado sumo la capacidad de desborde coral. El manejo de las situaciones particulares -pelota parada, creación de espacios en banda contraria a través del laboratorio o el juego con los intervalos temporales y espaciales de presión intensa- se antoja como otra variable de necesaria concentración en un partido de competitividad semejante. La pericia en los cambios y modificaciones del pentagrama de partido a través de dos banquillos que no han mejorado la apuesta inicial por sistema -con nombres como Xavi, Rafinha, Adriano, Pedro, Illarra, Lucas Silva, Jesé o Chicharito- también posee una parcela de trascendencia.

La calidad debería mandar, pero todo apunta a que será la lectura y provecho diligente de las debilidades ajenas lo que definirá si se refuerza el liderato y se aporta aceite al resbaladizo piso del trompicado camino merengue, o si, por contra, se traslada la inquietud identitaria y se efectúa acopio de confianza de cara a la montaña a escalar en abril. Todo ello en una batalla que ambos técnicos, curiosa coincidencia en ocupantes de escaños tan calientes, han definido como “importante” pero, en ningún caso, “decisiva”.

Posibles alineaciones:
Barcelona: Bravo; Dani Alves, Piqué, Mascherano o Mathieu, Jordi Alba; Busquets o Mascherano, Rakitic, Iniesta; Messi, Neymar y Luis Suárez.
Real Madrid: Casillas; Carvajal, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo; Kroos, Modric, Isco; Bale, Ronaldo y Benzema.
Árbitro: Mateu Lahoz
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