13 de noviembre de 2019, 16:22:08
Opinion

TRIBUNA


27S. ¿Más allá de la conllevanza?

Luis Asua Brunt


La política clásica de los partidos españoles, con algún matiz, ha sido la de la conllevanza (sic) frente a los nacionalismos periféricos. Esta política tiene su mejor expresión en el discurso de Ortega con ocasión del debate del estatuto de autonomía de Cataluña en los tiempos de la Segunda República.

Decía Ortega entonces (la cita es un poco larga, pero me perdonarán):

Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles.

Más adelante, decía:

Yo creo, pues, que debemos renunciar a la pretensión de curar radicalmente lo incurable. Recuerdo que un poeta romántico decía con sustancial paradoja: «Cuando alguien es una pura herida, curarle es matarle.» Pues esto acontece con el problema catalán.

Hay que tener muy claro que todo movimiento nacionalista pretende la secesión. El nacionalismo se puede definir por ser una aventura, o un procedimiento político, por el que se pretenden cambiar las mentalidades de los futuros compatriotas y también del resto del país del que se quiere uno separar. Se pretende hacer que lo imposible sea posible y que luego pase a probable y que, en algún momento posterior, la independencia se convierta en inevitable. Hoy en Cataluña y fuera de ella, algunos piensan que la secesión es más que probable, incluso inevitable.

Otra cuestión que hay que tener en cuenta es que para un dirigente nacionalista cualquier sacrificio es poco con tal de conseguir la ansiada nación. Si en algún caso –no es el catalán, subrayo- están dispuestos a poner una buena cantidad de sangre encima de la mesa, entenderán que sacrificios como irse de Europa, hacer caer el PIB en un porcentaje importante y demás costes socio-económicos son poca cosa cuando se logra el objetivo de la nueva nación.

A la vista del resultado de las elecciones de hoy, en el que destaca la mayoría absoluta de los independentistas (sin lograr la mayoría absoluta de los votos, lo cual es importante), y que Ciudadanos ha pulverizado cualquier récord anterior del PP, creo que se abren una serie de posibilidades.

La primera es la clásica. Dejar “marinar” la cuestión y esperar a que el proceso entre en contradicciones. Una coalición de gobierno de izquierdas en la que Mas y su voto burgués de derechas no se sienta representado, puede producir una gran tensión interna que podría llevarse por delante el proceso independentista. Soy escéptico. Si se da ese gobierno, se hará una valoración pragmática: para los nacionalistas, al fin habrá un gobierno que promoverá con claridad la independencia.

Otra opción es una reacción del gobierno de Rajoy que podría aplicar medidas extraordinarias: suspender la autonomía, revocar transferencias y alguna cosa más. Supongo que si se va por este camino todas las consecuencias legales y políticas estarán bien calibradas. A corto plazo pueden dar algún resultado; a largo plazo nadie sabe y suelen ser negativas.

La tercera opción que me gustaría desarrollar con algún detalle es la de asumir que las cosas han cambiado. Que estas elecciones representan una inflexión, es decir, que la aventura de los señores Mas y compañía ha tenido éxito y que la secesión es ya una cuestión más que probable. En este punto hay que aclarar la diferencia entre el principio democrático y el constitucional. Cuando ambos principios, lo que la gente “piensa” y lo que la gente “acepta” como ley confluyen, la sociedad vive ordenada y de forma equilibrada. Cuando la opinión de la gente es diferente a lo que se refleja en la ley, la Constitución en nuestro caso, entonces hay que iniciar un proceso con todas las garantías para que ambos principios vuelvan a confluir.

Pero antes hay que constatar que se ha producido una inflexión. El PP parece que lo ha asumido, basta con ver el debate Margallo/Jonqueras donde un ministro de España hace una aceptación clara de la probabilidad de la independencia, aunque la combate con mucho talento (todo hay que decirlo) por sus costes socio-económicos. Creo que este paso adelante dado por el PP, no sé si medido, es insólito en nuestra historia.

Por tanto, si los políticos reconocen que existe una inflexión, habrá que constatarlo en la ciudadanía, y no valen unas simples encuestas. No hay que llegar en principio al extremo de un referéndum. Existen fórmulas que pueden ser impulsadas por el gobierno de España, tales como una consulta previa sobre el modelo territorial, el planteamiento de una revisión del mismo hacia una mayor autonomía (si cabe) o, en el caso más extremo, una ley sobre consultas.

Pese a todo, tengo muchas dudas de que exista un sentimiento mayoritario independentista. Creo que hay más ruido de élites que sentimientos reales y mayoritarios. Se han desorbitado unos sentimientos que están muy lejos de la mayoría y, además, los costes de la secesión son inasumibles. De ahí la surrealista propuesta de Jonqueras por la que en caso de independencia se podría mantener la nacionalidad española y catalana. Son menos los catalanes que aceptarán los sacrificios económicos y emocionales que conlleva romper con España.

Vienen tiempos de mucha fineza política. Habrá que establecer un mecanismo para averiguar la realidad de los sentimientos de los catalanes y también habrá que gestionar con mucho acierto el nacionalismo español. Porque no nos olvidemos que nuestro nacionalismo no admite sobre el papel –aunque también tengo mis dudas de que responda a la realidad social- referendums y procesos secesionistas sin grandes quebrantos constitucionales. Esto no es el Reino Unido que sin pestañear admitió un referéndum como el celebrado el año pasado para Escocia.

Aun así, no alberguen grandes esperanzas que esto nos lleve a resolver del todo el problema. Las tensiones perdurarán, pero como bien decía Ortega, habrá que conllevarlas, pues el enfermo es crónico y no quiere curarse. Pero, entonces, la conllevanza se practicará sobre bases de una nueva y clara legitimación democrática. Con estas elecciones y mucho trabajo anterior se ha conseguido, en apariencia, alejar el principio democrático del constitucional. Hay que reestablecerlo.
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