26 de febrero de 2021, 23:04:15
Opinión


Sudafricana

Ricardo Ruiz de la Serna


No sé si ustedes saben lo que impone un machete. África se vuelve un sitio peligroso cuando las cartas vienen mal dadas. Desde los Grandes Lagos a Somalia pasando por Sudán, sólo nos llegan noticias terribles del Continente Negro. El sur del Sáhara es el corazón de las tinieblas (saluden a Joseph Conrad de mi parte). Hay, sin embargo, algo morboso en la información sobre los países africanos: parece que esperamos la nueva entrega del penúltimo drama humanitario. No hay, en suma, buenas noticias que vengan del Sur. O hay una tragedia de dimensiones colosales o hay el mayor de los silencios. A África no se le permiten los matices. El problema es que los tiene; más aún: es que sin ellos es incomprensible. A esta tierra se le aplican los dobles raseros y los tópicos sin misericordia. Veamos un ejemplo.

Sudáfrica ha tenido una historia tristísima en el siglo XX. Sin la lucha contra el Apartheid no se entiende el movimiento universal en pro de los derechos humanos. Su Gobierno se atrevió a poner encima de la mesa la cuestión del precio de los medicamentos para tratar a los enfermos de SIDA. Albergará el Mundial de 2010 y lo llaman el País del Arco Iris porque en él caben todos los colores que Dios dio a los hombres. Si alguien quiere ver la grandeza del hombre, puede ir por donde quiera y encontrarla; pero si quiere ver la grandeza de Dios, puede visitar los parques naturales africanos y hacerse una idea. En Sudáfrica tienen unos cuantos. Por ellos, sorteando las fieras y los obstáculos naturales, han llegado a pie huyendo de la pobreza, del hambre y de la persecución muchos inmigrantes sin papeles. No hay frontera, ni barrera ni vigía que pueda controlar un territorio como ese. Así entraron desde Mozambique y, sobre todo, desde Zimbabue, miles de desesperados en busca de una vida mejor. Muchos la encontraron, pero otros no. Se hacinaron en barrios de chabolas y compartieron su miseria con los pobres nacionales. Cuando algunos criminales empezaron a atizar el odio y el miedo al desempleo, hubo lugares paupérrimos en los que estalló la violencia a manos de unos pocos delincuentes. Ustedes ya conocen esta historia: ha llenado los titulares de la prensa los últimos días. Sin embargo, quizás nadie les contó que el Gobierno sudafricano ha condenado estas agresiones sin excepción y que las consideran una vergüenza nacional. Se han practicado detenciones de personas acusadas de incitación al odio, homicidios y lesiones entre otros delitos. Sudáfrica ha asumido sus compromisos internacionales en materia de cuidado de los refugiados a pesar de los problemas reales para controlar los flujos migratorios; a pesar del desempleo que se ensaña con los más pobres, que también son los menos cualificados (¿sabían que Sudáfrica está buscando ingenieros por todo el mundo?). No hay precedentes de estas agresiones en la Sudáfrica democrática. Algunos dicen que detrás de las agresiones están unos u otros, pero lo cierto es que son crímenes y, como tales, los considera el Gobierno al margen de quién los instigue. El miedo alimenta el odio y el furor, desde el tiempo de eneas, da las armas... La sociedad ha reaccionado. Ha habido barriadas misérrimas donde los nacionales han protegido a los extranjeros con quienes comparten desesperaciones. Un banco ha donado tres millones de Rands para comprar comida y mantas y el entramado asociativo se ha puesto en pie; las iglesias institucionales se han levantado, los creyentes han alzado su voz; y hasta los que no tienen nada han gritado que esto no debe suceder en Sudáfrica. Los cien mil judíos de Sudáfrica están moviéndose; hay organizaciones caritativas musulmanas y cristianas que no paran. Ahí están el KwaZulu-Natal Christian Council y los distintos grupos ecuménicos para demostrarlo. La memoria del Apartheid no se ha perdido. Es fácil simplificar considerando que los violentos representan una sociedad y olvidar a la mayoría que pide castigo para los criminales, caridad para los pobres y justicia para todos. Si miramos con detenimiento, no hay pueblo sin radicales ni asesinos.

Ahora bien, los problemas a largo plazo siguen. Zimbabue es un Estado fallido a cuyo frente está un tirano. ¿Dónde están las Naciones Unidas? Alguien me dijo esta semana -a propósito de esto- que hay dobles raseros con África. Se exige a Sudáfrica que intervenga contra Robert Mugabe, pero debe hacerlo sola. Parece que el Consejo de Seguridad no tiene mucho tiempo para acabar con tiranías como esa. Sudáfrica tiene tropas desplegadas en varios escenarios regionales desde Costa de Marfil hasta Burundi. No tiene que demostrar su disposición pero tampoco cabe exigirle una unilateralidad que no siempre funciona. Los flujos migratorios seguirán porque son naturales en los seres humanos. Todos tenemos ese derecho a la búsqueda de la felicidad que proclamaron unos revolucionarios que se alzaron contra el Rey Jorge en América. También tenemos derecho a que la comunidad internacional se ocupe de las crisis internacionales. Los sudafricanos merecen que no se les juzgue con tanta rapidez y por unos pocos criminales. No hay pueblo ni país perfecto, tampoco éste, pero no debemos olvidar a quienes optan por el bien frente al mal: ellos nos recuerdan a todos que frente a la maldad hay alternativa. Por eso, hoy, Orient Express se ha desviado de su recorrido. Por eso, en esta columna, pedimos justicia para Sudáfrica.
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