15 de diciembre de 2019, 23:51:02
Opinion

TRIBUNA


Liberalismo de salón

Natalia K. Denisova


Asistí a una conferencia del Secretario de Estado de Cultura de España sobre el origen, desarrollo y actualidad del liberalismo. Me dejó asombrada el profundo conocimiento del liberalismo sajón de este político, pero me dejó perpleja el absoluto desconocimiento del pensamiento español. El 19 de noviembre, en el marco del I Foro Liberal de la Asociación Estudios de Axiología, José María Lassalle presentó su ponencia dedicada al pensamiento liberal, su origen y desarrollo a lo largo de la historia. Como un consumado liberal del PP, no pudo dejar pasar la ocasión para darle una pulla a Rivera, el líder de Ciudadanos, a quien descalificó por ejercer un liderazgo “cesarismo bonapartista" de corte posmoderno. La coyuntura política, cada vez más agitada, hizo al señor Lassalle repetir estos términos en la entrevista que le hicieron en el diario El Mundo (28.11.2015). Mas no nos interesa aquí hablar de lo perecedero, de las ideas que surgen de las circunstancias políticas, sino a desgranar las raíces del liberalismo, según el político del PP. Una tarea nada baladí, si hablamos de un intelectual como Lassalle, quien además desempeña el cargo del Secretario de Estado de Cultura, cuya principal obligación debería ser “promocionar, proteger y difundir el patrimonio histórico cultural español”.

Sin embargo, los “sólidos asideros intelectuales” del señor Lassalle no están en la tradición española sino en la británica. Lassalle sitúa la cuna del liberalismo en la Inglaterra del XVII, más concretamente en las décadas 80-90, marcadas por las guerras religiosas. Esta circunstancia histórica hace de la tolerancia un concepto básico que, a su vez, “recupera” el concepto de la libertad, cuyas raíces se pierden en los tiempos del imperio romano. Se equivoca, según Lasalle, quien cree que el liberalismo nació de la economía, porque procede del ámbito de la moral y la religión. He aquí la aportación del gran pensador John Locke, quien escribe en contra del intento restaurar el catolicismo en Inglaterra: La Carta sobre la tolerancia y Dos Tratados del gobierno civil cuyo objetivo era impedir el gobierno de los católicos. Lassalle las señala como obras revolucionarias, políticas por excelencia; aparte de esto, y sin entrar en detalles, mencionamos que en Locke aparece la personalización de la propiedad y del valor que tiene la propiedad como derecho esencial, base del pensamiento liberal. La primera revolución liberal, 1688, es el principio de la monarquía parlamentaria, de la separación de poderes y de otros conceptos tan conocidos hoy día que salieron de Inglaterra y la escuela escocesa para dejar su huella en la revolución francesa y formar parte de las lecturas de Olavide, Jovellanos y Quintana. Las ideas clave, subrayó Lassalle, del pensamiento liberal nacen para salvaguardar al hombre en su capacidad para poder articular su identidad como sujeto moral responsable de sus acciones, desde la idea de Dios hasta su relación con el mundo real, a través del trabajo y la propiedad. La protección institucional frente del Estado y de todo lo que impida al hombre libre en su derecho a decidir como responder de su libertad. Ahí está la entraña del pensamiento liberal porque tiene una dimensión profundamente moral, porque en el fondo es una secularización del pensamiento calvinista.

Sin entrar en el análisis de la situación política de Inglaterra del siglo XVII, que distaba mucho de ser un reino de derechos y libertades, prestemos atención a lo que sucedía en el pensamiento español de la misma centuria o la anterior. A nadie debe sorprender que el liberalismo como la defensa de un individuo del Estado, aparezca precisamente en Inglaterra, donde el monarca se proclamaba el representante directo de Dios y lo que quería el rey era ostentar la voluntad divina. Tampoco debe causar sorpresa que en los reinos de España, ni siquiera Felipe II llegaba a afirmar algo parecido. La razón es simple: se lo impedía la teoría del tiranicidio, desarrollada durante el XVI por el jesuita Suárez llegó a su apogeo en la obra del padre Mariana, que circulaba por la Península, pero fue quemada por la Inquisición parisina por los capítulos VI-VIII donde se indaga si es lícito matar al tirano, si es lícito envenenarle, y si el poder del rey es menor que el de la república. La respuesta al primer y último punto fue afirmativa. La idea ampliamente aceptada no era otra que la soberanía emana del pueblo. Pocos, si hubo algunos no gozaban de mucho prestigio, fueron los teólogos o escolásticos españoles que teorizasen lo contrario. Y si a alguien todavía le seduce el carácter “revolucionario” de los tratados políticos de Locke, que consulte al jesuita P. Agustín de Castro, que en 1634, se pregunta: ¿Es mejor algún gobierno que ninguno? ¿Es mejor el gobierno democrático que el monárquico y aristocrático? ¿Es más conveniente la monarquía electiva que la hereditaria? ¿Es lícito excluir a las hembras de la sucesión del trono?

No es de maravillarse que se teorice sobre la libertad de culto en el país, Inglaterra, donde precisamente la religión causaba las mayores discordias y hasta matanzas. Consulten la historia de la Irlanda católica. Y consulten los archivos de la temible Inquisición. La cantidad de víctimas mortales de las purgas inglesas sólo en un mes supera los siglos del funcionamiento del Tribunal. La idea de Lassalle que atrae más atención es asociar la aparición del pensamiento liberal con el calvinismo secularizado. No compartirían esta visión, el cardenal Sadoleto que se opuso a Calvino, ni Ginés de Sepúlveda que redactó De fato et libero arbitrio que defendía la libertad frente a la fatalidad protestante. ¡Qué decir de Miguel de Villanueva, mejor conocido como Servet, que se opuso abiertamente a las ideas de Calvino y acabó en la hoguera! En las cartas de Calvino a Servet vemos el rechazo del libre albedrío tan arraigado en el pensamiento católico: “Hablas de actos libres, como si en tu sistema pudiera haber alguno; como si fuera posible elegir libremente, cuando Dios lo hace todo en nosotros. […] ¿Qué absurdo es ese que llamas necesidad libre?” ¿Qué tipo de liberalismo puede engendrar este pensamiento?

Pasemos, ahora, a la idea de la propiedad privada, formulada, según Lassalle, por primera vez por Locke. La propiedad privada, el comercio y el negocio deben su desarrollo a todos los países, menos a España, donde fueron ahogados por el catolicismo intransigente durante varios siglos. Éste es un tópico asimilado y repetido hasta la saciedad. Humo. ¿Quién me dará entonces una explicación razonable de que Martín de Azpilcueta y Tomás de Mercado ya hubieran formulado la teoría cuantitativa del dinero dos siglos antes que Smith y la escuela de la economía clásica del XVIII? Aparte de las obras teóricas como las de los autores citados, merece la pena recordar los centros de negocio y comercio españoles como las Lonjas, que surgen desde el siglo XIV, y las ferias, por ejemplo, la de Medina de Campo, patria original de todos los banqueros del mundo. Y para cerrar esta cuestión recordemos qué pensaba de la propiedad privada en el XVI un autor español. Elegimos el ejemplo que más dudas suscitó entre los juristas de aquella época: ¿si se puede o no arrebatar los bienes de los indios, paganos y antropófagos? Francisco de Vitoria, apoyándose en Santo Tomás, declaró: “La infidelidad no es impedimento para ser verdadero dueño” y prosigue: “parece también de derecho de gentes que los extranjeros puedan ejercer el comercio, pero sin daño de los ciudadanos” y la ley que lo prohibiera sería irracional (Relectio De Indis). Además, en Vitoria y sus antecesores aparece un procedimiento jurídico de la restitución aplicado a los indígenas del Nuevo Mundo: los españoles fueron obligados a devolver los bienes arrebatados ilegalmente o restituir los daños causados por la guerra injusta.

En fin, las tres supuestas novedades que destaca Lassalle sobre el liberalismo son discutibles. En efecto, son ampliamente discutidas sus tres tesis, a saber, que el liberalismo surge en el ámbito moral que no el económico, que muy probablemente la palabra “liberal” no surgió en España, sino en Inglaterra, y, finalmente, que el pensamiento liberal procede de la moral calvinista secularizada. En otras palabras, Lassalle vuelve a caer en el tópico de que no existe pensamiento español. Persiste en los cauces decimonónicos que proclamaban nula cualquier actividad intelectual de España. La ausencia de la filosofía española y del pensamiento español es lo único en que están de acuerdo las numerosas y, a veces antagónicas, corrientes políticas y falsamente filosóficas de la España actual. Es común entre los intelectuales desconocer el pensamiento político y económico de la España de siglo de Oro. No obstante, el problema más grave de estos “intelectuales” es insistir en el desprecio de los libros que nunca han leído y buscar en incompletos tratados extranjeros lo que muy completo tienen en España. Nadie investiga si hay algo aprovechable en la inmensa obra filosófica elaborada por tantas generaciones. Nadie se atreve a leerlos y comparar con los autores extranjeros aunque sea sólo para demostrar el presunto dogmatismo y retraso de los pensadores españoles. Con parecidos “defensores” de la cultura española, sobran los adversarios. Pues, dicho brevemente, ahí se sitúa la políticamente correcta visión del liberalismo del Secretario de Estado de Cultura de España.

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