21 de septiembre de 2021, 7:10:28
Opinión

ENTRE ADOQUINES


Sánchez y su estrategia contra Podemos

Alicia Huerta


Las últimas encuestas que han podido publicarse de acuerdo con la ley electoral aseguran, casi por unanimidad, que más del 40 por ciento de los españoles está pensándose aún a quien votar para que lleve las riendas del país durante los próximos cuatro años. Un porcentaje difícil de creer, que parece corresponder en buena parte a una de esas respuestas tipo “a usted qué demonios le importa”. En todo caso, que hay indecisos no lo pongo en duda. Los hay. Los ha habido siempre, de manera que en esta ocasión, con aparentemente “tanto” donde escoger, es lógico que florezcan más que nunca. Y digo aparentemente porque, en realidad, nos pongamos como nos pongamos, está todo inventado. Más o menos a la izquierda, más o menos a la derecha. Por supuesto, se trata de mi modesta opinión, como siempre. Y también como procuro hacer siempre, escrita con el mayor de los respetos. Porque es precisamente en el respeto a las ideas, principios, y, más en concreto, a cada persona, donde creo que se encuentra la base para cualquier tipo de gobierno de una cierta categoría que no pretenda dejar a nadie fuera.

Si después del famoso debate decisivo a cuatro emitido en A3 escribí acerca de la superficialidad que en mi opinión había dominado el mismo, hoy, tres días después del careo entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy – supuestamente “arbitrado” por un superado Campo Vidal – les reconozco que me quedo con aquel primer debate en el que casi nada de importancia se dijo. Será que la violencia, física o verbal, me produce un repelús, una náusea, que no logro digerir.

Qué le vamos a hacer, por desgracia a una la parieron así de blandita. En todo caso, durante el esperado “cara a cara” tampoco hubo ocasión de profundizar, analizar, informar y explicar asuntos clave del programa electoral de los dos partidos sentados a la mesa. Muy al contrario, a lo que asistimos fue a un espectáculo inútil y en extremo desagradable donde daba la impresión de que a uno de los contrincantes le habían acercado una prenda del otro, para que la olisquease con el único objetivo de que su dentadura no soltara en ningún momento la presa.

Antes del debate, se sabía que, según sondeos y analistas varios, Podemos continuaba su particular “remontada” cosechando simpatías otrora socialistas y que Sánchez no tenía, en
principio, nada que perder en su confrontación con el presidente del gobierno porque su “enemigo” es, sobre todo, Pablo Iglesias. Sin embargo, nos equivocábamos. Resulta que hasta Pedro Sánchez tenía mucho que malograr en esa mesa, y no me refiero únicamente a las formas. A pesar de que empezó bien. A lo suyo, pero bien. Enérgico, con la seguridad que proporciona un guion bien aprendido y mil veces ensayado. Hasta que esa misma seguridad acabó por arruinarlo. Crecido ante la inicial imperturbabilidad de su adversario, decidió improvisar tensando más la cuerda y su fachada de líder se desmoronó dejando al descubierto el angustioso desespero de un animal herido que quiere, si es necesario, morir matando. Que se revolvió y pataleó, olvidando por completo que estaba allí sentado para cosas muy alejadas del rudo agravio personal, la denuncia sin guarnición de pruebas o argumentos, la simple y llana bajeza.

Pedro Sánchez convirtió la mesa de debate en un sangriento cuadrilátero, sustituyendo la sana dialéctica por continuas interrupciones y repetitivos insultos personales, privándonos
cansinamente de la oportunidad de adentrarnos en cuestiones concretas. En definitiva, de saber más antes de decidir si los partidos de siempre merecen el voto o si, por el contrario, los apéndices a su izquierda y a su derecha van a cambiar el mapa político de España a través de una disgregación “a la italiana”. Una dispersión que, antes o después, desemboque de nuevo, igual que ha ocurrido hace ya tiempo en el país transalpino, en dos únicas posibilidades de voto: las dos coaliciones formadas por el sinfín de partidos que fueron naciendo precisamente para despolarizar la intención de voto.
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