13 de diciembre de 2019, 15:17:26
Deportes

LOS CATALANES SE ACERCAN AL TRIPLETE Y LOS MADRILEÑOS SE CORONARON EN EUROPA


El Barcelona gana la Liga y el Madrid conquista la Copa de Europa

EL IMPARCIAL

El solitario tanto del astro argentino en el Calderón cerró el triunfo sobre el Atlético.



No quemó una página de calendario más el desenlace de la Liga BBVA 2014-15. En un escorzo delicioso del destino el campeonato doméstico volvía a repetir desenlace midiendo las fuerzas a estas alturas de ejercicio de Fútbol Club Barcelona y Atlético de Madrid. Y, como aconteciera en la cima del proyecto de Simeone, sería el club visitante el que alzara los brazos como dominador del balompié español, en una de las ediciones de mayor competitividad que se recuerdan gracias al ascenso de rendimiento colectivo de Sevilla y Valencia, que todavía discutían a los colchoneros el último escaño con derecho a participar en la Liga de Campeones sin pasos previos más o menos indigestos.

El solitario remate de seda a la red de Leo Messi en el minuto 65 propulsó el merecido éxtasis blaugrana en la ribera del Manzanares y cortó, casi de manera simultánea, los anhelos recónditos de la tribuna madridista, que observaba como Stuani deshacía la validez del gol anotado por Ronaldo minutos antes. La obra de Luis Enrique recogía, pues, su primer fruto de la gozosa cosecha que les espera si no median sobresaltos fuera de pentagrama.

Con un aparataje estricto de disciplina en las rotaciones y gestión de los gigantes egos que pudo desestabilizar hasta el resbalón al técnico asturiano, que tocó techo y cénit de decibelios con la suplencia de los pesos pesados en Anoeta, la estrategia de Lucho cimentaba automatismos que remozaban y enriquecían el abandono de libreto que enfangó al Barça desde el último estertor de era Guardiola. El dibujo no variaba, ni los nombres, a excepción de la soberbia inteligencia de Suárez y el ascenso efervescente de la trascendencia en el desequilibrio de Neymar -52 goles en la temporada hasta el momento-. Estas dos particularidades cuajaron sobre el terreno de contragolpe intencional diseñado por Luis Enrique. El Barça desterraba el monopolio en estático de la pelota como dogma ofensivo para lanzar la velocidad técnica de su transición, con Messi como motor, cerebro y factor decisivo.

El traspié en el Bernabéu enseñó al entrenador culé que a través del físico de Rakitic se solidificaba el equilibrio de un equipo que contó con el crecimiento en concentración y forma de Piqué, siempre bien acompañado por Mascherano -que apuntaló el cierre de líneas en doble pivote con un Busquets cada vez más atinado en su lectura de coberturas-. Xavi cedía sus galones sin rechistar -situación no extrapolable a iconos de pelaje capitalino- para el fuelle del notable volante croata y de la frescura de Rafinha. Pero el núcleo gravitacional sobre el que el Barcelona se ha diferenciado del gigante madrileño sobremanera muestra la mano directa del técnico sobre sus pupilos: la activación tras pérdida.

El vestuario blaugrana entendió que si adelantaba las líneas para presionar, cada cual en un ejercicio intenso individual, la endeblez que proporcionaba alimento a las contras del oponente se reducían al mínimo y, con ese movimiento de ajuste táctico, aceptado y ejecutado por los astros y artistas de la plantilla y el salto a los focos de un Bravo sobresaliente en sustitución del emblema Valdés, en campeón de Liga exhibió músculo también en el repliegue, disparando su productividad hasta los 108 goles a favor y tan sólo 19 en contra, la mejor cifra defensiva del campeonato doméstico (el Madrid llega a los 111 anotados y, he aquí el elemento distanciador, 35 encajados).

Triunfó el Barça sobre la convulsión endógena y exógena. Las disputas de poder entre el tótem argentino que no quería ceder mando y el técnico recién llegado en busca de legitimidad y la alargada conversación con la justicia de la directiva actual y pretérita de la institución barcelonesa no interfirieron para asistir a la construcción de una de su versión más exuberante sobre la hierba. La estadística confirma la calidad del rendimiento: la distribución de goles se reparte entre Messi, Neymar y Suárez en una relación de 42, 31 y 27 mientras que la de pases de gol muestra un balance de 17 -máximo asistente en Liga-, 6 y 9. Rakitic y Xavi asistieron en ocho ocasiones cada uno. Dígitos que susurran el trabajo táctico que ha generado situaciones de superioridad para un tridente de leyenda y que ha llevado a la práctica el entramado que otorga la consistencia a un candidato a todo: el trabajo colectivo sobre una hoja de ruta trabajada.

Camino antagónico dibujó el Real Madrid, que esbozó una sonrisa de rotundidad hasta la fiesta marroquí de diciembre, travesía de remarcable inercia de triunfos consecutivos al galope de Modric y del la energía anatómica del centro del campo. El reparto de minutos -que cayó sobre Kroos- contribuyó al nacimiento de confianza ciega en el alemán y en James, pero deshizo la red de esfuerzos que sostenía el equilibrio de una plantilla sin mediocentro defensivo. Salió el Madrid a jugarle a la contra al fútbol, primero en verano y desde los despachos con la salida de Xabi Alonso y Di María sin el recambio adecuado y, en segundo término, con la ausencia de confianza de Ancelotti que arrinconó a Illarramendi, el único nombre en plantilla con rol asimilable al del tolosarra huido. Como resultado sobrevino la aparición del equipo roto y sin respuestas.

Transitó entonces el bloque de Chamartín entre chispazos a cuenta del pichichi Ronaldo (45 goles) que firmó otro hat-trick ante el Espanyol en el 1-4 cosechado en Cornellá- y caídas, como el 4-0 en el Calderón -escaparate paradigmático del retrato merengue que le ha costado irse sin algo apetecible que llevarse al gaznate- que desnudó el agujero del centro del campo y del trabajo en Valdebebas en facetas defensivas. Así, con Ramos virando a la medular y Bale e Isco en claro descenso de lustre con respecto al primer año -el primero- y la primera parte de temporada -en el caso del malagueño-, se fue desinflando el futuro inmediato madridista y el de su técnico.

Si tras conquistar la Décima sufrió una revolución la casa blanca, ahora, que se encuentra inmersa en jornada perpetua de reflexión sobre el modelo de diseño de plantilla, no cabe más que esperar acontecimientos en las oficinas del club. Porque el banquillo no mejoró a los titulares ni a los ausentes de peso tras el mercado estival. Jesé, Illarramendi, Chicharito y Lucas Silva no aportaron la cohesión de productividad que se les exigía y, así, el técnico italiano terminó por seguir arremetiendo contra la anatomía y descanso de su columna vertebral, sobrecargándola y deshilachándola. Bajada de telón y fundido a negro madrileño que contrasta con la gestación de un año para el recuerdo en Can Barça. La sensación que deja la trayectoria de ambos gigantes en la Liga muestra, en última instancia, el poso de continuidad en la filosofía técnica catalana y lo improvisado de la idea de la entidad dirigida por Florentino Pérez, que no encuentra el modo de triunfar en la regularidad y se entrega, con demasiada asiduidad, a lo fino y, en ocasiones, casual de la excelencia continental para salvar la exigencia anual.


Y la ansiada novena, por fin, llegó

Veinte años después de que se proclamara campeón de Europa por última vez, al tercer intento consecutivo el Real Madrid regresó al trono continental de baloncesto tras vencer al Olympiacos en la final por 78 a 59. Por Javier Nuez desde el Barclaycard Center de Madrid.

El que hace dos años fuera verdugo blanco en la final de Londres, el Olympiacos griego, se convirtió este domingo en testigo de la consecución de un largo sueño. Veinte años han pasado desde el último gran triunfo blanco en la Euroliga. Y en tal señalada efeméride, los obstáculos que se ha encontrado en el camino el Real Madrid hacían soñar con retomar la senda del triunfo. Primero, ser el anfitrión; segundo, encontrarse con el técnico de 1995 como rival en la semifinal, Obradovic; y tercero, el mismo rival que en aquella fecha en Zaragoza: el Olympiacos.

Sin embargo, el equipo griego, capitaneado por Spanoulis, no quiso ser un convidado de piedra, como demostró a lo largo del partido. Ya en el comienzo dejó claro al equipo de Laso que ganar la novena no iba a ser tarea fácil. El equipo griego aprovechó los muchos dos contra uno que defendían a Spanoulis para mover con velocidad el balón. No uno ni dos sino hasta tres pases extra daban hasta encontrar al hombre solitario, que resultó ser en cada ocasión un Lojeski que acabó con diez puntos en el primer cuarto. De esta manera, el Olympiacos lideraba el marcador 15-19.

Para el segundo parcial, Laso logró mejorar en defensa. Y aunque sus números en tiros de dos seguían siendo pobres (6/18), que el Olympiacos se empecinara en triples que tampoco entraban (2/11), sumado al buen hacer de Nocioni bajo el aro, permitió al Real Madrid dar la vuelta al marcador con un gran parcial de 20-9. El argentino, a la postre MVP de la final, relevó el papel que el viernes asumió Ayón, que este domingo se vio fuera del partido a los dos minutos y medio por dos tempraneras faltas.

El Madrid se marchaba al vestuario con una ventaja de siete puntos (35-28) y con la sensación de tener a su rival controlado. Pero como enseñó la semifinal del viernes, el Olympiacos nunca se rinde. Y así lo demostró en la reanudación del encuentro.

Como suele ser habitual en el equipo blanco, a una buena exhibición le suele seguir un bache de juego que permite volver a la vida a rivales que tiene a punto del ko. Así, con cuatro pérdidas en 4 minutos y fallos en tiros claros, los griegos no sólo se acercaron sino que llegaron a ponerse un punto por delante (40-41, su máxima ventaja).

El Madrid necesitaba despertar para no verse abocado a una remontada que siempre se le atragantaba en finales europeas. Ese revulsivo llegó justo a tiempo y tenía nombre y apellido: Jaycee Carroll. Tras esa canasta de Printezis que dejaba liderando al Olympiacos, el estadounidense protagonizó una exhibición desde el triple que terminó de desatar la maquinaria madridista. Él solo se encargó de liderar un parcial de 11-2 que volvía a poner las cosas en su sitio. Antes del entrar en el último acto, el Real Madrid ganaba 53-46. La novena casi se tocaba, pero con Spanoulis delante el Madrid no se podía confiar. No obstante, los griegos estaban nueve abajo a cuatro minutos del final el viernes y el base se encargó de dar la vuelta al marcador.

Sin embargo, los triples que tan buen resultado le dieron frente al CSKA fueron los que este domingo dieron forma a la tumba griega. Daba igual que estuvieran solos o bien defendidos, el aro sólo admitió 13 de 30 tiros desde la máxima distancia.

A diez puntos por encima a poco menos de cuatro minutos del final (65-55), el Real Madrid se dedicó a administrar el tiempo y la ventaja. Ya con los cánticos de victoria por parte del público, incluso un mal gesto entre Spanoulis y Rudy no empañó la fiesta. La Euroliga se quedaba en Madrid. Con el 70-59 definitivo el Real Madrid certificó su victoria y veinte años después, Reyes levantó un trofeo con denominación de origen en la Castellana.
Andrés Nocioni fue elegido MVP de la final. (EFE)

. Ficha técnica:

78 - Real Madrid (15+20+18+25): Rudy (7), Reyes (2), Ayón (2) Carroll (16) y Llull (12) -equipo inicial-, Rivers (5), Rodríguez (11), Bourousis, Slaughter (2), Maciulis (9) y Nocioni (12).

59 - Olympiacos (19+9+18+13): Dunston (4), Spanoulis (3), Printezis (11), Mantzaris (1) y Darden -equipo inicial-, Petway (2), Hunter (10), Papapetrou, Sloukas (10), Agravanis, Lafayette (1) y Lojeski (17).

Árbitros: Sasa Pulk (SLO), Borys Ryzhyk (UKR) e Ilija Belosevic (SRB). Sin eliminados.

Incidencias: Partido por el título de la Final a cuatro de la Euroliga disputado en el Palacio de Deportes de Madrid (Barclaycard Center) ante unos 13.000 espectadores. El rey Felipe VI entregó el trofeo al campeón, en un partido que fue televisado a más de doscientos países.



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