18 de noviembre de 2019, 20:09:15
Opinion

TRIBUNA


Seguros, libres y pacíficos

Raúl Mayoral


Los utópicos de hoy, infectados de buenismo resentido y de pacifismo adulterado, creen que las sociedades democráticas carecen de enemigos y que las instituciones dedicadas en ellas a la seguridad (Ejército, Policía, o mecanismos de excepción y de alarma), no solo acarrean gastos superfluos, sino que además son estructuras opuestas a la libertad. Estos ñoños no admiten el establecimiento de controles ya que, en su opinión, coartan y cercenan derechos. Semejante argucia es tributaria de la “vulgata marxista” propagada en el Occidente libre durante la Guerra fría. Por entonces, los voceros de los soviets sabían que el mejor camino hacia la tiranía es el desenfreno en el uso de las libertades. De ahí que la izquierda totalitaria siempre ha deseado la libertad como antesala indispensable de la dictadura que implanta una vez toma el poder. Y así, los individuos libres duran lo que las rosas: una mañana.

En tiempos de los dos bloques, y aprovechando los puntos débiles de las democracias, los partidos comunistas fueron auténticos caballos de Troya que penetraron sutilmente dentro de ciudadelas enemigas. Sirviéndose de primitivos gobiernos democráticos de coalición, llegaron en la posguerra mundial a una situación de monopolio ideológico a través de un sangriento camino de escándalos, defenestraciones, eliminaciones criminales y elecciones amañadas. Utilizaron a su antojo los sistemas electorales como una ruta amplia y despejada al no poder escalar el monte por el atajo expeditivo de la revolución. El comunismo nunca ha sabido ni ha querido convivir democráticamente. Sabe sí disfrazarse, y ésa ha sido su principal habilidad. Hoy su disfraz es el populismo. Venezuela sigue el manual al dictado.

Ante la actual amenaza terrorista, la izquierda radical con todos sus “ismos” se afana por presentar como opciones incompatibles libertad y seguridad. Decía Karl Popper en La sociedad abierta que es preciso garantizar ambas. En efecto, nada hay de contraposición entre ellas. Debemos, pues, reivindicar la seguridad y la defensa como elementos indispensables para conseguir sociedades y ciudadanos libres. Incluso, en ocasiones las armas pueden ser también heraldos de paz. Lo que legitima y acredita a un Estado democrático es su capacidad de hacer cumplir la ley y de mantener la seguridad física de sus nacionales. Solo así se logra disfrutar de los derechos humanos y de una paz genuina.

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