25 de septiembre de 2021, 6:34:06
Opinión

TRIBUNA


Una victoria de Estado

Raúl Mayoral


Sabíamos que serían unas elecciones decisivas. Más decisivos aún serán los acontecimientos venideros. Esperemos que además sean claramente resolutivos. ¡Qué envidia del sistema electoral con doble vuelta oballotage! No saber tras el escrutinio quién presidirá el gobierno de la nación convierte la quieta dársena española en un espacio revuelto con remolinos y corrientes propenso a la incertidumbre, especialmente, en los terrenos del capital y la inversión, de la economía, en suma. Si en la Transición se escuchó al poder económico, quizás convenga escucharlo nuevamente. Uno de los desafíos que sigue afrontando España es la recuperación de la economía. No es deseable el borrón y cuenta nueva arrojando al cesto del olvido los números hasta ahora bien trazados.

No nos sentimos obligados a arriesgar un pronóstico. Nos limitamos a ofrecer un panorama. Viendo el reparto de escaños en el Senado (124 para el PP sobre un total de 208), suena a ficción presentar los resultados electorales a modo de pugna entre lo viejo y lo nuevo. Afortunadamente, la Historia nos alecciona de cómo en la Europa de entreguerras ciertos abanderados de la novedad contra lo desgastado redujeron la democracia a escombros. No tan artificioso sería aceptar al menos teóricamente la contraposición derecha e izquierda (178 escaños del PP, Cs, PNV, DyL y CC sobre 172 escaños del resto), aunque absolutamente irrealizable en la práctica en un Parlamento que parecerá un conglomerado disociado por intereses parciales. El antagonismo más real y palpable que emerge de estas elecciones es el de estabilidad versus precariedad. Los riesgos que más afectan a la firmeza y fijeza actuales proceden del nacionalismo excluyente y del populismo antisistema. Con ellos se puede contar para todo menos para construir y progresar. Ni Rajoy ni el PP son enemigos de la libertad en España. El PSOE, pese a su derrota (desciende del 25% obtenido en las pasadas elecciones autonómicas al 22%, su porcentaje más bajo en la democracia), debe continuar siendo ese puntal básico del régimen parlamentario dejando de coquetear con populistas plurinacionales si no quiere perder el apoyo de las conciencias libres. Cierta extrañeza puede producir ver de presidente del gobierno a quien ha sido el cuarto candidato entre los electores de la capital de España, sin haber experimentado desgaste alguno por gobernar. También sería posible un gobierno del PP con un presidente que no sea Rajoy.

Resultará muy difícil la gobernación del país. No se descartan elecciones anticipadas. El panorama requerirá de mucho diálogo y consenso, como en 1977, para forjar alianzas, acuerdos y pactos. Como entonces, se precisará de mucho sentido de Estado; más que de partido. Es la hora del estadista, que sabe hacer concesiones; no del político movido por la ambición de poder. No olvidemos que Felipe González, como líder de la oposición, facilitó la gobernabilidad a Suárez ordenando ausentarse del hemiciclo a algunos diputados socialistas convirtiéndose sus votos en abstenciones. Será clave la persona del Rey por su función de árbitro y moderador. Los dos grandes partidos, opuestos en la doctrina, deberían buscar soluciones de tipo nacional tan necesarias en tiempos frenéticos y de crisis. Con claridad en el juicio, sutileza mental y prudencia ponderada. Ni es buena la guerra de nervios ni el exceso de precauciones y el agobio de cautelas. Todos los partidos políticos han sufrido de algún modo o de otro una derrota. Los españoles necesitamos una notable victoria: la del Estado constitucional.

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