8 de diciembre de 2019, 0:05:05
Opinion

TRIBUNA


Luis Ortega, la vida como aventura

Juan José Solozábal


La vida de uno depende, sin duda, del esfuerzo, también de las propias capacidades y talentos, o de la habilidad en aminorar nuestros defectos y debilidades. Pero depende en gran manera de la fortuna o suerte de encontrarnos en una circunstancia determinada, y sobre todo, de vernos acompañados por algunas personas con cuya asistencia, afecto o beneficiosa influencia, nos hemos visto favorecidos, sin haber hecho nada por nuestra parte, que se nos ha dado por añadidura como regalo gratuito y maravilloso, como casualidad feliz. Para mí es el caso de Luis Ortega a quien he querido y admirado prácticamente desde que le conocí en las aulas de la Facultad de Derecho de la Complutense a finales de los setenta, con quien coincidí durante varios cursos en la Facultad de Derecho de Albacete y con quien he colaborado en tantas empresas políticas y académicas hasta el día desgraciado de su muerte, y del que jamás he discrepado, anudado a él en una sintonía perfecta, fundada en una comunidad espiritual, ideológica y ética, sin fisuras.

Debemos, en primer lugar, hacer justicia a su obra, llevada a cabo con rigor, constancia y sin tregua. En qué pocos sectores del derecho público no está impresa la huella que Luis ha dejado, desde su temprana tesis doctoral sobre los derechos de los funcionarios, más su contribuación con reconocidos estudios al derecho local y ambiental, o las consecuencias para nuestro ordenamiento de la entrada en la Unión Europea, o la descentralización. Guardo con cariño una monografía a dos voces que escribimos sobre las leyes de bases y pervive en mi su intervención en unas jornadas que organicé con la Fundación Pablo Iglesias en Sigüenza. Sus trabajos eran prolongados a través de sus discípulos, cuya formación asumía, según los estandares propios de la escuela del maestro García de Enterria, y también señaladamente de Jesús Leguina, con plena responsabilidad, y completados por una actividad sin descanso mediante la organización y participación en toda suerte de congresos y seminarios, en España y en el extranjero, principalmente en Italia, en cuya universidad finalizó su formación académica.

La significación de Luis Ortega, de otro lado, es inseparable de dos empresas a las que hizo objeto de un cuidado permanente. Me refiero a la Universidad de Castilla La Mancha y aun la propia Comunidad Autónoma. Quiero destacar que la opción por su parte a la dedicación universitaria era especialmente valiosa, pues Luis no era un caso de lo que, según Nicolás Ramiro afirmaba, sucedía a bastantes académicos, que estaban en la Universidad porque no tenían donde ir. En efecto el profesor Luis Ortega no necesitó atarse a ningún mástil, aunque no le faltaran otras solicitudes, para dedicarse en alma y vida a la Universidad de Castilla la Mancha, en cuyas posibilidades académicas siempre creyó, como lo hizo con la contribución de la Universidad al desarrollo de la región, convalidando una idea de la descentralización política no identitaria, sino democrática y funcional, que Luis encarnó como nadie. Si alguien ha creido en el Estado de las Autonomías y se ha dedicado a su aseguramiento y establecimiento no sólo en el terreno de las ideas, con su poderosa inteligencia y brillantez, sino en el plano institucional concreto, esa persona ha sido Luis Ortega. Luis fue Vicerrector de la Universidad, contribuyendo a su consolidación y despliegue, lo que implicaba tomar decisiones o llegar a acuerdos con diversas instituciones, para lo que su dominio de las técnicas de actuación pública, que él dispensaba como administrativista, era capital; y su labor de asesoramiento, así sin ir mas lejos en relación con la elaboración del nuevo Estatuto de Autonomía, de cuyo texto original había dirigido un Comentario, ha sido continua e imprescindible.

La actividad pública de Luis Ortega culminó con su entrada en el Tribunal Constitucional, en cuya obra jurisprudencial ha dejado una relevante impronta, defendiendo la apertura valorativa y territorial de nuestro orden constitucional, que se percibe, además de en su contribución a las decisiones mayoritarias del Tribunal, en sus opiniones discrepantes, formulando con agudeza los correspondientes votos particulares; y no se entiende sin referirnos a su posición ideológica y a las raices espirituales de su propia conducta.

Luis Ortega era socialista, y en esa condición formó parte muy joven del gabinete de Presidencia al llegar Felipe González al poder: valoró siempre muy altamente su experiencia en la Moncloa y se sintió orgulloso de haber contribuido al impulso de modernización y reducción de la desigualdad y el atraso, que, a su juicio, supuso el paso del socialismo español por el gobierno. La opinión de Luis, formulada desde unos estándares de conocimiento y lealtad, pero también desde la completa libertad de criterio, fue siempre muy apreciada en el partido.

Luis fue un intelectual de nota, lector de gusto indudable, él mismo poeta y dibujante excelente, una persona que contagiaba su entusiasmo vital, aunque tenía una retranca soriana que le mantenía también pegado al suelo: no se perdía así en ningún sitio, ni siquiera en la Corte de Madrid, “emporio de la confusión y nido de los enredos”, según Galdós. Su padre era secretario municipal; y al mío, que también lo era, le había oído comentar con admiración en Ollauri cómo los funcionarios sorianos acaparaban ese oficio en muchos Ayuntamientos de la Rioja. Luis solía rememorar la ocasión en que asistimos al estreno de Amanece que no es poco en Albacete, una noche en que nos encontramos con doce bajo cero al salir del cine al lado del Gran Hotel, que había sido la sede de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil. Había bautizado a la Facultad, con coña, como “Harvardcity” y cuando le invitaba a partipar en Cuadernos siempre decía que creía que la denominación de la revista era Cuadernos de álzate, fingiendo no saber la procedencia barojiana del rótulo, que para nada ignoraba: él mismo gustaba veranear en Zarauz y yo recuerdo haberle visitado ahí con Maite y sus niños. Entre los ratos más agradables de mi estancia en la universidad manchega estaban los del regreso a Madrid, los jueves, en un tren procedente de Levante que tardaba sus buenas tres horas, contando cosas de su vida, especialmente su permanencia en los Estados Unidos en el COU, con, decía, su otra familia, que realmente le marcó, y consumiendo nuestras cervezas con bocadillos. Llegábamos a Atocha algo ofuscados, torpes para coger el cercanías que nos dejaba en casa, a él en Las Rozas, y antes, a mí, en Majadahonda. Luis, al que jamás le oí hablar mal de nadie, era inasequible a la vacilación o al desistimiento, alguien con una inefable chispa, si se puede llamar así al encanto o la gracia de que se encontraba tocado, con una maquinaria espiritual irrefrenable y animosa. Creo además que, como le ocurría a Iñaki Uriarte, ellas decían de él que le sentaban las camisas como a nadie.

¿Cuál era el secreto de la fuerza que irradiaba? Luis participó, entre otros con Luis Arroyo y yo mismo, en un ciclo de conferencias sobre el Quijote que se impartieron en la Facultad de Derecho de Albacete, publicadas en el 2006 con el título Visiones del Quijote. La intervención de Luis Ortega se titulaba “La aventura como idea de libertad” y ahí desarrollaba la tesis de don Quijote como adelantado de la idea moderna de la libertad, que no era posible sin la convicción de su posibilidad, como decisión que, contra las trabas del régimen viejo, dependía del arbitrio de cada cual, y que había de asumirse porque la libertad es la condición de la alegría, que hace la existencia digna de vivirse y verdaderamente humana. La vida, creía Luis como don Quijote, no es repetición y subordinación a lo establecido, sino libertad y porvenir. Desde la modernidad la condición del hombre no consiste en atenerse al orden recibido, como si quedásemos vinculados necesariamente a un pasado, a una naturaleza, a un género o a una cultura. La vida, por el contrario, es aventura que, decía Luis, “nos lleva directamente al corazón más humano, al corazón del deseo y de la búsqueda de todo lo que es posible alcanzar”. Así, rendido a este ideal de libertad, vivió y quiso morir Luis Ortega, y yo, agradecido de haberlo podido presenciar, lo reconozco.

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