13 de diciembre de 2019, 7:11:15
Opinion

TRIBUNA


En la cuna del catalanismo actual (VI)

José Manuel Cuenca Toribio


Entre los muchos, incontables jóvenes universitarios enaltecidos con tal imagen y vocados a una acción pública, inédita hasta entonces desde los tiempos de preguerra, se alineaba, según es harto sabido, el futuro refundador del catalanismo heredero de Cambó y los hombres de la Lliga. Licenciado en Medicina y de formación inicialmente germana- que daría a su espíritu, entre otras cosas, una intensa porosidad al talante romántico presente en los revivals de los nacionalismos decimonónicos- luego ensanchada –muy ensanchada- con la anglosajona y francoitaliana, la deuda historiográfica de Jordi Pujol con la pareja de los eximios estudiosos Vilar-Vicens se expresó públicamente en el más llamativo de los escenarios, al conceder al primero en los comienzos de su larga Presidencia de la Generalitat, la máxima distinción civil catalana, y al proclamar a los cuatros vientos, de manera opportune e importune, la capitanía moral e intelectual del segundo en un pueblo cuya fidelidad a su legado historiográfico le aseguraría la realización de los anhelos más queridos.

Se comprenderá, pues, fácilmente el hondo impacto que ejerciera este vasto movimiento intelectual, con uno de sus más importantes centro de gravedad en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad barcelonesa, sobre el aprendiz de contemporaneísta que, administrativa y académicamente, se incorporara a su claustro en la primavera de 1967. Su sensibilidad hacia la singularidad de Catalunya en la unamuniana “renación” española le incitaba, inembridablemente, a sumergirse con la mayor hondura en la realidad de su cuerpo social, transido de energía creadora y ansioso de desplegar funciones rectoras en un país en vísperas de sucesos de elevada trascendencia. Integrante de unos ambientes en que la deformadora visión castellano-céntrica de nuestro pasado estuvo siempre sometida a una amorosa y comprensiva revisión, y discípulo –en diferente plano y modalidad- del sevillano D. Jesús Pabón (1902-76) y del onubense F. Pérez Embid (1917-74), de contrastada y, en ocasiones, no fácil catalanofilia, tal postura sería heredada, con la modesta medida que le era y le es propia, por el flamante profesor agregado de Hª Moderna Universal y de España, conforme dejara constancia en unas Memorias Universitarias que no han visto todavía la luz.

Lo mediocre y grisáceo del presente –por no emplear, obviamente, el término de avilantez, tal vez aquí el más adecuado- han llevado a más de una pluma a propalar, más o menos sibilinamente, el infundio de una aproximación, en los años postreros de la década de los 40, al influyente mundo opusdeísta del lado de un Vicens Vives obnubilado por el ascenso de su figura en todos los frentes culturales y políticos; y en tal táctica la fuerte personalidad de su buen amigo Pérez-Embid –colega de claustro barcelonés durante unos meses- representaba un papel determinante… Aunque la difamación siempre recorre en España largo camino, no ha de malgastarse un instante en refutarla por más execrable que en el caso aludido lo sea. Como en otro lugar hemos señalado, el autor de Ambiciones españolas fue en todo momento rendido admirador de las formidables y envidiables cualidades de Fernando el Católico, al que consideraba, sin discusión, como el primer gobernante de la historia española. Y a tono con ello, desde sus importantes cargos oficiales y actividades profesionales prodigó incesablemente toda suerte de gestos y acciones favorables al desarrollo de Catalunya y a los trabajos de Vicens y sus colaboradores, en especial, al poco ha fallecido Emili Giralt i Raventós (1927-2008).
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