30 de mayo de 2020, 20:49:39
Opinión

TRIBUNA


Crimen y castigo

Rafael Narbona


Crimen y castigo, la célebre novela de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, cambió mi vida. Devoré el libro durante un caluroso verano, fascinado por el tormento interior de Raskólnikov, el joven que abandona sus estudios universitarios por falta de recursos, confinándose en un miserable apartamento de los suburbios de San Petersburgo. Su hermana Dunia está dispuesta a casarse con un próspero empresario para salvar a la familia de su estado de precariedad. No le ama, pero considera que su felicidad es irrelevante. Abnegada y noble, desea que su hermano regrese a la universidad y su madre pueda disfrutar de cierto bienestar material. Raskólnikov contempla el posible enlace con profunda consternación, pues sabe que Dunia será muy desgraciada. Sólo se le ocurre una alternativa: matar a una vieja usurera donde ha empeñado varios objetos de valor y apropiarse de su dinero. Se siente empujado por el amor hacia su familia, pero también por una visión nietzscheana de la moral. Los seres superiores deben prevalecer sobre los inferiores. Matar a una usurera no es un crimen, sino una forma de mejorar el mundo, eliminando a una criatura indeseable. Raskólnikov comete el crimen, pero acaba entregándose a la justicia, que le condena a trabajos forzados en Siberia. Sonia, una muchacha de dieciocho años que se prostituye para alimentar a su madre viuda y a cuatro hermanos pequeños, le sigue hasta la estepa, pues le ama y quiere ayudarle. Gracias a su amor, Raskólnikov asume que ha cometido una atrocidad, repudiando sus fantasías sobre una moral basada en la excelencia y no en la compasión. Leyendo el Evangelio de San Juan, se detiene en la resurrección de Lázaro y comprende que él también había muerto al asesinar a la usurera. Admitir su culpa le ha devuelto la vida y la dignidad.

No hace falta compartir la fe cristiana de Dostoievski para entender su exaltación del arrepentimiento y el perdón. No está de más recordar estos principios después de un verano sobrecogedor. Entre julio y agosto, se han perpetrado crímenes horribles en nuestro país. Mujeres asesinadas por sus parejas, a veces en plena calle. Un recién nacido abandonado en un contenedor de basura. Un hombre ha degollado a sus hijas pequeñas con una radial. Podría citar otros ejemplos igualmente espantosos, pero no lo haré. El sensacionalismo periodístico no nace de la solidaridad con las víctimas, sino de la curiosidad morbosa. Es incuestionable que esta clase de conductas merecen un gravísimo reproche penal y social. En algunos casos, cuesta creer lo sucedido. Sería fácil atribuir estos actos a un trastorno mental, pero en nuestro país cerca del 25% de la población acude alguna vez al psiquiatra. En la mayoría de los casos por cuadros de ansiedad, angustia o depresión. Se tiende a confundir la psicosis, que implica una deformación de la realidad, con la psicopatía, una alteración de la personalidad caracterizada por los comportamientos antisociales y una baja empatía hacia el dolor ajeno. Los psicóticos no son más violentos que las personas equilibradas. De hecho, sus delirios suelen ser inofensivos, pintorescos o dramáticos. Virginia Woolf sufría alucinaciones auditivas. Cada vez que empezaba una crisis, anotaba en su Diario: “Ha vuelto el horror”. En una de sus recaídas, no pudo soportar el sufrimiento y se suicidó, adentrándose en un río con los bolsillos llenos de piedras. Jamás cometió un acto violento. Por el contrario, sus libros siguen conmoviéndonos por su sensibilidad, inteligencia y honda introspección.

Cualquier crimen debe ser castigado, pero no se debe olvidar que –según el artículo 25 de la Constitución Española- “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”. El condenado no perderá en ningún caso sus derechos fundamentales –“salvo los expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio”- y “tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad”. En un tiempo en que se cuestionan los sentimientos nacionales, salvo que estén ligados a desestabilizadores procesos de autodeterminación, el “patriotismo constitucional” podría ser el aglutinante de una sociedad libre, plural y abierta. No creo que ninguna fuerza política sensata considere necesario reformar el artículo 25. Otra polémica muy diferente es qué criterio se debe aplicar en los casos de excepcional gravedad, como los crímenes contra la humanidad o los asesinatos de personas especialmente vulnerables, como menores, ancianos o discapacitados. ¿Sería sensato dejar en libertad a Jack el Destripador, pese a que hubiera agotado su pena, o se debería aplicar una medida cautelar, basada en informes forenses y penitenciarios? Afortunadamente, se trata de casos harto infrecuentes. De todas formas, el horizonte de la reinserción siempre debe permanecer abierto. No es un planteamiento utópico, sino un principio jurídico vinculante protegido por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Sin embargo, muchos parecen sentir nostalgia de los castigos medievales. Se advierte en la sección de comentarios de los periódicos, particularmente en su versión digital, y lo que es más triste, se escucha en las aulas de enseñanzas medias, donde un número preocupante de jóvenes se muestran partidarios de la pena de muerte. ¿Se podría solucionar de algún modo este déficit de cultura democrática? Quizás leyendo Crimen y castigo. O cualquier otra obra de Dostoievski. Podría rescatar muchas frases del escritor ruso, pero me limitaré a dos: “El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”, “Cuando reconozco a un hermano en mi prójimo, sólo entonces soy hombre”. Al acabar Crimen y castigo con dieciséis años, resolví que dedicaría mi vida a la literatura, la filosofía y la enseñanza. En buena medida, he materializado ese sueño. Si un libro puede cambiar una vida, ¿no es menos cierto que puede contribuir al progreso moral de una sociedad? Me gustaría pensar que sí. Prefiero ser ingenuo a pesimista. El pesimismo es la antesala del odio. En cambio, la ingenuidad siempre acompaña a la esperanza.

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