23 de mayo de 2019, 19:04:57
Opinion

TRIBUNA


La helenización de España

Alejandro Muñoz-Alonso


La simple perspectiva de que el populismo neo-comunista, que acaba de hacer su irrupción en la escena política nacional, pueda tener alguna influencia en la gobernanza económica de España ha producido ya irremediables daños. En marzo, cuando todavía faltaban dos meses para las elecciones municipales y autonómicas, salieron de España más de 40.000 millones de euros, porque el dinero prefiere adelantarse a las malas noticias. Consumada ya esa nefasta posibilidad con los buenos resultados de las formaciones-disfraz de Podemos en Madrid y Barcelona –eje económico del país- se puede temer lo peor y ya se hacen cálculos de las inversiones previstas en esas dos ciudades que se paralizarán o perderán y de los miles de puestos de trabajo que se esfumarán. Todo ello acompañado de desaforados aumentos del gasto público y de los impuestos, del endeudamiento de las administraciones y de atentados a las libertades públicas que incomodan siempre al neo-comunismo, como las de expresión y prensa o las relacionadas con la educación. Por no hablar de esas increíbles estupideces, como la de crear una moneda municipal o “desobedecer las leyes que consideremos injustas”.

En Europa cunde la preocupación porque no pueden entender que el país de la eurozona que mejor había logrado emprender un camino de crecimiento y esperanza, pueda echar por la borda lo conseguido en estos últimos años. Que esa parte de los electores españoles que ha optado por esas formaciones de la izquierda radical o por las que las secundan no haya sido capaz de aprender en cabeza ajena, en concreto en la desgraciada peripecia de Grecia, y que apueste por repetir aquí la torpe política de Syriza, tomando a Tsipras y Varufakis como modelos de no se sabe muy bien qué, pues solo son profetas de la ruina y el caos, es algo que no se logra comprender al norte de los Pirineos. Lo que le ha pasado a Grecia, según los analistas, es que, por varias veces, ha interrumpido las reformas, como el enfermo que no sigue el tratamiento que el médico le recomendó. Eso es lo que quieren para España los populismos, quienes quieren pactar con ellos y los que les votan.

Un prestigioso economista alemán que conoce muy bien a España y a su economía, Jürgen Donges, se mostraba más que sorprendido, en una reciente entrevista radiofónica, por esta insólita apuesta por “ideas comunistas”, desacreditadas en todo el mundo civilizado y que se sabe muy bien que solo conducen al abismo. Si en noviembre se repite, en las elecciones generales, una situación similar a la del 24 de mayo, Donges estima que “la eurozona tendrá un problema muy serio”. Con el populismo se acabaría la disciplina presupuestaria y se abortaría el proceso de recuperación económica, que ha merecido tantas valoraciones positivas. Piensa Donges que con estos resultados electorales “España ha dado un golpe en la línea de flotación” de la eurozona y se olvida de que estamos en la UE y que su reglas nos obligan. No entiende cómo algunos españoles tratan de repetir “la pesadilla griega” y afirma, literalmente, que esos electores “no saben lo que han votado”. Yo, desde luego, pienso lo mismo.

No me importa hacer mío ese pensamiento y lo hago en contra de ese cierto buenismo imperante, bañado en la más abrumadora ignorancia de lo que es la democracia. Es evidente que la regla democrática asigna a las urnas sale la última palabra, pero eso no quiere decir que haya que babear ante esos resultados –como tantos “teleradiopinadores” (?) hacen por aquí- ni que las políticas que proponen esos grupos anti-sistema no puedan ser objeto de crítica ni de contraste con el indispensable realismo, ni que se olvide que somos socios de un club, cuyas reglas no podemos derogar por la caprichosa voluntad de unos electores cabreados o mal informados. Los griegos ya han querido usar ese argumento de la voluntad popular y las instituciones europeas ya le han dicho que de eso nada.

Podemos y sus diferentes disfraces han obtenido, en general, unos resultados modestos que, sin embargo, se magnifican por la entrega/rendición –no me importa calificarla de vergonzosa- que parece dispuesto a hacer el PSOE. El mismo Pedro Sánchez que empezó hace algunos meses diciendo que no pactaría con el populismo, pasó después a afirmar que estaba dispuesto a pactar con cualquiera “salvo Bildu y el PP” para ya, final y expresamente, poner en su punto de mira al PP que, afirma, “se ha autoexcluido”. ¿No le dará vergüenza a este hombre decir semejantes tonterías que se caen por su propio peso? Sánchez apuesta por la helenización de España y elige el peor de los posibles modelos que hay en Europa. Y para eso tiene que excluir al PP recreando el pacto del Tinell y el cordón sanitario, todo un ejemplo de que nos hallamos ante un personaje con un neto tirón totalitario. Es él quien se autoexcluye del diálogo entre los partidos democráticos que es, en estos momentos, una prioridad.

Nunca hemos creído que Sánchez estuviera a la altura de la compleja tarea de poner al PSOE en condiciones de superar su casi aniquilación por parte de Zapatero. Pero a la vista de su actitud actual es evidente que se trata de un líder sin porvenir, incapaz de entender cuál es la misión de la socialdemocracia en esta hora de España y de Europa. Entre otras cosas porque él, con toda evidencia, no es un socialdemócrata sino un socialista radical de la misma extracción que Zapatero. Aunque, después, de haber padecido a éste durante casi ocho años, es muy arriesgado afirmar que ciertas cosas, por absurdas, no pueden suceder.

El PSOE de Sánchez se ha alejado lamentablemente de esa “centralidad” a la que a veces dice aspirar, pero pactar con Podemos, que no ha ocultado su objetivo de ocupar su espacio, es como abrir las puertas de la fortaleza al enemigo.En Europa, los partidos “centrales” no pactan con este tipo de populismos y similares. Los socialdemócratas alemanes, el SPD, no quieren ni oír hablar de pactos con Die Linke, mezcla de los comunistas de la antigua Alemania oriental y de la escindida ala izquierda de la propia SPD, que seguía a Lafontaine; a la CDU alemana ni se le ocurre pensar en pactar o entenderse con ese nuevo partido de ultraderecha y antieuropeo, la AfD; en Francia ni por asomo nadie -y, desde luego, no el partido que desde el sábado se llama “Los Republicanos”, que es el centro-derecha- se acerca al FN de la “moderada” (comparada con el padre) Marine Le Pen; en Italia la extrema derecha separatista de la Liga Norte ha quedado excluida de todo trato, lo mismo que los populistas de 5Estrellas; en el Reino Unido,Cameron tampoco quiere saber nada de UKIP, el partido populista antieuropeo. Y el fracaso de los laboristas de Ed Miliband se debe, como les ha recordado Tony Blair, a su abandono de la centralidad, empujado por los sindicatos que, como siempre, van a lo suyo. Y aquí, en España, el socialismo catalán está casi desaparecido por su increíble fascinación por el populismo izquierdista y nacionalista, que casi le dio la puntilla con el famoso tripartito, que parece ser el modelo al que aspira Sánchez.

El actual líder del PSOE tenía que haberse tomado, sin prisas, un tiempo suficiente para reconstituir o refundar un partido tan machacado tras la etapa zapateril pero, obsesionado con “pisar moqueta” está dispuesto a todo para probar qué es eso del poder, del que Sánchez carece de cualquier experiencia. Y todo eso lo hace en un momento en que Pablo Iglesias le acaba de recordar que los resultados del PSOE del 24 de mayo son los peores desde 1979. No podrá decir que el verdugo que le va a cortar la yugular política no le ha avisado. Pero Sánchez ni se entera y solo ve lo que quiere ver. No me digan que no le acomoda aquel viejo aforismo griego (atribuido a Plutarco y a Sófocles) –usado demasiado a troche y moche- según el cual “los dioses ciegan a los que quieren perder".

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