7 de diciembre de 2019, 11:23:59
Opinion

TRIBUNA


Las raíces del liberalismo español

José Manuel Cuenca Toribio


La España de Cádiz fue, en esencia, la obra de dos protagonismos ciclópeos. La del madrileño Manuel José Quintana (1772-1857) y la del asturiano Agustín de Argüelles (1766-1844). En el recién terminado tan desastradamente como empezó Bicentenario de la Guerra de la Independencia –en la cultura nunca descansó ninguno de los puntos fuertes del PP aznarista ni rajoyista-, ambas figuras no se han visto singular ni específicamente enriquecidas con estudios biográficos condignos a su estatura histórica.

De ahí que con el objeto de reparar tamaña incuria, siquiera a escala individual y modesta, los jóvenes españoles, tan imantados por los viajes exóticos, harían bien en peregrinar por las rutas que marcaran el itinerario de dichos personajes, muy cosmopolitas, por lo demás y pertinaces anglófilos en afecciones, aficiones y objetivos personales y patrióticos. Sin duda, la de los andaluces y meridionales debiera principiar en Ceuta. En tan bella y conmovedora ciudad transcurrió un año de suplicio interminable para el verdadero forjador de la Constitución doceañista. Tal fue el periodo de su vida consumido en las más terribles condiciones carcelarias por la inicua sentencia que lo condenara a la pena a seis años de cárcel en el presidio ceutí de El Fijo. En una celda de proporciones excruciantes e insuperables, incluso en los más modernos gulags estalinistas y camboyanos, pasó el primer gran representante de la fastuosa oratoria parlamentaria del XIX hispano uno deencarcelación, antes de ser trasladado a Alcudia, en un encierro que duraría aún un lustro. Después de su contemplación, sus lejanos y adolescentes compatriotas acaso sufran durante algún tiempo pesadillas de gran intensidad, cuyos penosos efectos, sin embargo, se verán contrapesados por la vivencia intransferible de atisbar el poder del odio y la pasión en las contiendas que abrieron el camino de la libertad en una sociedad de muy lento aprendizaje en las lecciones necesarias para su adultez.

Orgullosos y conscientes del inimaginable precio de su defensa del insuperable patrimonio de idealidad y humanismo del gran Código de 1812, los diputados gaditanos represaliados alevosamente por el ruin y miserable Fernando VII adoptarían ulteriormente el calificativo de “presidiarios”, por alusión tanto a los términos de su condena como por su obligado e inhumano paso por los “presidios africanos”. Ignorante de ello y de una historiografía muy copiosa, uno de los más ardidos defensores de la causa de la “Memoria histórica” en relación a nuestra última guerra civil utiliza el erróneo y equívoco término de “prisioneros” para aludir aquellos próceres doceañistas que, en compañía del tribuno asturiano, abandonaron su encierro para ser ministros de Fernando VII, convertido en rey constitucional por el triunfo de Riego y sus seguidores. Frente a tan manifiesto desconocimiento, cabe aventurar que aquellos héroes de la libertad lamentarían el escaso fruto de su esfuerzo por hacer de su país una “nación ciudadanos”, amantes de su mejor legado contemporáneo y afanosos por hacer de la instrucción y la cultura el sello distintivo de su existencia colectiva.

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