24 de octubre de 2019, 3:41:22
Críticas de Ópera

HARTMUT HAENCHEN, DIRECTOR MUSICAL


El Real estrena un Fidelio que rompe con la tradición

Alicia Huerta

Aplausos, si no unánimes, sí definitivamente numerosos y entusiastas. Por Alicia Huerta


Hartmut Haenchen, al frente del Coro y la Orquesta Titulares del Teatro Real, ha protagonizado el estreno este miércoles en el coliseo madrileño de la ópera Fidelio, rompiendo con la tradición de interpretar la Obertura Leonore III antes del acto final.

Los aplausos - si no unánimes, sí definitivamente numerosos y entusiastas – se ponían anoche de parte del director musical de esta producción de Fidelio procedente del Palau de Valencia, Hartmut Haenchen, a quien nunca le había parecido demasiado congruente interpretar una obertura justo antes de encarar un final, el emotivo acto final de Fidelio. Sin embargo, la tradición así lo había acabado imponiendo y romper con algunas costumbres arraigadas a lo largo de la historia, especialmente en determinados géneros, no es tarea por completo exenta de riesgos. A pesar de que, en este particular caso, la citada tradición no viniera justificada siquiera porque el genial compositor alemán, congruente o no, así lo hubiera dejado escrito – o al menos insinuado - en sus partituras de farragosa escritura.

Beethoven no compuso la Obertura de Leonore III para que fuera interpretada antes de la escena final, de modo que Haenchen ya explicaba días atrás en Madrid durante la presentación de la obra a los medios que más que una obertura, podría optarse por colocar durante ese cuarto de hora necesario para cambiar la escena una suerte de resumen musical de lo escuchado hasta el momento. O eso, advertía el maestro, o bien se volvía a sacar al público de la sala mientras se sustituía la mazmorra subterránea donde agonizaba Florestán por la escena final, al aire por fin libre, del triunfo del amor, la justicia y la esperanza. Aunque él, por supuesto, ya había decidido tomar, digamos, una tercera vía: sustituir la citada obertura por el tercer y cuarto movimiento de la Quinta sinfonía, lo que, a su juicio, encajaba a la perfección por tratarse de una música que, igual que la partitura de Fidelio, evoluciona de la oscuridad hasta alcanzar la luz.

Licencia del maestro alemán aparte, lo cierto es que cuando los cambios tienen un sentido y, sobre todo, no rompen por el simple hecho de hacer añicos lo anterior, al final terminan convenciendo o, en todo caso, atrayendo la curiosidad del respetable, cualquiera que sea más tarde su veredicto. De modo que, nada más dejar al preso político, a punto de ser asesinado, en brazos de su esposa Leonora que acaba de salvarle la vida poniendo en juego la suya propia – precursora de tantas otras heroínas famosas del mundo de la ópera – los ojos del público se trasladaban anoche del escenario a las pantallas para fijarse en el foso y seguir los movimientos de la batuta. Porque, desde luego, tampoco es tradición escuchar la Quinta, ni siquiera un fragmento de la misma, con la orquesta “escondida” en el foso. Una orquesta que, junto al coro, fueron premiados a la vez que Haenchen con la mayor parte de los aplausos que, en realidad, puede decirse que solo compartieron con la soprano canadiense Adrianne Pieczonka encargada de dar vida a una Leonore dispuesta a demostrar que el coraje y la astucia pueden ser tan eficaces como la violencia. Aunque para lograr el objetivo tenga que hacerse pasar por hombre, Fidelio, como único medio para entrar en un mundo en el que no caben las mujeres. El bajo Franz-Josef Selig, rotundo en su complejo rol de Rocco, destacó asimismo en un reparto completado por el tenor Michael Kónig, la soprano Anett Fritsch, el tenor Ed Lyon y el bajo-barítono estadounidense Alan Held, que interpreta al malvado Don Pizarro.

Complejidad es, en todo caso, el término utilizado con mayor frecuencia para definir la interpretación vocal, por parte de los solistas y por supuesto también del coro, de la única ópera compuesta por Beethoven. Su obra más querida, la que tantas versiones, quebraderos de cabeza y años de trabajo costaron al autor que partía del instrumento a la hora de encarar la partitura, con el correspondiente desafío para los cantantes a causa de la difícil estructura de una pieza llena de cambios, sorpresas, fintas, simas y depresiones. Un reto, asimismo, para el director. De tal calibre, además, que Haenchen no había vuelto a enfrentarse a esta ópera desde hacía más de treinta años. De hecho, su decisión entonces fue la de no volver a hacerlo, aunque como él mismo admitía: “Aquí estoy”. Y seguirá estando, convenciendo a la mayor parte del público con su apuesta por la Quinta, durante las próximas siete funciones programadas hasta el 17 de junio.

Igual que continuará convenciendo la dirección escénica de Pier’Alli, - su primera vez en el teatro de la Plaza de Oriente -, el polifacético florentino que, además de dirigir el trabajo actoral, ejerce de eficaz escenógrafo, coherente figurinista y hasta de correcto iluminador; sirviéndose a modo de refuerzo que no de sustitución del medio audiovisual para destacar la trama. Su sobria y concentrada concepción, basada en claros simbolismos, libre de ornamentos superfluos, resulta, por otra parte, de una importancia inesperada a la hora de encajar la referida licencia de Haenchen a la hora de abordar la temporalidad ante la llegada del acto final, para que, sin darnos cuenta, “regresemos” a la acción de la obra que ensalza el amor como poderosa arma que no ata sino que libera, la ópera en la que se encuentra condensado el virtuosismo musical y la profusión dramática de Beethoven.
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