15 de diciembre de 2019, 10:06:15
Opinion

TRIBUNA


Un ménage a cuatro

Juan José Vijuesca


Parece que 11,5 millones de votantes tienen más de 60 años. Nada que no sea pura estadística si no fuera por la fecha tan señalada como lo puede ser el próximo día 20D. Ya lo veremos. Ahora bien, del debate decisivo o reality show, como prefieran, dejo en manos de los forenses el análisis político y el placer de diseccionar a los cuatro cadáveres expuestos sobre la tarima flotante en una anodina representación de ciertos actores en busca de autor.

Vamos a lo que interesa de verdad. El censo electoral es de 36,5 millones de personas, de manera que aplicando la cordura matemática resulta que un 31,5% del total serían los que pasando de los 60 años estaríamos en disposición de tutearnos con las urnas bajo el auspicio de la madurez o la presunción de la experiencia, no porque los más jóvenes carezcan de savia en su intelecto, nada de eso, es que el susodicho porcentaje de los 60 para arriba está en manos de jubilados o pensionistas en ciernes, y claro, esta horquilla se me antoja como la representada por el voto de la ciencia exacta.

Para el resto del electorado, con una juventud desbordante y vitalista, es necesario que la óptica sea otra bien diferente. Ellos, los que están por debajo del umbral de los 60, aún andan lejos de cualquier concordato alrededor de pensiones y demás haberes pasivos. Por eso, la fragmentación del voto siempre ha sido y lo seguirá siendo en función de las dádivas que los políticos quieran darnos en el reparto de promesas. Y si de oblaciones tratamos conviene recordar la sinceridad que tuvo el dirigente socialista Enrique Tierno Galván cuando dijo aquello de que los programas electorales se hacen para no ser después cumplidos.

O sea, siendo sinceros, las loas que se gastan los candidatos en campaña electoral, ya sea a base de debates en su casa o en la mía, francachelas en mangas de camisa, visitas a los mercados de abastos con selfies a pie de salmonetes, lenguados, costillas adobadas o pollos de corral; sin olvidar los besamanos, los besuqueos, los apretones de fervor o la degustación de polvorones en fábrica, pues resulta tan fuera de lugar como si en los carnavales de Rio de Janeiro, en pleno sambodromo, en vez de desfilar las escuelas de samba, lo hiciera Isabel Pantoja cantando “Marinero de luces” Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Pero claro, el cinismo de los vendedores de humo es propiedad intelectual de quienes desprecian a los votantes.

Y a medida que nos aproximamos a las urnas llegan los sondeos, las mareantes apuestas, vaticinios, magia negra, adulterios y demás juegos de consistorios que preconizan alianzas o secretos de alcoba (políticamente hablando) e incluso hay quienes tratan de atemperar el orden mental del 41,6% de los indecisos para enredar con extraños sortilegios, si antes no hay un Prestige de última hora que venga a rematar la faena de aliño. Nada que no sepamos. Por eso, cuando votar representa hacerlo con la edad más que con la vehemencia ideológica, es importante no dejarse llevar ni por debates televisivos, -en donde hasta el vaso de agua mide la sed del poder-, ni con programas de compromiso que, como todo buen contrato de servicios, lo único que vale a la hora de la verdad es la letra pequeña de doble moral.

Insisto en que lo de votar es un acto tan necesario como pecaminoso pudiera resultar el no hacerlo por aquello de los efectos secundarios en conciencia; ahora bien, si para muchos el voto representa el futuro de las pensiones, para otros ha de serlo como medio de subsistencia, es decir, alcanzar un modélico país al estilo de Shangri-La, ya saben, aquel lugar ficticio descrito en la novela de James Hilton bajo el título de Horizontes Perdidos.

Todo es mejorable, por supuesto, y las urnas están para corregir, premiar o castigar a los comendadores que se debaten entre sí como samuráis de la ficción, sabedores de que al otro lado de las cámaras estamos los paganos de la causa. Y así, una vez más, apagadas las candilejas de la escena, volverán las oscuras golondrinas para que sigamos piándolas por incapaces de resolver el sudoku de cada programa electoral; de tal manera que si voto al PP –por poner un ejemplo- y este gana las elecciones pero no consigue la mayoría, resulta que C’s puede pactar con el PSOE, pero Podemos piensa que nadie mejor que ellos para unirse a C’s en lugar de ser el PSOE, pero miren ustedes por donde que C’s le hace un guiño al PP y vuelta a empezar. Y así, en este juego de contrapesos, uno se pregunta para qué puñetas sirve tanto debate decisivo, tanto voto y tanta zarandaja si al final mi sufragio será un voto al portador canjeable por este o aquél pacto por obra y gracia de un simple ménage a cuatro.
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