28 de enero de 2020, 22:08:38
Opinion

MACGUFFIN


¿Existe la nueva política?

Laura Crespo


Pablo Iglesias terminó este lunes el debate a tres organizado por el diario El País con esta frase: “No vengo a pedir el voto, eso es vieja política”. Pero Pablo no nos engaña. Claro que pidió el voto. Quiere llegar a la Moncloa. Igual que Pedro (Sánchez). Igual que Albert (Rivera). Como Rajoy (Mariano), que ni siquiera fue a decirlo junto a los otros tres candidatos porque, total, de sobra se sabe. ¿Para qué insistir? Sin desmerecer algunos cambios significativos, de eso va fundamentalmente la cosa. Y eso que lo del lunes pretendía ser la máxima expresión de lo que durante el último año se ha venido a llamar ‘nueva política’. De alguna manera lo fue. En la forma, por ejemplo. La cuestión de fondo no es tan rompedora.

El de El País fue el primer debate entre candidatos retransmitido por ‘streaming’. También era el primero en que había más de dos candidatos a la Presidencia del Gobierno –una lástima que Rajoy declinara la invitación-. Sánchez, Rivera e Iglesias vistieron de una manera más desenfadada que sus antecesores en los ‘cara a cara’ previos a unas generales. Y, por supuesto, el lenguaje también se pegó más a la calle: todos tuteándose -¿puede que algún día echemos de menos el ‘mire usted’?-; todos usando el nombre de pila –“Pablo” por aquí; “Albert” por allá; “Pedro” esto o lo otro-; todos con un tono de camaradería en superficie y pura tensión bajo la primera y fina capa. Y, sin embargo, los discursos de los candidatos fueron los mismos que cada uno había repetido una y mil veces en sus mítines y actos públicos por separado. Con interrupciones y réplicas que sirvieron para ganar en ritmo y poco más. Es como si a las palabras del otro respondieran tapándose los oídos. “Habla chucho que no te escucho”. Y repitieran su sainete. Porque reconocer argumentos razonables en el contrincante se lee hoy como símbolo de debilidad, en lugar de razón, voluntad de diálogo y humildad.

Está claro que hay una nueva manera de hacer política. Lo han demostrado los candidatos al 20D en espacios televisivos hasta hace poco inimaginables para los políticos, desempeñando roles poco comunes en los líderes de los partidos españoles. Pero la esencia viene a ser muy parecida a la de siempre, y así lo demuestra el objetivo de los debates electorales: medir fuerzas y quedar por encima del otro para conseguir una suerte de ‘pole’ de cara a las urnas. ¿Sería muy descabellado plantear que un debate electoral sirviera también para acercar posiciones? ¿Para debatir –esa es la palabra- sobre soluciones a problemas que importan a todos?

Que cuatro partidos políticos estén, por primera vez en la historia de la democracia española, disputándose el grueso de los votos significa que los ciudadanos de nuestro país están más dispersos políticamente que nunca. Y ya no vale el esquema Gobierno-oposición. Porque el Gobierno necesitará, a la luz de las encuestas, un acuerdo entre grupos y la oposición tampoco estará liderada por un partido en solitario. Es vital, por tanto, construir vías comunes y rescatar el concepto más puro de democracia: el de representantes de los ciudadanos que se sientan a gestionar el país en su nombre. Y el respeto a la diversidad dentro de un conjunto, argumento con el que el lunes se les llenó la boca a los candidatos, es aquí tan válido como cuando se habla de Cataluña. Aunque el asunto catalán haya colapsado la política de los últimos meses, el proceso independentista no es lo único –ni siquiera, creo, lo más importante- en lo que hay que ponerse de acuerdo. La democracia moderna no debe consistir en que una mitad del país pase una temporada medio contenta y después le toque a la otra. Eso se llamó, en su día, turnismo. Se trata de vocación real de servicio público, de trabajar honestamente para la ciudadanía, para representar a un grupo de individuos sin olvidar que el de enfrente representa a otros, igual de importantes, igual de ciudadanos, igual de españoles. Debate real es lo que necesitamos. Nueva política.

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