12 de noviembre de 2019, 0:10:15
Opinion

POCO A POCO


El arma (no tan) secreta de ISIS

Borja M. Herraiz


En poco más de un año, apenas un centenar de mercenarios, algunos rebotados de la sucursal de Al Qaeda en Siria, Jabhat Al Nusra, y otros exiliados del Ejército iraquí de Sadam Hussein, han logrado que el miedo, el pánico y la psicosis terrorista se acomode en las mentes de medio mundo.

A este pequeño contingente, que en un inicio no aspiraba más que a controlar su pequeña parcela de caos en Oriente Próximo, se le han ido sumando, al calor de sus meteóricas victorias en Siria e Iraq y a la complacencia de regímenes afines o interesados (desde Arabia Saudí a Turquía pasando por algunas monarquías del Golfo), decenas de miles de milicianos provenientes de un sinfín de países. Este auge ha hecho que la bola de nieve creciera y creciera hasta poco más o menos hacernos creer que el apocalipsis yihadista, en forma de Califato, era algo inminente.

Sin embargo, los ataques aéreos rusos y franceses de los últimos días, que se suman a los ineficaces e insuficientes bombardeos de la coalición apadrinada por Estados Unidos, han puesto de manifiesto que en el terreno militar no hay, ni lo ha habido nunca, color. Y es que en la estrategia bélica del siglo XXI, no creo que haya un solo manual de ninguna academia militar del mundo que apueste por la victoria de un bando que no cuente con la posibilidad de atacar desde el aire, como es el caso de Estado Islámico.

Los entre 30.000 y 40.000 efectivos con los que cuenta Al Baghdadi se quedan en polvo frente al potencial militar de los grandes pesos pesados (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia...), que cuentan en su haber con buques de guerra, misiles intercontinentales, fuerzas especiales, satélites espía, batallones mecanizados, millones de soldados profesionales... Otra cosa es que se haya demostrado una voluntad real por acabar con el ISIS, que está claro que no.

La semana pasada visitaba nuestro país uno de los mayores expertos del mundo en yihadismo, Alberto M. Fernández, exalto cargo del Departamento de Estado de Estados Unidos y actual vicepresidente del Instituto de Investigación sobre Medios en Oriente Medio (MEMRI). Charlando, él sostenía que el poder real de Estado Islámico es muy frágil y que está siempre supeditado al apoyo civil que tiene en la zona, en especial en Iraq, donde un 40 por ciento de la población es de confesión suní.

Por contra, el excoordinador de Comunicaciones Estratégicas contra el Terrorismo de la Casa Blanca apuntaba que la verdadera fortaleza de ISIS reside en las ideas y en su poder de adhesión emocional. No le falta razón. La yihad no es sólo un movimiento militar, sino que es a su vez una corriente ideológica de un poder tremendo y que ha sido subestimado una y otra vez desde Occidente.

Se puede ganar a Estado Islámico a base de bombardeos, se le puede hacer retroceder a sus feudos perdidos de la mano de Dios e incluso se le puede derrotar por completo sobre el terreno, pero mientras no se ataje su poder de convocatoria, hasta que no se erradique su mensaje cautivador, la tentación de formar parte del yihadismo estará ahí y Occidente tendrá una herida abierta y sangrante.

Al contrario de lo que el imaginario popular cree, sobre todo por culpa de los sádicos vídeos de ejecuciones y torturas que circulan por la red, la mayoría de la propaganda que Estado Islámico lanza al mundo es de construcción, no de destrucción. Estos mensajes llenos de esperanza y de promesas no son casuales, pues buscan ganar adeptos entre los millones de musulmanes sensibilizados a su causa y que, por un motivo u otro, consideran que la forma de vivir occidental, decadente y pecaminosa a su enfermizo entender, no es para ellos.

El gran éxito de ISIS, y es donde realmente le ha pasado por la derecha a organizaciones como Al Qaeda, es que ha sabido venderse a millares de jóvenes de todo el mundo en una operación de marketing global digna de admiración, por doloroso que sea reconocerlo. La organización de Al Baghdadi ha comprendido mejor que nadie hasta ahora que las ideas son más difíciles de aniquilar que las personas.

¿Cuándo Al Qaeda dejó de infundirnos tanto miedo? Cuando dejó de ser un equipo ganador para pasar a ser un mero segundón. La red del difunto Bin Laden, ahora dirigida por el egipcio Ayman Al Zawahiri, ha caído en el ostracismo cuando los radicales han tenido un sello más nuevo, más reluciente y más atractivo. No porque se le haya derrotado sobre el terreno, pues su falso declive responde más a un trasvase de fuerzas hacia ISIS que a una extinción de sus capacidades.

Hasta hace no mucho, Estados Unidos e Israel, dos de los países más comprometidos en la lucha contra el yihadismo global, no sumaban ni medio centenar de profesionales encargados de contraprogramar estos mensajes. ¡¡Menos de cincuenta personas contra miles de voluntarios radicales que conforman un verdadero ejército digital!! Es una batalla de David contra Goliath donde los poderosos son ellos.

Mientras Occidente no caiga en que esta guerra no sólo se gana con las armas, sino también con los mensajes, no habrá nada que hacer. Mientras no le ofrezcamos a todos esos candidatos a la guerra santa una alternativa real al islam de sangre y odio, hasta que no se afronte el ‘ciber-salafismo’ cool como una trinchera más de este combate que se libra contra el terrorismo, estaremos con las dos manos atadas a la espalda, pues su mensaje sobrevivirá a cualquier bombardeo o asedio y seguirá reclutando yihadistas entre las generaciones venideras.

Estado Islámico no es el problema, sino parte de un problema mayor. El islamismo radical resulta ser una hidra a la que le cortas una cabeza y le sale otra, si no más. Ayer era Al Qaeda, hoy es ISIS, mañana serán otras siglas. Hay que atacar el corazón del monstruo, el espíritu que lo promueve y lo alimenta, no sólo su cascarón. Ésa es la gran solución.

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