30 de octubre de 2020, 22:39:53
Opinión

POCO A POCO


El hombre más poderoso del mundo

Borja M. Herraiz


No hace mucho, ojeando una revista, foránea y relativamente seria, encontré un artículo que llevaba por título ‘Los hombres más poderosos del mundo’. El criterio que la publicación utilizaba para hacer la clasificación dejaba bastante que desear, pues los parámetros que se tenían en cuenta eran, como poco, de lo más variopintos: desde la fortuna acumulada, pasando por su poder de convocatoria en redes sociales, su fama y popularidad o sus éxitos deportivos. Tal cual.

De los cincuenta primeros clasificados, no conté ni cinco para ser tenidos por hombres realmente poderosos en términos absolutos.

Sorteando esta ironía, si de poder hablamos, si el verdadero objetivo es establecer un criterio para identificar qué personajes son aquellos que ocupan la cúspide de la pirámide, desde luego a mí me viene un nombre a la cabeza por encima de cualquier otro.

Hace más de tres lustros, exactamente el 31 de diciembre de 1999, Vladímir Vladímirovich Putin, el actual presidente ruso, accedía al cargo de manera interina sucediendo a Boris Yeltsin. Desde esa fecha, su figura ha ido creciendo exponencialmente hasta ser uno de esos nombres que los historiadores abordarán durante las décadas venideras, tanto por su relevancia como por su complejidad.

Ya sea por su formación militar, forjada en la extinta y temida KGB, ya sea por su carácter de 'macho alfa' (ahí queda la impagable galería de instantáneas a lo Action Man), Putin se ha convertido en el dueño y señor del país más grande del mundo por extensión y que habitan algo más de 140 millones de personas.

Con un chocante pero continuado y ufano desprecio por la legalidad nacional e internacional, el presidente ruso ha destrozado, de un modo u otro, a opositores (Kasparov), disidentes (Litvinenko), periodistas (Politovskaya) y enemigos (Jodorkovski) sin ni siquiera pestañear.

Durante estos casi 16 años, Putin ha conseguido que un país sumido en una permanente crisis económica, para la que no ha logrado solución a pesar de los ingentes recursos con los que cuenta, crea en él como el verdadero mesías que hará brillar de nuevo el orgullo ruso.

Vaya por delante que esta columna está escrita desde la admiración a una evolución de lo más bizarra. La figura de Putin me tiene perplejo desde hace años. Un hombre que llegó al poder moviéndose en las sombras, valiéndose de la astucia y de un perfil bajo para, una vez alcanzada la cima, hacerse con el poder absoluto.

Es más, ha llegado a sortear su propia Constitución para perpetuarse en el poder. La Carta Magna rusa prohíbe tres mandatos de manera consecutiva, por lo que intercaló a Dmitri Medvedev, su fiel delfín, como jefe del estado, para, cumplido el mandato de este, volver a sentarse en su trono. Chapeau.

Y es que, con un discurso elemental apelando a las proclamas más populistas, lo que no dice mucho de sus 'súbditos', se ha apropiado del nacionalismo ruso, un movimiento que aplasta sin miramientos a todo aquel que ose atacar su figura, porque tampoco ha dejado de lado un cierto culto al líder.

Tampoco olvidemos que Putin ha sido capaz de embarcarse en hasta cuatro guerras (Chechenia, Georgia, Ucrania y Siria), tres de ellas ilegales según el ordenamiento jurídico, y se ha anexionado territorios soberanos (Crimea, Abjasia y Osetia) sin que nadie ni nada le haya puesto freno. Ni Naciones Unidas, ni la OTAN, ni Washington, ni, por supuesto, Bruselas. Todos se pliegan cuando de plantarle cara se trata, no vaya a cometer una locura, aunque de loco no tenga nada.

Sabedor de su poder de disuasión respaldado en su arsenal nuclear (8.500 cabezas) y su capacidad de amedrentar a la Unión Europea con su dependencia energética, Putin es el chulo del barrio, ese matón que hace lo que quiere cuando quiere y donde quiere porque sabe que no tiene quien le pare los pies. El problema: que a diferencia del estereotipo de matón, este gallo no tiene ni un pelo de tonto y, además, carece de némesis.

Hay quien pudiera pensar que esa figura recae sobre el presidente de Estados Unidos, Barack Obama en este caso y George W. Bush antes que él, pero incluso el jefe de la Casa Blanca tiene que plegarse ante la ley y la opinión pública, algo que el mandatario ruso no, y bien que lo ha demostrado a lo largo de todos estos años.

Rusia es Putin y Putin es Rusia. Es casi decir lo mismo, de eso no cabe duda. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el presidente ruso ha puesto sus miras más allá de sus fronteras. La estepa se le ha quedado pequeña y ahora quiere, quizás añorando tiempos vividos, quizás probando hasta dónde puede tensar la cuerda, llevar a la Federación a lo más alto.

Su última jugada ha puesto en evidencia a la diplomacia internacional, a la que tanto desprecia, en ocasiones con razón. Se mantuvo fuerte en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando las denuncias contra el régimen sirio de Baschar Al Assad arreciaban y ahora le presenta, se presenta, bombardeos unilaterales de por medio, como la gran solución al yihadismo de Estado Islámico y Al Qaeda en Oriente Medio.

Y quizás lo sea, porque él cuando quiere algo va a por ello y, le pese a quien le pese, lo consigue. En eso consiste el verdadero poder.

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