15 de octubre de 2019, 18:16:13
Opinion

TRIBUNA


Venezuela en peligro

Alejandro San Francisco


Las elecciones del domingo 6 de diciembre de 2015 abrieron una luz de esperanza para ese sufrido pueblo, después de casi dos décadas de chavismo. Como suele ocurrir en la vida política de los populismos, lo que primero se levanta con fanfarria y éxitos pasajeros termina siempre en drama y miseria. Un país rico por su naturaleza y por su gente llega a estar sumido en una verdadera parálisis asociada a un régimen disfuncional e incapaz de dirigirse hacia el desarrollo por las vías de la democracia y la paz social. En definitiva, un futuro incierto.

A todo esto se suma la anomalía institucional, grave para este tipo de casos, donde coexiste un Presidente de un determinado pensamiento con una Asamblea Nacional mayoritariamente opositora. Esta situación no es de suyo inaceptable ni imposible de ser administrada, pero requiere una voluntad particular de buscar acuerdos donde antes se pretendía la imposición de la propia agenda política, la capacidad de articular una política donde se integren las iniciativas del gobierno con la sabiduría política que reconoce la mayoría opositora y sus consecuencias. En definitiva, se trata de decidir entre hacer gobernable a la nación o bien optar por la parálisis o la aplanadora. Cualquier gobierno sensato sabría qué hacer en estos casos: integrar, buscar acuerdos, gobernar con visión de Estado y no simplemente partidista. Reconocer la realidad es una de las bases de cualquier política inteligente.

En los últimos días se han producido dos situaciones importantes y peligrosas en Venezuela, que conviene revisar en su mérito y de las cuales se deben sacar las lecciones adecuadas.

La primera, es que el gobierno declaró el estado de emergencia económica. Se trata de un decreto que no solo se refiere a la administración de los recursos, sino que también tiene una naturaleza política. La pérdida de la mayoría parlamentaria ha forzado a la dictadura de Maduro a buscar nuevas fórmulas y a reconocer ciertos hechos, como la crisis económica que el mismo régimen ha provocado y profundizado. El objetivo de la emergencia es dar carta blanca al gobierno para gobernar vía decretos, y saltarse de esa manera a la oposición, estableciendo una especie de gobierno de hecho paralelo.

El tema es doble. El decreto, que el líder opositor Henrique Capriles calificó como "un frasco de veneno" para su país, tiene sentido considerando la incapacidad del gobierno de administrar el país con una mayoría opositora en la Asamblea, considerando que estaba acostumbrado a que sus miembros fueran siempre obsecuentes y solícitos frente a las propuestas de Chávez y de Maduro. En el plano económico también tiene una base consistente, debido a la dramática situación que efectivamente enfrentan los venezolanos.

¿Cuál es el problema económico, la emergencia, de Venezuela? Es múltiple. Por ejemplo, Venezuela es un país con una inflación acumulada realmente catastrófica, donde el dinero no tiene importancia, y en la práctica se está estableciendo un modelo de mercado negro e intercambio de bienes. Adicionalmente el producto interior bruto ha caído sistemáticamente, lo cual no es un problema meramente económico, sino que tiene múltiples consecuencias sociales. Entre ellas se puede mencionar la escasez de bienes que se encuentran en cualquier país de las mismas características pero con otro sistema económico, incluso en temas de primera necesidad, como en el caso de los alimentos.

En parte, el problema se pudo superar durante algún tiempo por la riqueza del petróleo, que incluso se regalaba a otros países. Sin embargo, la situación comenzó a cambiar con la disminución del precio del crudo, que termina golpeando al conjunto de la economía del chavismo. De esta manera las medidas de emergencia aparecen como una manifestación de desesperación que de interés por solucionar del drama diario de los venezolanos. Solo la ignorancia histórica y económica puede suponer que los problemas se solucionarán con las medidas que propone el decreto de emergencia: agilizar las compras del Estado y el tránsito de mercancías, incrementar los niveles de producción, estimular la inversión extranjera (algo inviable ante la desconfianza que produce el régimen), implementar medidas para la evasión fiscal. Lo que requiere Venezuela no son medidas menores para enfrentar el fracaso, sino que un plan radical de progreso y reactivación económica, el retorno del Estado de Derecho y cambiar el eje de la economía desde el Estado a las personas.

El otro aspecto que preocupa hoy a los venezolanos es el recrudecimiento de la odiosidad política y la polarización, especialmente promovida desde el gobierno. La democracia es un sistema que permite coexistir razonablemente a quienes piensan distinto, así como resolver las legítimas diferencias de manera civilizada y pacífica, dentro de la ley y de acuerdo a formas cívicas de convivencia. El populismo, por el contrario, busca generar una lógica distinta, de amigos y enemigos, de buenos y malos, de personas que están con el pueblo y su gobierno frente a otros que están contra ellos, porque por definición defienden intereses espurios. Con esa lógica es imposible avanzar.

En el caso de Venezuela, se juntan varios aspectos. Desde luego, el primer lugar lo ocupan la detención arbitraria de opositores, como han denunciado distintos líderes -el español Felipe González y el chileno Ricardo Lagos entre ellos- e instituciones internacionales, para el caso de Leopoldo López por ejemplo. A ello se añaden las vejaciones y agresiones que sufre su esposa Lilian Tintori y la madre de López, cuando van a visitar a su marido e hijo, y donde fueron obligadas a desnudarse y abrir las piernas en varias ocasiones. La represión y el abuso, en este caso, van de la mano, y nada bueno se puede esperar de ello.

Por eso resulta imperativo resolver el asunto antes que sea demasiado tarde. Las guerras civiles, los golpes de Estado, las revoluciones sociales, siempre van precedidas de un clima previo de violencia verbal y física, de agresiones sistemáticas contra los adversarios políticos, de crecimiento de las expresiones de odio y división. Venezuela todavía está a tiempo de impedir que la emergencia económica y política se transforme en una emergencia humanitaria, que sería desastrosa para un pueblo que merece condiciones de justicia y libertad.

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