18 de septiembre de 2019, 0:51:44
Opinion

TRIBUNA


La momia de Lenin pasea por Atenas

Alejandro Muñoz-Alonso


Nadie sabe lo que va a pasar, después del abrumador triunfo del “no” en el intempestivo referéndum griego que, como decíamos aquí hace una semana, es un intolerable chantaje que ha puesto a la Unión Europea en la incómoda situación de decir “hasta aquí hemos llegado” o adentrarse en complejos vericuetos financieros para “salvar a Grecia” y evitar el temido Grexit, que nadie quiere porque supone, se dice, “adentrarse en aguas desconocidas”. De momento el tramposo victimismo griego se impone y es bochornoso tener que escuchar la atufante demagogia de Tsipras y Varoufakis –que parece en este momento que ha dimitido, en buena hora- hablando de “la jaula europea” y presentándose como los “regeneradores” del hasta ahora “injusto terrorismo financiero” de la Unión Europea. Si la UE tenía todas esas nefastas cualidades, ¿por qué se despepitaron para entrar? ¿Por qué no hacen puerta y se largan de una vez? No creo, como afirman algunos, que quieran marcharse. Sería dejar de chupar del bote y vivir a costa de los demás, que es lo que han hecho desde que entraron en las Comunidades Europeas en 1981.

Esa actitud la ha heredado Syriza de los gobiernos anteriores porque todos han jugado a la trampa y al falseamiento de las estadísticas, mientras los demás gobiernos europeos, que lo sabían perfectamente, miraban para otro lado. Ahora se ha añadido con Tsipras y sus muchachos otro nuevo factor: por primera vez está en la UE un gobierno comunista, que de Europa solo quiere seguir sacando pasta al tiempo que la dinamita desde dentro, con la complacencia de Putin que, con su recesión del 4 por ciento no va a sacar a Grecia de sus apuros, pero se conforma con que actúe como su quinta columna en el mismo engranaje de las instituciones europeas. Con el aplauso de Maduro y de todos los populistas anti-europeos de izquierda, como los de Podemos y la cantidad de pazguatos que siguen sus consignas, muchos de ellos sin enterarse de lo que hablan, pues la ignorancia de los medios españoles –con excepciones muy de agradecer, por aquello de ir contra corriente- es, sencillamente, vergonzosa. Pero también los populismos de extrema derecha, como el FN de los Le Pen y de lo que por aquí queda de esa calaña. Al final, los extremos se tocan, siempre en contra de la libertad y de lo que va quedando de democracia.

Recuerdo siempre con agrado las sabias palabras de un veterano senador colombiano, de visita en Madrid, hace ya varios años que, tras comentarme los ya patentes horrores de la dictadura –disfrazada de democracia- del golpista Chávez, la definió como una variante comunista, inspirada en la Cuba castrista, la otra dictadura comunista caribeña. En un momento de la conversación me advirtió: “Ustedes los europeos, eufóricos por la caída del comunismo y la desintegración de la Unión Soviética, se recrean pensando que el comunismo ha desaparecido para siempre. Quizás tienen razón, por el momento, pero ¿se han preguntado dónde están los comunistas? Porque la desaparición de los regímenes comunistas en Europa –no en América, como le he comentado- no implica la desaparición de los comunistas. ¿No se han preguntado dónde están y qué están planeando? Porque sería una ingenuidad imaginar que se han resignado a su derrota y han desaparecido para no volver”.

Tenía razón el senador colombiano. En aquellos momentos, tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y de cuanto vino después de aquel simbólico acontecimiento, todos imaginamos que el comunismo pertenecía definitivamente al pasado. El gran historiador francés, François Furet, publicó en 1995 un libro inteligentemente titulado Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XX siècle, en el que, tras recordar que el comunismo solo había podido imponerse “por la mentira y el miedo” y afirmar que su variante soviética se había muerto “por descomposición interna”, estimaba que “el comunismo, que no ha concebido nunca ningún otro tribunal que el de la historia, he aquí que ha sido condenado por la historia a desaparecer en cuerpo y bienes”. Poco antes, Francis Fukuyama, había publicado -ampliando el análisis que había hecho en un exitoso artículo- su famoso libro El fin de la historia, en el que, a partir de la que parecía segura y definitiva derrota del comunismo, mantenía la tesis de que los conflictos ideológicos habían muerto y ya era indiscutible el triunfo definitivo del liberalismo democrático y de su correlato económico, el capitalismo, y si no se quiere utilizar esta palabra, que tanto horroriza a la izquierda, la economía de mercado.

Era muy acertada la reflexión del viejo senador. Los comunistas estaban simplemente escondidos, rumiando su derrota pero maquinando su revancha y esperando su oportunidad de resurgir. Una oportunidad que han encontrado en la crisis económica, con sus secuelas de sufrimiento y exclusión, permitiéndoles, de nuevo, vocear sus mentirosas e incumplibles promesas y amenazar, más o menos sutilmente, con el miedo, el terror, que forma parte de su genes.(“El miedo va a cambiar de bando”). Es como si la momia de Lenin, hubiera cobrado vida, de nuevo, y hubiera resurgido de su mausoleo de la moscovita Plaza Roja, llamando a rebato a todos sus fieles para recuperar el terreno perdido y reverdecer los ajados laureles revolucionarios. Ahora se pasea por Atenas y hace viajes a Bruselas, animando a sus herederos griegos a ponerse chulitos ante los burgueses, fascistas y explotadores vendidos a la banca internacional y trabajando a las órdenes de Washington y de su delegada en Europa, la canciller Merkel. Que eso y no otra cosa son –para ellos- la fauna infecta que constituye la odiada troika. Evitan ahora estos griegos y sus amiguetes de por aquí llamarse comunistas porque esa palabra sugiere todos los horrores y las miserias a que han sometido a los pueblos que han caído bajo su férula.

Pero lo son, aunque se disfracen de populistas e incluso de socialdemócratas, una etiqueta esta última que cubre toda clase de mercancías y de la que nadie tiene la exclusiva. O como la variante caribeña, que encubre la identidad comunista con eso del “socialismo del siglo XXI”. Prefiero, por mi parte, denominarlos neo-comunistas porque, inequívocamente, son ramas del carcomido tronco marxista-leninista, aunque han aprendido el disimulo y, con Gramsci, saben que el dominio de y la presencia en los medios de comunicación son esenciales para lo que están seguros de que será su triunfo definitivo. Un triunfo que les garantizan no unas profecías de posibles y, para ellos rechazables, connotaciones religiosas, sino las leyes de la historia, necesarias e ineluctables, que definió Marx. Aunque no le hayan leído pretender corregir a Furet y demostrar que aquella aparente y definitiva derrota de 1989 fue solo un espejismo. Sí conocen, seguramente, a Gramsci y en él encuentran todos los elementos con que articulan su neo-comunismo.

La connivencia de las grandes empresas audiovisuales, la estúpida ingenuidad de tantos profesionales, ignaros de cómo funcionan los procesos de generación de las corrientes de opinión, y el potencial de producción de confusión, que tanto les favorece, porque lo suyo es pescar a río revuelto, han dejado chicas las tesis y las previsiones de Gramsci, que no pudo calibrar las enormes posibilidades que les iba a brindar el nuevo mundo digital, precioso caldo de cultivo para producir y difundir sus elementales dogmas, que han encandilado a lo largo del siglo XX a tanta gente, ingenua, mal informada o, simplemente, engendrada en el odio a cuanto no se acomoda a su desacreditado catecismo, tantas veces fracasado.

Los países de Europa central y oriental han dejado atrás el comunismo, aunque en algunos de ellos, sus estructuras, todavía en parte útiles, más que sus ideas, se resisten a morir. En Rusia impera ahora una forma híbrida de neo-zarismo y neo-sovietismo que tiene en Putin su promotor y máximo beneficiario y que cuenta con rendidos admiradores en algunos países miembros de la UE, como Hungría y en algunos de los sectores de la extrema derecha, como el Frente Nacional francés. Nada paradójico si sabemos que Putin ha hecho suya –sin decirlo expresamente- la trilogía vigente en la Rusia zarista a mediados del siglo XIX, Ortodoxia, Autocracia, Nacionalidad. Esa mezcla de elementos explica que no sea un mero continuador del comunismo soviético, pero el antiguo miembro del KGB no ha olvidado los usos de aquel sistema ni sus afanes expansionistas, heredados del zarismo. Su frase, “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX ha sido la desintegración de la Unión Soviética”, es todo un programa que explica toda su acción desde Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur, hasta Ucrania y Crimea.

Pero el comunismo no ha triunfado solo en Grecia. El panorama municipal español nos muestra ahora a diario con qué desparpajo los neo-comunistas-populistas se han hecho cargo de importantes ámbitos de poder, de los que será difícil desalojarles. Están entrenados para no marcharse nunca. Y ahora son más peligrosos porque, de momento, sólo de momento, se han cubierto con la piel de cordero y ya hay un numeroso rebaño de “tontos útiles” (Lenin dixit) que nos aseguran todos los días que “se han moderado y son fiables”. Como un temible zombi, a caballo como un Cid rojo, la momia de Lenin cabalga de nuevo, cual quinto jinete del Apocalipsis, a lomos de un caballo rojo, el del engaño, el miedo y la destrucción. Y desde Atenas trata de hundir a la Europa unida que representa todo lo contrario de lo que él promovió. Pero como la Roma clásica, cuando los bárbaros ya habían atravesado el Rhin, Europa no se entera. Aunque tiene ya dentro al caballo de Troya, un famoso mito de aquella otra gran Grecia, que tan poco tiene que ver con la actual.
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