25 de mayo de 2020, 4:08:15
Opinión

TRIBUNA


Ortega y el resentimiento de los intelectuales

José Manuel Cuenca Toribio


Cualquier fecha o acontecimiento son ocasionados a renovar el exvoto de admiración y reivindicar el permanente magisterio del pensamiento orteguiano. El recuerdo de los sesenta años de su muerte es, de otra parte, especialmente oportuno para reflexionar, a la luz diáfana de sus escritos, sobre un tema de singular relevancia en la andadura de la contemporaneidadeuropea, y vuelto hoy a emerger con irrefrenable fuerza en el panorama español.

Los más devotos entre sus discípulos se muestran unánimes y reiterados en difundir una exclamación expresada con insistencia por el gran maestro en charlas y conversaciones informales acerca de la potencia de la inclinación destructora de los intelectuales resentidos, a los que el autor de La rebelión de las masas otorgaba una ilimitada capacidad y proclividad para la invención de los argumentos más peregrinos contra la realidad y los conceptos más absurdos y devastadores de la normalidad social y la lógica filosófica. Testigo y observador buido de su tiempo, Ortega captó plenamente el papel axial representado por algunos intelectuales en la oleada revolucionaria del primer tercio del siglo XX; y enfocó su poderosa mente al análisis de un fenómeno al que no encuadraba tan solo en el gran escenario de la historia, sino también, como queda dicho, en las “plazuelas” y en la vida cuotidiana del hombre de su tiempo.

Sus afanes convergían así, una vez concluida la primera guerra mundial, con los de otros eminentes ensayistas e historiadores occidentales, interesados en analizar los mecanismos esenciales de las grandes transformaciones de toda índole aparejadas por la coyuntura posbélica, revestidas a sus ojos de auténticos caracteres revolucionarios. En el tajo meditador, no estaban solos los pensadores reaccionarios, encontrándose acompañados en sus estudios sobre la génesis y anatomía de las revoluciones por otros muchos de carácter más abierto y liberal. La conquista del poder por los soviets, con su absorbente contenido social, completaba el corpus a la vez que el ciclo revolucionario y alzaba el hecho a la categoría de sustancial e insoslayable para la disección de las sociedades contemporáneas.

Ortega, en el ápice de su liderazgo doctrinal hispanoamericano, aceptó, por supuesto, el desafío, y acrecentó sin pausa las páginas de su obra dedicadas a su reflexión. Por fortuna, a mediados de la centuria pasada varios de los más sagaces glosadores de la bibliografía orteguiana continuaron profundizando en cuestión siempre tan trascendente como vendrían ahora a ratificarlo los respectivos triunfos de las revoluciones china y castrista. Justamente en el centro académico e intelectual –la Facultad de Ciencias Políticas madrileña- más destacado en el cultivo de dicha temática surgirían, una vez asentada la democracia instaurada tras la desaparición del franquismo, los sectores juveniles más hostiles al “Sistema” implantado con la Constitución de 1978. En pos de la egregia figura orteguiana, son hoy no pocos los comentaristas de la actualidad nacional que creen ver en los líderes de los movimientos sociales que sacuden indesmayablemente las aguas de la actualidad una actitud movida en ancha medida por el resentimiento contra las elites del nuevo Establishment, perpetuadores, en su óptica, de los defectos más repudiables de la oligarquía de la dictadura.

El diagnóstico no es, desde luego, de asentimiento obligatorio. Con matices que, probablemente, desfigurarían su verdadera entidad, cabría quizá confirmarlo en varias facetas de importancia, aunque siempre a título muy falible. En la incertidumbre, tal vez sea la receta más adecuada y por descontado nunca dañina o errónea el retornar a la lectura incesable del autor de El hombre y la gente, presa, a las veces, de burocratizados escoliastas.

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