21 de octubre de 2019, 0:26:04
Opinion

TRIBUNA


La derrota del miedo

Alejandro Muñoz-Alonso


Más allá de los comentarios sobre los resultados de las elecciones catalanas del 27 de septiembre y de sus consecuencias más o menos inmediatas, me gustaría que esa jornada electoral hubiera marcado el fin definitivo del miedo, evidente para quien no haya querido cerrar los ojos, que durante tantos años ha aherrojado a la sociedad catalana. Ese miedo ha sido patente en muchos ámbitos, públicos y privados, condenando al obligado silencio a quienes no compartían el discurso oficial –trufado de falsedades y envuelto en patrañas vergonzosas- que empezó siendo “simplemente” nacionalista para convertirse en estos últimos años en un separatismo feroz e intolerante, que, intransigentemente, no admitía ninguna contradicción.

Ese miedo ha sido –y esperemos que haya dejado de ser- la demostración inapelable de que Cataluña ha estado durante ese largo periodo alejada de la democracia auténtica, porque democracia y miedo son, sencillamente, incompatibles, como lo son la libertad y el miedo. Donde impera el miedo no hay ni libertad ni democracia y Cataluña ha sido un desgraciado ejemplo de esa aberración. Creo que fue Guglielmo Ferrero –una víctima del fascismo, que le obligó a exiliarse de su país- quien mejor ha estudiado los deletéreos efectos del miedo que es, según él, la prueba inapelable de que el régimen político que existe en esa sociedad es ilegítimo. Lo explicó en un libro que ya es un clásico, Los genios invisibles de la ciudad, en el que analiza ese miedo de las sociedades no democráticas que es de doble dirección: Los ciudadanos tienen miedo a los que mandan, porque disponen de numerosos recursos para hacer la vida imposible a los discrepantes. Pero en el fondo, dice Ferrero, esos malos gobernantes tiene miedo a los ciudadanos a los que oprimen. Un esquema típico de una sociedad totalitaria, que no otra cosa son aquellas que hacen del nacionalismo identitario su dogma oficial.

El pujolismo y sus continuadores forjaron un sistema en el que nunca pasaba nada. Se ocultaban los numerosos escándalos que oficialmente no lo eran nunca porque no aparecían en los medios que, como mucho, solo se ocupaban de lo más superficial. Así se pudo producir el asalto y vaciamiento de Banca Catalana y se montó el sistema del 3 por ciento, que a veces llegaba al 20 por ciento. Pero nunca pasaba nada porque aquello era la “la laguna dorada” y el gran objetivo nacionalista –que no era otro que la independencia- permitía y encubría todas las desvergüenzas. Será muy difícil saber algún día hasta qué punto el independentismo no fue una cobertura para ocultar el robo a mansalva de que ha sido objeto la sociedad catalana. El “España nos roba” es una de las perlas de esa descomunal operación.

La mayor participación de los ciudadanos catalanes en las elecciones del domingo –aunque muchos hayan preferido utilizar la opción legal del voto por correo- puede ser una muestra de que empieza a superarse ese clima de miedo. Como lo es que, aunque a última hora, empresarios, banqueros, asociaciones de diverso tipo se hayan atrevido a salir para desmontar las falsas doctrina del oficialismo separatista. Si esta actitud de dignidad ciudadana, que hasta ahora se ha echado tanto en falta, de reivindicación de las libertades más elementales, se mantiene, puede esperarse que la sociedad catalana recobre su pulso y su capacidad de dirigir libremente sus vidas, liberada del asfixiante intervencionismo de aquellos malos gobernantes.

Sería una ceguera sin sentido negar que la lista del “Frente Separatista” –que es como yo creo que habría que denominar ese amasijo de tan variopinto pelaje- ha obtenido una victoria electoral con su 74 % de votos emitidos, sumando la CUP. Pero inmediatamente hay que añadir que su machacona obsesión de hacer de esta consulta una especie de plebiscito ha fracasado. Disponían de todos los medios, la propaganda que han emitido no se ha visto en ningún sitio de Europa en los últimos setenta años pues ha llegado a los más increíbles límites de la desvergüenza, del engaño y de la más tosca manipulación. Ese era su objetivo y han fracasado. Y ahora ya percibimos que estas gentes sin nada más en común que su irracional obsesión separatista se disponen a pelearse para repartirse los despojos de su victoria/derrota. Ni se sabe a quién propondrán la Presidencia de la Generalidad pues propios y extraños estiman, con diversos argumentos y diferentes intenciones que Artur Mas ha agotado el escaso capital político que le quedaba, si es que le quedaba algo. Su horizonte es el judicial para responder de las imputaciones por aquella estúpida acción del 9 de noviembre. Este hombre viene violando reglas básicas del sistema constitucional español –que es el suyo, le guste o no- y ya era hora que tenga que responder ante el Poder Judicial de sus numerosos actos fuera de la Ley.

El panorama catalán es complicado. Ciudadanos ha hecho un buen papel logrando apuntarse votos que antes eran del PP o del PSC. Los números son bastantes concluyentes. Pero mucho cuidado porque no se le puede atribuir, al menos de momento, la condición de alternativa. Ni en Cataluña, ni menos aún es España, pues no parece que las elecciones generales de diciembre próximo tengan que ser un reflejo de las catalanas de pasado domingo. La ciencia política estima que cuando un partido está a una distancia electoral de más de diez puntos del que le precede no se le puede considerar alternativa. Y, sin contar a CUP, la distancia entre el “Frente Separatista” u Ciudadanos es de doce puntos. Es lo que le sucedió a la vieja AP con el PSOE en 1982, que se vio como alternativa, aunque la distancia era de más de veinte puntos. Solo después de la Refundación del PP y hasta 1996 no se puso este partido en condiciones de ganar unas elecciones. El despreciado bipartidismo ha sufrido un buen golpe en Cataluña, donde nunca fue la espina dorsal del sistema, pero en el ámbito nacional es previsible una mayor capacidad de resiliencia, si se me permite el anglicismo.

Con la imputación de Mas y de otras dos señoras de su equipo se ha puesto en marcha el horizonte penal contra la ilegalidad separatista. Quizás era al momento de disponer todo los instrumentos jurídicos disponibles para evitar lo que pueda pasar en los próximos meses, especialmente durante el tiempo en que estén las Cortes disueltas. No estaría fuera de lugar poner en marcha el artículo 155 para que el Gobierno pueda utilizar los recursos jurídicos que pone en sus manos, si estos turbios ganadores de las elecciones catalanas, que dispondrán de amplia mayoría en el Parlamento catalán persisten en adentrarse por los abruptos caminos de la locura independentista, de las “estructuras de Estado” o de la “desconexión”. Todo eso son callejones sin salida. Pero gobernar es prever y nunca un exceso de previsión es ocioso.
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