19 de noviembre de 2019, 22:21:50
Opinion


Rosa Díez, la inmensa minoría

José Antonio Sentís


La política refleja con más precisión que la física el terror a los espacios vacíos. Si la Oposición de su Graciosa Majestad decide perderse por el laberinto, y el Gobierno opta por quedarse en Babia, alguien saldrá de su inmensa minoría para tomar alguna iniciativa. He ahí a Rosa Díez.

No podrá esta valerosa francotiradora hacer un gran programa económico, porque no le serviría de nada imitar la nada que propone Solbes. Ni superará jamás (aunque quisiera, que para eso es de izquierda) la demagogia igualitarista, ni la capacidad de dádivas, subvenciones y cuatrocientoseurismos con el dinero público.

Lo único que podrá, repito, esta inmensa minoría, es rellenar el espacio moral que los grandes partidos dejan desierto. Por ejemplo, la defensa de las víctimas del terrorismo, antaño bandera del PP hasta que decidió disolverse en el centro reformista.

Rosa Díez tiene un partido limitado, pero, por el momento, no se pega tiros en los pies. No necesita exponer un entero programa gubernamental, pero puede recordarnos las ideas básicas que sostienen una Nación. No necesita encuestas, ni arriolas, ni debates ideológicos. Tampoco necesita alianzas de civilizaciones, ni luchar contra crucifijos, ni suspirar por el cambio climático. No tiene que hacer cálculos sobre si el día de mañana tendrá que pactar con el nacionalista que propone un referéndum separatista, con el nacionalista que persigue el castellano, con el nacionalista que da cobertura estratégica al terrorismo.

Puede, todavía, levantar una bandera de dignidad.

Es una voz política, por tanto, más que una voz de partido, que es la voz de quien prefiere quedarse mudo, porque hay que ver cuán abajo han podido llegar los grandes partidos en España, imparablemente encaminados a ser plataformas electorales. Ideológicamente sinuosos como babosas, más mentirosos que la negativa a un trasvase, más oportunistas que un pacto de Estado.

Rosa Díez ha arrancado a los diputados de la visión satisfecha de sus ombligos y ha impulsado el reconocimiento como víctimas del terrorismo a los amenazados, extorsionados y exiliados por la acción de la banda terrorista.

Es algo nuevo, por fin. Ahora, sólo falta el corolario. La consideración de cómplices de aquellos que amparan o consienten la presencia institucional de los terroristas camuflados en partidos inmoralmente legalizados. De aquellos que pactan con los que hacen el casting de las víctimas. De aquellos que consideran hijos pródigos a quienes pintan dianas. De aquellos que no quieren molestar al mundo etarra por si pueden pescar en sus votos, o tal vez negociar algún día un "proceso de paz" electoralmente rentable.

En España, tenemos víctimas, queda claro. Y se ha ampliado la consideración de esta condición agredida. También tenemos verdugos. Ahora sólo falta que alguien señale a los ayudantes de éstos. Y no están lejos. Están en la misma Cámara de Diputados que ayer votó. Y en la Cámara vasca. Y en ayuntamientos y diputaciones.

Dicho directamente: ha habido víctimas del acoso terrorista porque los Gobiernos nacionalistas lo han permitido, pues la estrategia del miedo servía a sus intereses soberanistas. Y sin tener que mancharse las manos. Y porque los gobiernos nacionales siempre prefieren la subvención y la beneficencia con los agredidos, antes que identificar a los responsables de que la agresión persista. Y los tienen delante de las narices.
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