12 de diciembre de 2019, 0:26:02
Opinion

TRIBUNA


¿Vamos a claudicar?

Luis Asua Brunt


Hay toda una tradición, ya asentada, de principios liberales que estaban triunfando en el mundo. Incluso la izquierda “pragmática” los había asumido.

La libertad personal y económica, el Estado de Derecho, las limitaciones y separaciones de los poderes, la democracia en la elección de gobernantes, el control del gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos son algunos de estos principios.

La aplicación de estos principios conlleva el protagonismo de lo privado sobre lo público, y la igualdad de oportunidades; incluso la justicia social, cuando afirmamos que luchamos contra la desigualdad no haciendo que los ricos desaparezcan sino que los pobres sean menos a base de crear riqueza, que al final es para todos. Esta es la clave, crear riqueza para luchar contra la desigualdad; no destruir riqueza para repartir miseria.

Podemos estar orgullosos: los principios liberales son los que han hecho que el mundo actual sea el más próspero y el más justo de la historia. Y falta mucho, muchísimo recorrido para llegar al mundo que todos aspiramos.

Hoy la izquierda populista está creciendo y no sólo en España. En todos los sitios se presentan como los campeones de la igualdad, pero no construyendo sino confrontando. Como dice Blair es la política del enfado frente a la política de las respuestas. O en palabras de Felipe González, la “psicopolítica”.

¡Vuelve con los populistas! la vieja, viejísima dialéctica de pobres contra ricos. Dialéctica que, en su fundamentalismo, puede aplicarse a todo (educación pública vs. privada; gran empresa vs. pymes; incluso llegar a lo pintoresco ¡deporte de élite vs. deporte de base! Cristiano Ronaldo contra el anónimo corredor de un maratón popular, etcétera, etcétera, etcétera…

Claudicamos cuando anunciamos, como se ha hecho en Madrid, que haremos públicas las privatizaciones realizadas en la sanidad madrileña. En Madrid tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, eso es lo que les importa a los madrileños; el sistema de gestión sólo le importa a unos pocos; a algunos sanitarios y a los políticos que se hacen eco.

El populismo de izquierdas está consiguiendo algunos éxitos electorales –que no de gobernanza. Y para ejemplo, la abolición, por parte de Hollande, del impuesto “para ricos” del 75% después del previsible fracaso en la recaudación. Estos éxitos electorales, que no de gobernanza reitero, empezaron con los chavistas y compañía en Latinoamérica, y hoy llegan hasta la misma alcaldía de Nueva York, o la jefatura del gobierno griego. Parece que Miliband en el Reino Unido, o incluso Hillary Clinton, cuando proclama que su campaña girará en torno a “solucionar el cáncer de la desigualdad”, también se apuntan a ello.

Claudicamos cuando nos planteamos elevar al máximo el impuesto de patrimonio y el de sucesiones, cuando su capacidad recaudatoria es insignificante. Y lo único que generan es una victoria política (o psicológica) entre quienes lo promueven.

Claudicamos también cuando dejamos de afirmar nuestros principios. Cuando callamos ante los disparates que se proclaman desde la izquierda populista. Claudicamos cuando no afirmamos que la mejor forma de luchar contra la desigualdad es creando prosperidad, no destruyéndola. Que el único camino es crear riqueza y prosperidad para todos, y que esto no es fácil, que hay que creer en el empresario y en el individuo, y que no se consigue desde el Estado o desde planteamientos teóricos trasnochados.

El único camino para la prosperidad general y para la igualdad es la aplicación de los principios liberales. No claudiquemos, íbamos ganando el debate.
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