7 de diciembre de 2019, 6:33:04
Críticas de Cine

POLÉMICO DOCUMENTAL DE ASIF KAPADIA


Amy. La chica detrás del nombre, el 'happy end' imposible

Laura Crespo

Un relato crudo, equilibrado entre el respeto y el inevitable morbo. Por Laura Crespo


La destreza del realizador Asif Kapadia con las imágenes de archivo, su capacidad para observar, preguntar, romper y recomponer, ya era conocida. El documental Senna le valió el abrazo de la crítica y los reconocimientos internacionales que no había logrado hasta entonces con sus películas de ficción. Amy. La chica detrás del nombre le reafirma en su pulcritud, en su respeto yermo de condescendencia hacia lo que tiene entre manos. Y no lo tenía nada fácil. Contar la vida de la malograda Amy Winehouse sin caer en el retrato melodramático del enésimo juguete roto y en el sensacionalismo obsceno era una empresa complicada. En la cinta hay un poco de todo eso, no puede no haberlo cuando el objetivo mira hacia un ser absolutamente mediático, con tendencias autodestructivas y más dinero que mentes cabales a su alrededor. La fortaleza de Kapadia está en el equilibrio, en conseguir que un relato construido a base de episodios no se quede en la anécdota, en buscar los porqués más allá de lo obvio y atreverse con el resbaladizo terreno de los grises. Así, las dos horas previas a un final de sobra conocido y fechado el 23 de julio de 2011 recorren un camino interesante para el espectador y sus impresiones sobre el talento, la fama, el éxito, la responsabilidad y el fatalismo.

Sin el arrollador Back to Black, ¿habría pasado Amy Winehouse a engrosar el tristemente selecto Club de los 27? Probablemente no. O sí. Kapadia no dibuja un ángel pervertido por la fama, sino una chica que ya antes de cumplir la mayoría de edad sumaba un amplio historial de depresiones, trastornos alimenticios y adicciones a drogas blandas rodeada, para más inri, de una familia desestructurada y poco entregada. Tan voluble en lo emocional como portentosa y decidida en lo artístico. El retrato del cineasta se preocupa por no quedarse en lo problemático de su personalidad y mostrar también un talento inusual percibido por cuantos se cruzaron con ella. “Una mente vieja en un cuerpo joven”, dicen los entrevistados para la cinta en alusión a su gusto por los grandes solistas clásicos del jazz. Fue precisamente una pequeña renuncia a este anacronismo para una muchacha de veinte años la que dinamitó su fama.

La primera vez que escuché el ‘Rehab’ en la radio, el locutor de la emisora felicitaba a Amy por haberlo conseguido. “Ahora sí”, decía. Amy Winehouse le daba a su segundo disco un toque más pop que a su LP debut, Frank (maleado también en su esencia, según criticó la propia artista, por algunos retoques de la discográfica). Las puertas de Londres, donde ya había bolos, se abrieron al mundo. Y después vino todo lo demás: unos padres oportunistas, indignados de hecho, con el resultado del documental de Kapadia, al que habían dado su beneplácito al principio; la maquinaria aplastante y profundamente capitalista de la industria discográfica, que exprime sus productos sin más guía que la financiera; la relación tóxica con el que fue su marido, Blake Fielder-Civil, que muestra una Amy entregada a pesar de las consecuencias; una cuenta bancaria atiborrada de tentaciones; y una prensa sensacionalista de chiste fácil y tendencia a la deshumanización de sus objetivos. Y, a pesar de todo, el realizador mantiene a ralla la condescendencia para construir un relato que avanza hacia la más profunda tristeza: alguien que tiende al vacío sin nadie alrededor que frene la caída.

Tampoco hace Kapadia un excesivo uso del factor morbo. Y a la vista de la cantidad de material del que dispone –imágenes inéditas de la artista en su adolescencia cedidas por su padres y amigos, vídeos caseros de sus temporadas en desintoxicación y sus recaídas grabadas por su marido, mensajes de voz en contestadores de su entorno…-, hubiera sido muy fácil atraer al púbico más amarillista a base de borracheras, ‘colocones’ y síndromes de abstinencia. Pero en Amy hay algo más: una mirada global de la artista y la chica de los suburbios de Southgate.

A partir de un descomunal archivo, el cineasta hila el relato con el resultado de las más de 100 entrevistas que realizó para el proyecto, pero no muestra bustos parlantes, otorgando pleno protagonismo a la imagen documental y consiguiendo, con ello, un ritmo distinto y dinámico dentro del género. Sobra decir que la banda sonora es parte de la historia y que, ahondando en una parte más desconocida de la Amy compositora, narra con detalle los momentos cruciales de sus 27 años de vida.

Un relato crudo, que empieza y termina con imágenes de una Amy Winehouse adolescente, bien distinta a la extrema delgadez y las ojeras profundas que han quedado grabadas en la retina del imaginario colectivo. Un homenaje inteligente, sin paños calientes, sincero, con lo bueno y lo malo peleándose por evitar conclusiones maniqueas en el espectador. Un producto que expone, critica y ratifica al mismo tiempo que, a punto de cumplirse cuatro años de su muerte y escapando -una vez más- a su voluntad, Amy Winehouse sigue siendo un negocio rentable.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es