16 de septiembre de 2019, 6:05:47
Opinion

COSAS VEREDES


Refugiados: la vergüenza de la UE

María Cano


Una madre sostiene a su bebé en brazos junto a la verja que les separa de los turistas en un ferry. Se me cae el alma a los pies. Observo más imágenes de barcazas, de improvisados campamentos. Son los ‘afortunados’ que han conseguido llegar con vida a la tierra prometida sin guerra. Lo que no saben es que en vez de fusiles encontrarán desprecio. Lo prefieren a la muerte.

En lo que va de año se cuentan ya por centenares de miles los que cierran tras de sí las puertas de sus casas para no volver jamás dejando en ellas casi todo lo que poseen y cargando con lo imprescindible. El miedo les empuja a huir. Y llegan en imparables oleadas, porque cuando a uno ya no le queda nada que perder salvo la vida no le detienen fronteras ni leyes, sólo los elementos. Muchos, demasiados, descansan en el Mare Mortum.

El problema lo plantean los países de llegada, que dicen verse desbordados ante semejante torrente. Unos plantean (y ejecutan) el cierre de fronteras; otros transportan en trenes a quienes quieren alejarse aún más y llegar al corazón de Europa, a la ansiada Alemania. Se les trata como a apestados y malviven frente a un futuro incierto sin alimentos suficientes, sin higiene, sin techo…

Esta ‘crisis’ no se resuelve como pretenden los políticos acostumbrados a las formalidades de la diplomacia. La miseria y la desesperación que alimentan a estos héroes del siglo XXI con los ojos arrasados por el miedo y la piel sucia no entienden de cupos como los establecidos hace unos días por la UE. Estudian qué van a hacer de aquí a dos años con los demandantes de asilo sirios y eritreos y planean repartirse unos 40.000. No sabemos qué piensan hacer con todos los demás. Hungría ya ha hecho alarde de humanidad anunciando que no está dispuesta a acoger a ninguno de ellos y Austria se desmarca también asegurando que sólo los acogería si la UE lo estableciera como obligatorio y con condiciones.

Según las cifras a las que se comprometería cada país a día de hoy, sólo tendrían cabida de forma legal 35.000 refugiados, ni siquiera las 40.000 que barajan en sus famélicas cifras iniciales. Y la guinda que corona este patético pastel es que los Veintiocho habían aplazado la toma de decisiones sobre este asunto hasta diciembre. Algo de vergüenza o de vértigo ante la pérdida de popularidad les ha debido de dar semejante pasotismo y este mismo lunes, aprovechando una reunión prevista con anterioridad entre Merkel y Hollande, han hecho un aparte que no ha durado más de unos minutos para abordar el asunto y pedir a Grecia e Italia que trabajen en la identificación de estos inmigrantes.

Europa debe afrontar esta grave crisis humanitaria con mayor seriedad y recursos. No consiste en pasarse la patata caliente de unos a otros, ni en dejar pasar el tiempo a ver si a la opinión pública se le olvida en su descanso estival o con el batacazo de las Bolsas o los atentados frustrados. Tampoco se trata de medírsela con el vecino ni de rivalizar en cupos y esfuerzos. ¿O sí? Tal vez esa es la verdadera crisis que se esconde bajo la de los desplazados: la deshumanización de las sociedades occidentales. ¿Qué más da que unos cuantos cientos de miles se pudran en el mar o en nuestra propia tierra si tenemos el último smartphone en el bolsillo, hemos contratado la nueva oferta para poder ver los deportes y series en casa y ocupan ya un lugar privilegiado en nuestro armario los últimos zapatos de firma adquiridos por capricho y no por necesidad?

La deshumanización del arte, titulaba Ortega y Gasset una de sus obras. Le robo el título y cambio ‘arte’ por ‘hombre’ o mejor por ‘humano’ para que a nadie se le ocurra añadir a continuación ‘mujer’, que ahora se llevan mucho estas tonterías que nos distraen de lo importante. Mientras, quién sabe si centenares de almas navegan sobre un mar de dudas en busca de una tierra en paz.

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