14 de noviembre de 2019, 0:30:43
Opinion

TRIBUNA


La recaptura de "El Chapo" Guzmán

Francisco Parra


El anuncio de la recaptura del narcotraficante mexicano más buscado del mundo, Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo, representa, sin lugar a dudas, un golpe de alivio y una bocanada de aire fresco para el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, las fuerzas de seguridad y las instituciones del estado mexicano. Sin embargo, la aprehensión del delicuente no es, ni mucho menos, un éxito que debamos celebrar a los responsables de la procuración de justicia del país. Antes al contrario, este hito profundiza las críticas y el descontento de la sociedad por el clima de inseguridad que se vive en México y que tiene su expresión más lacerante en el número de víctimas mortales y en la penetración del crimen organizado en las principales corporaciones policíacas. Veámos.

En primer lugar, la recaptura de El Chapo, fugado por segunda ocasión, ha acrecentado la exigencia de la ciudadanía, los medios de comunicación, las organizaciones civiles, la academia, entre otros entes nacionales e internacionales, por esclarecer los hechos y las circunstancias en que han ocurrido las dos fugas anteriores. Sin bien es cierto que la primera escapada ocurrió en el gobierno del presidente Vicente Fox, la segunda se dio en la actual administración y ante promesas del actual presidente de que no volvería a ocurrir. En ambas ocasiones, las fugas han dejado al descubierto una extensa y compleja red de extorsión, corrupción y colaboración de las autoridades mexicanas con el crimen organizado; no sólo las administraciones locales, sino las estaduales y federales, desde la policía, los jueces y los centros penitenciarios. ¿Cómo se explica el nivel de corrupción que han alcanzando estas instituciones? Desde luego aplica la amenaza de “plata o plomo” usada por los criminales como una oferta insoslayable para comprar la voluntad y el favor de las autoridades, como ocurrió en días recientes con el asesinato de la alcaldesa de Temixco, en el estado de Morelos; pero, desafortunadamente, también es cierto que la corrupción es parte medular de la actividad cotidiana del ejercicio público en México, es un fenómeno estructural en el que participan todos los estamentos de la sociedad.

En segundo término está la narrativa y la metanarrativa del fenómeno en el país. Hoy sabemos que, tras la recaptura del delincuente, el afamado actor estadounidense Sean Penn y la actriz mexicana Kate del Castillo, se habían reunido con “El Chapo” en meses pasados y que la comunicación epistolar entre ellos era bastante fluida, para preparar –según las versiones periodísticas- el guión de la película que contaría la historia de vida del narcotraficante y las “epopéyicas” fugas perpetradas por el mafioso. Esto ocurre en un país donde los grupos musicales componen cantos populares, “corridos”, que relatan las hazañas de los narcotraficantes que prefieren morir a una temprana edad, pero con fama de valientes, mujeriegos y millonarios; esto ocurre en un país donde uno de los programas de televisión más exitosos es una serie de narcotraficantes llamada “El señor de los cielos”, que cuenta la historia de un capo que transportaba grandes cantidades de droga por vía aérea. Con esta narrativa que se ha apropiado del imaginario colectivo de un sinnúmero de comunidades mexicanas, no es raro encontrar a jóvenes que optan por unirse al crimen organizado atraídos por el discurso empleado por los que hacen apología del narcotráfico. Más allá de la pobreza, variable que también explica parte del fenómeno, mientras el estado no recupere el discurso y la narrativa que le arrebató el crimen organizado, difícilmente podremos ver cambios significativos en el corto plazo.

En conclusión, la recaptura de El Chapo es un hecho importante para la seguridad del estado mexicano, pero es una pírrica victoria para una clase política que no ha sabido estar a la altura de los principales problemas de México. Mientras que la falta de oportunidades y empleo con salarios bien remunerados siga siendo una asignatura pendiente, y la corrupción no sea desterrada de las instituciones y las administraciones públicas, no seremos capaces de construir una narrativa alterna, eficiente y eficaz que haga frente al crimen organizado y, sobre todo, aleje a nuestros jóvenes de la opción violenta. Si esto último no ocurre, desgraciadamente, seguiremos viendo inseguridad y víctimas mortales en México, aún con El Chapo tras las rejas.

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