13 de noviembre de 2019, 3:12:40
Opinion

TRIBUNA


Cuando la tragedia se hace rutina

Miguel Ángel Bufalá


En fisiología, múltiples fenómenos, participan de lo que se conoce como umbral de sensibilidad para expresar el nivel más bajo de intensidad con el que un estimulo es capaz de producir un efecto al menos con el 50% de posibilidades.

Los ejemplos más cotidianos y fáciles de comprender son los relacionados con los sentidos, así el umbral de audición será la cantidad mínima de sonido necesaria para que lo podamos percibir. La luz mínima para poder ser detectada en la oscuridad, etc.

Junto a estos ejemplos puramente físicos, sucede lo mismo con otros de carácter psicofísico o mixto, siendo el más habitual el denominado umbral del dolor, que indicará a partir de que cuanta algo nos resulta doloroso. Y posiblemente el que mejor explica el fenómeno de acostumbramiento o de adaptación que señala que ante estímulos repetidos, será necesaria una mayor magnitud del mismo para ser percibido. Afortunadamente esto es útil en el caso del dolor.

Pero creo que donde debería preocuparnos es en el terreno psíquico y de nuestros sentimientos, al detectarse de forma generalizada, cómo el umbral de asombro, rechazo, ira, indignación etc. presentan día a día un nivel más alto ante sucesos de actualidad, tan trágicos como la mortandad imparable de individuos que quieren evitar cruzando el mar la pobreza o la guerra presente en sus países de origen o a nivel algo mas casero, el goteo continuo de muertes generalmente en mujeres por la denominada “violencia de género”.

El acostumbramiento por su cronicidad, ya es casi total en temas de mayor entidad numérica como la mortalidad infantil, la hambruna en África, las enfermedades endémicas, acompañado el subdesarrollo, etc. Y posiblemente al igual que decíamos con el dolor físico, como mecanismo de defensa y además en estas situaciones, para evitar la angustia de la mala conciencia.

La industria periodística para estimular nuestra atención, como si esto fuera necesario, adereza la noticia con acompañamientos que aumenten nuestra sensibilidad y atención, haciendo hincapié al enumerar las víctimas infantiles o embarazadas, pero esto también cada vez nos impacta menos.

La denuncia de estas trágicas situaciones y su solución debería recaer en los responsables de la gestión, pero evitando el gran pecado socialdemócrata de la frecuente e injusta subvención así como la creación de departamentos o instituciones de solidaridad, muchas veces utilizadas para conseguir clientelismo político. En lugar de atajar esta problemática en su raíz, con colaboración autentica en los países de origen, etc.

Ante la barbarie cotidiana de los múltiples efectos nocivos, físicos y psíquicos, secundarios a la mencionada violencia de género, solo quedan como armas, los mecanismos institucionales y penales en manos de la administración y posiblemente con mayor importancia, a nivel mejorar la educación y formación de la ciudadanía desde la infancia, evitando todo tipo de discriminación, positiva o negativa, para entender la igualdad en derechos, deberes, virtudes, etc. del individuo, independientemente de su género. Con tolerancia cero ante la discriminación actual más estúpida de nuestra convivencia.

Evitemos desensibilizarnos ante la tragedia aunque sea cotidiana.

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