15 de diciembre de 2019, 12:38:12
Sociedad

AFINCADOS EN BIRMANIA


¿Quiénes son los rohingya y qué hacer con ellos?

Alicia Huerta

Apátridas sin acceso a la sanidad, la educación o el voto. Por Alicia Huerta.



Una pequeña aldea del norte de Sumatra, deshabitada desde el tsunami de 2004, servía este lunes a las autoridades indonesias para alojar a los cientos de inmigrantes indocumentados de Bangladesh y Birmania que habían sido rescatados el domingo, después de que su embarcación encallase en aguas de Aceh. Con la colaboración de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) – financiación, material y personal -, la idea es restablecer en Paya Bateun los servicios de luz y agua, así como proporcionar viviendas estables a sus nuevos habitantes. Porque el problema de la migración no sólo afecta a Europa; países del sudeste asiático se ven igualmente desbordados por quienes huyen de su país en busca de un destino mejor que el proporcionado por su lugar de nacimiento. Entre los ilegales que llegaron, deshidratados y malnutridos, el grupo más numeroso estaba formado por rohingyas - 494 hombres, 103 mujeres y 61 menores -, el grupo étnico musulmán considerado por Naciones Unidas como el pueblo más perseguido del mundo.

En el país que los rohingyas consideran su hogar, Birmania (Myanmar), las autoridades no los reconocen como ciudadanos porque mantienen que proceden de Bangladesh. Aunque varias generaciones de rohingya han vivido en Birmania, se los sigue considerando nuevos inmigrantes sin derecho a la ciudadanía. Y nada parece indicar que vaya a mejorar su situación, a pesar de que el país está inmerso en una transición democrática, después de haber sido gobernado por una junta militar durante más de medio siglo, y está emprendiendo mejoras sociales que muchos han elogiado a nivel internacional. Sin embargo, ninguno de los partidos quiere mojarse por esta minoría étnica que aún tiene que pedir permiso a las autoridades para contraer matrimonio y firmar que no tendrán más de dos hijos. Son apátridas sin derecho a la sanidad, la educación o el voto.

Los rohingya tampoco tienen derecho a viajar, viven confinados en sus pueblos e incluso para ir a la aldea vecina tienen que solicitar un permiso. No pueden poseer tierras o cualquier otro tipo de propiedades y los permisos fronterizos sólo se emiten con objetivos comerciales o, en ocasiones, para recibir tratamiento médico en Bangladesh – donde tampoco son reconocidos -, sin derecho a regresar a su casa una vez superado el plazo concedido para estar fuera del país que no los considera ciudadanos. La mayoría sufre de desnutrición crónica, lo que afecta de manera definitiva a su desarrollo físico y mental. Por eso, miles de rohingyas se embarcan cada año en busca de un lugar mejor en el sudeste asiático aunque muchos acaben muriendo en la travesía o a manos de los traficantes, que los venden como esclavos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) calcula que en 2014 fueron aproximadamente 53.000 rohingyas los que salieron en busca de mejor suerte. En lo que llevamos de 2015, unos 25.000.


“En realidad, los rohingya no son gente de Birmania, no son del mismo grupo étnico. Su tez es marrón oscuro y nuestro cutis es suave, somos guapos también. Ellos son feos como ogros”, declaraba en 2009 un alto diplomático de Birmania, país con enorme diversidad étnica y lingüística donde se calcula que existen 135 grupos oficialmente reconocidos. Pero, ¿por qué los rohingya no? Por supuesto, la cuestión religiosa desempeña un papel importante en este apartheid tan poco conocido internacionalmente. Birmania es un país budista y sus ciudadanos ven en el islamismo de los rohingya una amenaza, incrementada por el hecho de compartir fronteras con Bangladesh, un país de mayoría musulmana. En mayo de 2012, por ejemplo, fueron víctimas de un brote de violencia antimusulmana instigada por el llamado movimiento 696 - teóricamente ilegalizado y cuyo nombre responde a los nueve atributos de Buda, los seis de sus enseñanzas y los nueve de la orden budista -, cuyo líder, el monje budista Ashin Wirathu, asegura que hay evidencias históricas de que los rohingya son inmigrantes ilegales venidos de Bangladesh con los británicos e incapaces de coexistir en paz. Sostiene que son una comunidad violenta y endogámica, que busca la segregación del resto de religiones.

Lo cierto es que el Gobierno birmano ha secundado esta política anti rohingya, recluyendo a más de 140.000 personas de esta etnia en el gueto de Aungmingalar y en la docena de campos de desplazados del Estado de Rakhine, donde viven en condiciones infrahumanas. Nadie puede entrar o salir de ellos sin permiso de las autoridades. Sobreviven gracias a las raciones que reparte el Programa Mundial de Alimentos y al trabajo de diversas ONG internacionales que han sufrido, por otra parte, los ataques de budistas extremistas. Naciones Unidas alerta de la desgracia de un pueblo “sin amigos y sin tierra” y la ONU hace tiempo que aprobó una resolución en la que urgía a Birmania a dar acceso a la ciudadanía a los rohingya, una minoría que es el 5% del total de los 60 millones de habitantes del país. Pero no parece que este vaya a ser el año en el que pueda cambiar, ni siquiera mínimamente, la situación de esta maltratada etnia. Se acercan las elecciones presidenciales de 2015, en las que el Ejecutivo de Thein Sein, que por supuesto también niega la existencia de los rohingya, puede sufrir un descalabro en las urnas y todo indica que quiera utilizar el nacionalismo religioso para hacerse con más votos.

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