27 de enero de 2020, 5:31:38
Opinion

TRIBUNA


Los diálogos constitucionales de Altea

Juan José Solozábal


Acudo a la convocatoria de la Fundación Giménez Abad y la Fundación Adenauer a unas jornadas de reflexión sobre las Constituciones del siglo XXI en Altea. El interés de las mismas consiste en que se trata de un encuentro entre académicos y políticos, tanto españoles como extranjeros, en torno a los problemas de la reforma constitucional.

Una cuestión fundamental considerada tiene que ver con la situación de un país que impone la reforma. Hay dos orientaciones al respecto: la de los que piensan que las constituciones, como dijese Linda Colley, son hijas de la catástrofe, esto es, que sólo deben cambiarse cuando las circunstancias lo hacen inevitable; o la de quienes piensan que las reformas son un remedio ordinario que garantiza la acomodación constitucional al cambio político. La Constitución americana apenas se ha reformado en una veintena de ocasiones, mientras que la Ley Fundamental alemana lo ha sido en cerca de sesenta. Quizás nosotros nos encontremos en una situación equidistante, en la que hay un cuestionamiento serio del sistema, especialmente desde el punto de vista territorial; existiendo además razones para el cambio derivadas del normal desgaste temporal de la Norma Fundamental. Una cosa serán entonces las reformas estructurales, que pueden afectar a alguna de las decisiones capitales, y otra los retoques técnicos de mejora del texto constitucional. La experiencia extranjera resalta la oportunidad de que, en los aspectos técnicos, el constituyente descanse en aportes externos (así una comisión de técnicos constitucionalistas); pero esta ayuda no tiene mucho sentido en relación con las opciones políticas fundamentales, cuya responsabilidad no puede distraerse de ningún modo. Debe recordarse que en la Transición, con buen criterio, se rechazó llevar a cabo la elaboración de la Norma Fundamental a partir de un proyecto que el gobierno, con el concurso de expertos, adujese.

En relación con el proceso de reforma constitucional hay dos cosas que resultan obvias: ya sea por su trascendencia o su generalización la modificación constitucional responderá a lo que la Norma Fundamental llama revisión, exigiéndose por tanto para su verificación la utilización del procedimiento agravado establecido en el artículo 168 CE. Además, como resulta de la experiencia tanto de Alemania como de Suiza, el éxito de la reforma depende de su apoyo por los grandes partidos nacionales: debe de haber por tanto convencimiento compartido en el grado más alto posible de la necesidad de reforma y, asimismo, renuncia a utilizar partidistamente el argumento de la modificación constitucional en la confrontación electoral.

En cualquier caso, y aun sin suscribir la tesis de que la Norma Fundamental sea un elemento más del sistema político, cuyas capacidades de estabilidad y cambio poco requieren de la variable constitucional, que claramente es dependiente, no tiene sentido lo que podríamos llamar la idea fáustica de la Constitución: No esperen todo del cambio constitucional nos advirtió el antiguo Presidente de la Confederación Suiza (por cierto una personalidad política extraordinaria, como lo es asimismo el antiguo primer ministro de Sajonia también presente en Altea). Quizás lo correcto es entender la reforma constitucional como la culminación de las correcciones institucionales que el País necesita, como una muestra precisamente de la profundidad de las mismas. Desde este punto de vista es necesario no olvidar que esa rectificación institucional habrá de ser cruenta para ser creible. El modelo de reforma es el llevado a cabo, sin tocar un ápice de la Constitución por cierto, en la Corona: el precio no ha podido ser más alto, pero su dureza es la garantía de su seriedad. Deberían las demás instituciones constitucionales y políticas tomar ejemplo y disponerse a arrostrar drásticos cambios en su seno.

En la reunión se hicieron propuestas concretas de las modificaciones constitucionales aconsejables que, en general, resultaban plausibles. Desde mi punto de vista, por decirlo así, a veces algo exageradas en su orientación germánica. Si se piensa en el Senado modificado mi preferencia es más bien, aun aceptando una cámara alta gubernamentalizada y especializada, la del modelo austriaco. Tampoco estoy de acuerdo con una reforma que venga a prescindir de la técnica de la legislación básica o que acoja la concurrencia material competencial en los términos de la reforma constitucional alemana del 2006. Lo que si me parece obvio es que debe haber reformas en relación con el Título Preliminar de nuestra Ley Suprema que hagan más explicito el reconocimiento constitucional del pluralismo nacional y que ofrezcan un acomodo superior a Cataluña. No puede desecharse la importancia de estas cláusulas constitucionales que, sin incidir sobre las competencias o la posición financiera de los componentes territoriales del Estado, refuerzan la capacidad de integración de la Constitución, que es mucho más que un sistema de gobierno y que contiene los acuerdos de convivencia y los objetivos políticos de la comunidad.

Finalizo realizando dos apuntes marginales. El federalismo es un sistema político que reposa sobre un acuerdo entre los elementos centrífugos y centrípetos que operan en su seno. En la delicada y sabia forma federal se huye de la simplificación de las lógicas soberanistas y se apuesta por el acomodo de la negociación y la compensación. Esencialmente en lo que consiste el federalismo es en la renuncia de las partes territoriales integrantes a la autodeterminación, a cambio del autogobierno propio y la participación en las decisiones comunes; mientras, la federación frena el nacionalismo de Estado y asume el pluralismo en sus símbolos y modelo de legitimación. Así pues federalismo y derecho a decidir, explícito o implícito, no casan.

En segundo lugar me alegró oir, de boca autorizada, que el nacionalismo vasco no pide la independencia. Bien, pero déjenme que señale que es incongruente apostar por el foralismo y reclamar el derecho a decidir. Si Euskadi es, como cree el lehendakari, y yo asumo, una nación foral, la independencia como posibilidad no tiene consideración, pues no hay foralismo, por definición, sin la referencia española, hablemos de la monarquía en el antiguo régimen o el estado constitucional de nuestros días.
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