20 de noviembre de 2019, 5:15:52
Opinion

TRIBUNA


Reivindicación de Tánatos

Alfonso Cuenca Miranda


Quien esto escribe es consciente de que el presente artículo corre el riesgo de ser abandonado tras la lectura de sus primeras líneas. Y es que la Muerte es algo que hoy sencillamente, sin mayores complicaciones, se obvia del discurso público, del privado e incluso de los propios pensamientos individuales. Este es un hecho inédito en la Historia humana. Nunca antes se había desterrado la consciencia de nuestro irremisible final, hasta llegar a ser algo de lo que nunca se habla ni piensa. Nunca antes el hombre había vivido tan de espaldas a su realidad.

Muchas son las causas que explican esta amnesia colectiva, ese soslayamiento de lo innombrable. Al respecto se ha subrayado que el declive de la fe religiosa (especialmente en Occidente) estaría detrás del fenómeno descrito. Si bien el peso de ello es indudable, otros factores tienen precedencia en la etiología de la enfermedad referida. Uno de ellos es la difuminación de la individualidad, aplastada por un sistema que, bajo la apariencia de promover la singularidad de cada individuo, pretende y logra en el fondo estandarizarlo a fin de poder servir mejor a sus propósitos (ya sea en el ágora, en el mercado, en el hogar…). La cosificación del ser humano implicaría la ausencia de muerte. La muerte presupone conciencia, y el pensamiento de aquélla, por paradójico que pueda parecer, es el acto más intenso de afirmación de la individualidad.

De otra parte, vivimos en una sociedad en la que sólo aparecen como referentes lo bello, lo sano, lo atractivo en definitiva… Una sociedad en la que el dolor, la miseria, la fealdad, la decadencia o la vejez, no son tenidas en cuenta, simplemente dejadas atrás. Y no digamos ya la muerte. Hemos conseguido arrinconarla, hacerla invisible. Creamos enormes hospitales para no convivir con los que se van y no con el propósito, como suele decirse, de facilitar nuestra vida, sino de no ver en el ocaso de otros nuestro propio destino. De otra parte, los tanatorios se convierten en sitios de muerte rápida, en donde se consume al por mayor y de la manera más breve posible (ese es su fin, lo que se espera de ellos y su valor añadido hoy en día) el adiós a los seres que nos acompañaron. Los tiempos de antaño se acortan, desaparecen.

Lo señalado, aunque en principio pudiera sorprender, es aún más visible (o mejor dicho, más invisible) en las sociedades católicas, habiéndose producido una especie de reacción al extremo contrario, desde el eterno Barroco a la más pasmosa nada.

Con lo afirmado no quiera verse que la reivindicación realizada suponga una exaltación de la “tristesse vitale”. Nada más lejos. La conciencia de nuestra finitud no es incompatible con la admiración y con la alegría en la contemplación del sol cada mañana, más bien lo contrario. Se trata de vindicar la condición humana, ya que la muerte, se quiera o no, es una característica esencial en el Hombre, y no se es completamente tal sin la conciencia de la misma. La sacralidad de la vida, los derechos humanos, las virtudes morales… no se explican sin la referida conciencia. Frente a olvidar la muerte, se trata de normalizarla, de aceptarnos tal como somos.
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