15 de diciembre de 2019, 18:03:15
Opinion

TRIBUNA


Si yo fuera el Rey...

Natalia K. Denisova


Las monarquías actuales de Europa ejercen un poder simbólico, que muchos traducen como la imposibilidad de influir en la política. Esta opinión es una verdad parcial, porque si las monarquías no tienen poder de influencia directa, sí la tienen de modo indirecto. El caso de Gran Bretaña es paradigmático, además está bien narrado en una obra de cine como es La Reina (The Queen, 2006), donde el papel de Isabel II queda retratado en un breve diálogo con el recién elegido premier-ministro Tony Blair: a usted le han elegido y tiene todo el poder político, pero que no se le olvide que usted es el vigésimo quinto premier ministro que recibo en Buckingham y, entre ellos, estaba Sir Winston Churchill.

La monarquía española, por su parte, es una de esas instituciones del Estado que tiene una obligación claramente política, o mejor, de facilitar una buena política. Garantizar el funcionamiento de las instituciones no es una tarea baladí ni alejada al ejercicio de la política. Sin duda, esta función está limitada a periodos excepcionales, cuando otras instituciones no pueden por una u otra razón funcionar debidamente. No es un secreto que hoy vivimos en España un momento excepcional. El monarca ha tenido una oportunidad de oro para actuar. ¿Ha aprovechado Felipe VI la ocasión que le brindaba la Constitución para proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno? Lo dudo.

La realidad es poco halagüeña: estamos ante una lucha encarnizada entre dos partidos con la intromisión de un tercero, no se sabe bien si de uno o varios partidos. A los líderes políticos poco les importa el país. ¡Qué caiga el mundo, pero yo gobernaré! Mas hay dos figuras cuya actitud parece ser distinta: el rey Felipe VI y Albert Rivera. Uno, por su cargo o por su destino, es ajeno a la lucha ruin entre los políticos rivales; otro, por su experiencia en Cataluña, Madrid y Andalucía sabe de las consecuencias que trae la guerra de intereses personales llevados al terreno de política nacional. Los ha vivido en sus propias carnes y trata de evitar el bochornoso espectáculo que lleva a la ruina a España. Rivera ha planteado una posible solución para desbloquear la situación, pero el Rey no la ha aceptado. Ha optado por demorar la resolución siguiendo la táctica preferida de Rajoy. Pocos indicios hay de que podamos esperar algo más del monarca, que el mero cumplimiento del protocolo. Lo más lamentable es justificar esta actitud detrás del frágil argumento de que el PP es la fuerza más votada.

En verdad de las entrevistas del rey con los líderes hay un claro ganador: Mariano Rajoy. ¿Qué ha ganado este hombre? Tiempo. ¿Quién ha perdido? El pueblo que aún no sabe si la crisis se resolverá pronto o nunca. Lo obvio es que el rey ya tendrá poco protagonismo en esta resolución. El poder simbólico también es muy difícil de mantener.

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