2 de junio de 2020, 7:12:08
Opinión

POCO A POCO


España, un país fracasado

Borja M. Herraiz


Pertenezco a esa generación que nació a mediados de los años 80, la última que disfrutó de una educación y una diversión 'analógicas'. No viví los años duros de la dictadura ni los complicados de la Transición, algo que los más veteranos siempre han argumentado para restar valía a mi opinión. No he padecido guerra alguna, ni tampoco hambruna o la pobreza, gracias a Dios.

He crecido y me he formado como persona en el llamado estado de bienestar, en un contexto envidiable si lo comparamos con la inmensa mayoría de seres humanos. Nunca me ha faltado un médico, un profesor o un compañero de juegos. No he tenido que andar descalzo ni me ha faltado abrigo. En términos absolutos, soy un privilegiado, y, sin embargo, he perdido todo atisbo de fe en España.

No me entra en la cabeza cómo se elude de manera sistemática abordar el mal endémico de este país. No entiendo cómo Gobierno tras Gobierno, ya sea de un signo o del contrario, han sido incapaces, o si tenían esa capacidad la han evitado de manera irresponsable, lo que es más grave aún, de atajar el huracán de mediocridad que barre mi, nuestro, país. No concibo cómo se insiste en repetir errores a fuerza de condenar el futuro de generaciones y generaciones.

Puede que una crisis financiera haya asolado España en los últimos años hasta dejarla en los huesos. Puede que la corrupción haya corrompido hasta la última de las instituciones del Estado en lo que era una cultura, la del pillaje, practicada, o al menos tolerada, por la mayoría. Puede que seamos incapaces de sentirnos parte de una misma identidad nacional, con independentismos incongruentes aflorando por los cuatro costados. Pero todo eso y mucho más no son sino salpicaduras del fango nacional, del virus español: España no tiene educación, con y sin mayúscula.

La Transición marcaba un antes y un después en nuestra historia. Nos las prometíamos muy felices con la llegada de la democracia y la libertad. Teníamos los mimbres para despuntar y el contexto nos era favorable. Entonces, ¿cómo hemos podido pifiarla de semejante manera? ¿Cómo podemos asistir impasibles a tasas de abandono y fracaso escolar semejantes? ¿Cómo se puede conservar la fe en el futuro de España cuando la meritocracia es una quimera, cuando el enchufismo es el requisito para gozar de una oportunidad? ¿Cómo albergar esperanza cuando los jóvenes prefieren despelotarse en este o aquel reality de televisión antes que labrarse un futuro de provecho? ¿Es imaginable ser positivo cuando a un niño se le alienta más en su propia casa a darle patadas a un balón con la esperanza de que sea el nuevo Messi que a que lea, que aprenda o que se esfuerce por algo sustancial?

La falta de educación, con y sin mayúscula, insisto, es palpable en casi todos los órdenes de la vida, lo ha impregnado todo como si fuera un vertido de podredumbre humana: esos chavales que no ceden su asiento ante una embarazada en el metro, ese político que roba a manos llenas "porque es lo que toca", ese empresario que abusa de sus trabajadores, esa señora que trabaja en negro y cobra el paro, ese estudiante que se jacta de repetir curso o agrede a su profesor...

Lo siento, me niego a conservar la fe en un país que antes tenía por referentes a los Ramón y Cajal, Ortega y Gasset o Valle-Inclán y ahora los ha sustituido por la quinta de Mediaset. Por supuesto, nadie hará propio el problema, pues otro rostro de este veneno que infecta España es la falta de asunción de responsabilidades.

Cuando nos acabemos de estrellar, cuando ya este experimento nos estalle en la cara, acusaremos a propios y extraños, nos lamentaremos, pero seguiremos sin reflexionar sobre qué hicimos mal. Podemos seguir mirando hacia otro lado y fabricar borregos en masa, contaminando la sociedad con 'ninis' sin aspiración alguna más que a tener su minuto de gloria en televisión y pegarse la farra padre sin miras más allá del enésimo cubata, pero no hacemos sino trampear nuestra propia realidad.

Hemos perdido la honestidad como país, no ya de cara al de enfrente, sino con nosotros mismos, que es peor. Hemos fracasado vendiendo nuestra identidad y adoptando nuestra versión más chusca y zafia. No, lo siento, no puedo creer en un país así, no mientras no caigamos en la cuenta de que sin educación, sin valores, sin principios, no somos más que un ensayo fracasado, un gatillazo social, un pudo ser pero mejor no.
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