26 de enero de 2020, 1:30:23
Deportes

CRÓNICA DE LA BATALLA GANADA POR LA ALIANZA DEPORTIVO-EMPRESARIAL


¿Cómo se sonroja una ley homófoba? Relato del poder de la amenaza

Diego García

La Casa Blanca y Walmart también se incorporaron a la mecha iniciada por el basquet. Por Diego García


Pareciera que la noción de libertad, cobijada en esta altura de calendario evolutivo, merecería disfrutar de cercanía con lo impecable de los preceptos absolutos. Aposentadas su ideación e imagen colectiva sobre el almidón de lo racionalmente objetivable. E, incluso, inserta en las fronteras propias del cuadro de asimilación en el tejido de convivencia social, pero nada más lejos. La experiencia en estos aires de relativismo generalizado, que queda inyectado a través de efluvios lingüísticos interesados, muestra que dicho elevado concepto acompañante de albedrío muda su piel al servicio de la intencionalidad de aquel que use su evocación para alimentar su particular pelaje. Y esta distancia actual entre teoría y praxis quedó constatada en el último episodio en que la pureza de la percepción de la libertas ha sufrido la contaminación del escorzo inclinado para, de camino, matizar, que no desterrar, dos paradigmas postmodernos: la negación nihilista de la vigencia de los polos ideológicos desarrollados en el pasado siglo y la prohibición de la aleación deporte-política por un diagnóstico de repulsa hacia nefastos precedentes.

Mike Pence, gobernador republicano del estado norteamericano de Indiana, se erigió en diseñador del escenario en que la libertad sería arrojada a un papel que soslayara su esencia de apertura para extremar su semántica hasta ocupar el rol de bandera de la oscuridad y censura. El pasado 26 de marzo se convertía en justificante o albarán de la discriminación. Se publicaba la "Ley de Restauración de la Libertad Religiosa". Un texto que cimentaba la cobertura legal a aquel comercio o empresa que se negara a otorgar servicio a un cliente por su condición de homosexual, porque entendiera que dicha situación “espiritual” pudiera atentar contra su conciencia religiosa. Afianzando la naturalización del hecho discriminatorio, y, con ello, relativizando, como es moda, la profundidad de los avances en igualdad y el acicalado de los derechos civiles en los Estados Unidos de América. Una batalla que en su especificidad geográfica y cultural tan brutalmente sanguinolenta ha resultado. Quedaba protegido, pues, el derecho a segregar a un sector de la población en un giro integrista que rememoraba lo árido de la caverna temporal que escupe el recuerdo de la marginación institucionalizada que se cernió sobre los colored hasta en las fuentes callejeras.

No calculó el distinguido conservador de corte ortodoxa la dimensión y calado de su ademán legalista con atino. El pentagrama del puntal del Grand Old Party en la región contemplaría en el calibre arquetípico de la explosión de reacciones a afrontar a los bloques opositores del guión dialéctico-político ordinario, con el ingrediente homófobo incluido en este caso particular que añadiría a la fórmula a los energéticos grupos de trabajo y protesta que han convertido a la lucha por la igualdad en su leitmotiv existencial, amén de los miles de manifestantes que lanzaron #boycottIndiana hasta la etiqueta de tendencia mundial. Lo que no figuraba en la hoja de ruta del gobernador, vista su rápida reacción retórica y retirada del magro discriminador de la redacción inicial de la medida, era enfrentar una empresa de proporciones que excedían la particularidad del ultraje a una rama social, que desafiaba con asestar un mordisco notable a su legitimidad al frente del consistorio, a la viabilidad de los presupuestos proyectados e, incluso, a algunos de los elementos que configuran la cohesión identitaria de sus conciudadanos en Indianápolis. El baloncesto encendió el ardor de la afrenta para empujar a Pence hacia el acantilado o el sesteo. Una propuesta sacada del legislativo había movilizado al gigante deportivo disparado por la actividad que convirtió en leyenda de la cultura de los States a Larry Bird, icónica figura del país y oriundo más trascendente de West Baden Springs, población sita en el condado de Orange, al sur del estado de Indiana.

El anuncio de la aprobación de la “restauración de la libertad religiosa” propulsó, en primer término, la expresión definida como índole de liberación por parte de Reggie Miller, aquel torturador de ilusiones y bocinas por la vía de la puñalada desde media y larga distancia revestida de terciopelo de último suspiro, además de mito del básquet local. "Nunca me he metido en política pero estoy totalmente en contra de esta ley aprobada. Creo en la inclusión y no en la exclusión de todos, sea cual sea su color o condición sexual", aseveró agrio el destacado clutch player. Herida una de las referencias de ligazón deportiva del estado, la pólvora infectó de indignación el altavoz y la destreza discursiva de un individuo tan baqueteado en la brega por la defensa de los derechos de los colectivos de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales como en la batalla por arrancar un rebote. Charles Barkley subió el telón de la réplica denunciando que “no acepto ninguna forma de discriminación” para prender la mecha de la revuelta golpeando, con sabiduría venenosa, el perímetro de seguridad de Pence, las finanzas: "Si va a tener esa legislación claramente anti-gay, creo que no se le debería conceder un evento como la Superbowl o la Final Four”.


En efecto, El Gordo Barkley subrayó, para empujar el caso hacia los focos, que ocho días después de la publicación de la ley Indiana acogía la fase final del baloncesto universitario, un evento que culmina el formato-manufactura de millones de dólares que constituye el March Madness -68 equipos se miden durante tres semanas en un cuadro de eliminatorias constantes a un partido hasta llegar a las semifinales- para alzarse con una posición de beneficios a la que tan sólo consigue sostener la mirada el techo de la NFL. No obstante, el evento genera en torno a 12.000 millones de dólares anuales aledaños -en forma de apuestas y pronósticos en los que participan 50 millones de ciudadanos entre los que figura el presidente Obama- y esboza una siembra de 200 millones de dólares en ingresos publicitarios, por edición, para la cadena CBS, la televisión que goza de los derechos de retransmisión, alcanzando el cálculo de las emisiones de todo el campeonato los 1.150 millones. Cada año.

Uno de los estiletes del equipo del gobernador y presidente de la Cámara de Representantes estatal, Brian Bosma, que solo consiguió esgrimir que “no es la intención o el diseño de la ley discriminar a homosexuales” en plena tempestad, tampoco parecía haber incluido en la lista de riesgos asumibles que la mencionada cita de deporte universitario había designado el Lucas Oil Stadium de Indianápolis, coliseo de los Colts de fútbol americano, como ornamento acogedor del espectáculo. Incluso, mitigando el peso de la contemporaneidad entre la decisión política y la organización de la Final Four, el grupo asesor de Pence sorteó la trascendencia de que la propia empresa organizadora de éste y todos los campeonatos universitarios notorios de la nación estadounidense, la National Collegiate Athletic Association -más conocida por sus siglas NCAA-, dispone de su cuartel general en la capital del estado de Indiana. Mark Emmert, presidente de la asociación, se limitó a destacar que examinarían “las implicaciones de la norma y cómo puede afectar a eventos futuros” tras afear el trasfondo ideológico de la polémica ley. No cabe olvidar que la gestora del baloncesto americano, que contó con el apoyo de los Indiana Pacers, las Fever -institución femenina del básquet estatal-, de NBA y WNBA en la intención de “asegurar que todos los aficionados, jugadores y empleados se sientan bienvenidos en todos los eventos” que organicen en el estado afectado, ha firmado un acuerdo televisivo por un monto de 10.000 millones de dólares y apoyó hace meses con un puñado de humanidad equiparable a la rotundidad del aliento a Derrick Gordon (Massachusetts), primer jugador declarado abiertamente homosexual que compite en la NCAA.

Al tiempo que Hillary Clinton calificaba como “triste” la iniciativa republicana, varios estados -Seattle y Connecticut- aconsejaban a sus funcionarios no visitar (ni trazar transacciones) con el seno geográfico del intento regresivo y Tim Cook -consejero delegado de Apple- señalaba la medida como “peligrosa” por ir “en contra de los principios sobre los que se fundó nuestra nación y corremos el riesgo de que acaben con décadas de progreso hacia una mayor igualdad”, en una carta publicada en The Washington Post, Pence solo acertaba a resaltar que “aborrezco la discriminación”. Retorcía su compostura de defensa de la ley sin asumir que el terremoto empezaba a quemar su voluntad de “libertad”. No se había desplegado todavía en la proporción neta la respuesta que conduciría al paroxismo a los defensores de la igualdad.

El fútbol americano -golpeado por la tragedia de la violencia de género en su trinchera- tomó el testigo en la labor de crítica para subrayar el impacto financiero de la amenaza subsiguiente a un resbalón homófobo derivado en huracán político-social, para dirigir la atención a la reacción de áspera contradicción de otro de los emblemas identitarios de Indiana que reconvinieron la apuesta de Pence. La Nascar expresó, a través de Brett Jewkes -vicepresidente senior-, que la organización “está disgustada por la legislación (…) Nosotros no participaremos más que en la inclusión y tolerancia. Estamos comprometidos en que la diversidad y la inclusión -dentro y fuera del deporte- den la bienvenida a todos los competidores y fans de nuestros eventos en el estado de Indiana”.

La Indiana Sports Corporation, empresa encargada de impulsar al estado como centro de organización de eventos y conferencias de cariz deportivo de la máxima trascendencia que cifra en un rango de 50 a 70 millones de dólares en pérdidas anuales el impacto que supondría el cumplimiento del susurro de abandono de la localización de las citas deportivas agendadas, quiso desmarcarse de su gobernador para recomponer el orgullo hoosier en este paisaje de enfrentamiento de los elementos deportivos frente a la voluntad mayoritaria de su Cámara de Representantes. “Durante los últimos 36 años, la Indiana Sports Corp. ha acogido con éxito los eventos deportivos más importantes del mundo gracias a nuestra reputación por ser la comunidad más hospitalaria de América. La hospitalidad hoosier no ha estado nunca definida por ninguna ley”, recalcó el presidente de la compañía Ryan Vaughn.


El epílogo de esta reflexión sobre la libertad en el estado de Indiana concluyó, en la cancha, con la victoria en la Final Four de Duke y el quinto entorchado de Mike Krzyzewski,Coach K”, en nueve finales de NCAA. Frank Kaminsky -Wisconsin-, Jahlil Okafor y Justile Winslow -ambos Blue Devils-, fundamentos de seda vs físico efervescente, quizá encuentren hueco en la NBA a través de la lotería del draft. Pero, un día antes de que se detonara la pasión del desenlace del Gran Baile ante 72.000 hinchas en la Final Four del Lucas Oil Stadium, la batalla en el plano socio-político especificaba el reparto de la cosecha.

La presión ejercida por el coloso deportivo contó con el apoyo de multinacionales de inquebrantable voluntad, no sólo en territorio norteamericano, sino mundial. La cima de los decibelios heló la perseverancia de Pence al entrar en el debate el mayor empleador del planeta y estructura faraónica de los supermercados: Walmart, con sede en Arkansas, único estado al que alcanzó la metástasis de la ley ideada en la Cámara Baja de Indiana, declaró que concebía el texto como un elemento que “amenaza con minar el espíritu de inclusión presente en todo Arkansas y que no refleja nuestros valores”. Incluso Bill Oesterle, director general de la adinerada compañía Angie´s List, que contribuyó de manera sobresaliente en la campaña gubernamental de Pence en los comicios de 2012, anunció que frenaría de manera abrupta sus planes de inversión en Indianápolis por valor de 40 millones de dólares y la creación de cientos de puestos de trabajo. La Casa Blanca culminó la escena escribiendo un consejo sobre letras de obligada atención en el que denunciaba que la ley es “discriminatoria” y que “va en contra de los intereses de los empresarios”. Palabras mayores.

Horas antes de que el baloncesto tomara el protagonismo por su jurisdicción estrictamente deportiva, el consistorio hoosier ejecutó el repliegue y achique racional que Milton Friedman habría sugerido tras el fracaso en la implementación de la radicalidad. Bosma anunció que se revisaría “en profundidad” la redacción de la propuesta incluyendo que su estado valora a todo el mundo, incluidos “gais, heterosexuales, negros, blancos, religiosos y no religiosos”, para cerrar con la entonación de un mea culpa moral tan aplicado al modelo de la Escuela de Chicago como prosáico: “El mensaje es hoy claro, Indiana está abierto a los negocios. Damos la bienvenida a todo el mundo”.

El paso inexorable de los ciclos ideológicos no dibujaba como una posibilidad con estatus de variable a considerar que en la cuna de la libre empresa y el laissez faire los empresarios se opusieran en masa a una línea básica del argumentario conservador. Sin embargo, en un marco que analice el fenómeno desde el prisma de la perspectiva, esta travesía no constituye sino un aperitivo del debate que confluirá en la decisión que el Tribunal Supremo habrá de abordar en junio sobre si es constitucional que los estados prohíban o se nieguen a reconocer los matrimonios homosexuales. Sí debiera constar en el acta republicana el riesgo político desnudado en el episodio descrito. En este particular triunfo de la alianza deporte-derechos civiles.
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