28 de febrero de 2020, 17:33:37
Opinion

TRIBUNA


El padrenuestro de los bien nacidos

Juan José Vijuesca


No existe nada más alentador que ayudar al prójimo sin hacer distinciones, y créanme si además por ello no se glorifica ni se recaudan donaires. La mejor repoblación que ahora mismo necesita el ser humano no es otra cosa que impulsar el respeto ajeno; o sea, lo que se conoce por democracia, igualdad e incluso amor.

Voy a tratar de no caer ni en lo cursi ni en lo místico, simplemente me dejo llevar por el impulso de la realidad de cuantas personas se sienten vilipendiadas, mancilladas y desprotegidas por creer en la fe cristiana que profesan. Son, y somos los católicos de convicción, personas idealizadas bajo la tutela de la esperanza, algo que no se germina al albur de doctrinas políticas cuyas dimensiones suelen transgredir la voluntad del individuo. Ser buen católico es algo marginal en consecuencia con la colección de odio y codicia que emana de los suburbios del poder omnívoro, ya saben, ese mezquino elixir capaz de transformar la prudencia en violencia.

Hay quienes se otorgan la facultad de romper la hegemonía de la igualdad por la simple verbigracia de un mandamiento popular; es más, en algunos casos ni tan siquiera han sido elegidos por sufragios suficientes, sino por el asqueroso manoseo que la estofa política practica en consecuencia de su propia ambición. Por ello, repito, los gozosos en ocupar temporales cargos de protección oficial, aprovechan para alterar el precio de las cosas, enterrar costumbres contrarias a su decálogo y en especial a perseguir aquello que no comulgue con la igualdad de sus actos.

Nada de extraño tiene, por tanto, que una simple oración en el fragor de la intimidad respetuosa sirva para tanto y para tantos como lo es el padrenuestro. Estamos hablando de una especie de soledad acompañada, -valga este oxímoron-, cuando la esperanza descansa en ese culmen de pedir por todos los que padecen, sufren o simplemente necesitan la ayuda de una fuerza superior a la nuestra. No hay distinción ni desasosiego alguno cuando un católico sabe administrar el nirvana de sus actos; sin embargo, hay quienes combaten a esta maravillosa obra de la oración con la inquina y el ataque más feroz. No es casual que esto suceda, pues la orquesta de la intolerancia toca a ritmo desigual cuando la vara de medir tiene doble cara, una para el solaz recreo y provecho de cuantos solo se guardan para sí mismos y la otra cuando los demás son personas que lo único que tratan es de conciliar, sin distinción, la tolerancia y el respeto por igual.

No hablo de iglesias, de imágenes, ni siquiera de santificar las fiestas, hablo de una simple oración en la intimidad de la reflexión. Algo a lo que cualquiera que se precie, sin desigualdad de clases, color de piel, condición religiosa, género, propiedad intelectual, índole o aspecto, como digo, represente aquello que mana de la hondura de lo mejor de nosotros mismos para optimizar la condición humana de los demás. Si a esto se le puede llamar ser católico, yo si lo soy y no me avergüenzo por ello, porque lo poco o lo mucho de bien que pueda hacer por otros es misión que me encomiendo en esta vida y en este preciso instante. Por eso, las repugnantes muestras que hacen ciertos juglares de la ignominia usando la blasfemia, el desacato y la falacia sirven para reforzar la fe en quienes tomamos partida de buen silencio y mejores actos.

No voy a hacer publicidad gratuita a quienes su propio tormento egocéntrico les corroe el vacío de lo más íntimo. Son seres huecos de esperanza y de respeto. Huecos de tolerancia, huecos de igualdad y de libertad, aunque ellos preconicen lo contrario desde sus púlpitos; sin embargo ignoran que la fuerza, la verdadera pujanza, no radica en el poder de mando, sino en la eterna condición que el ser humano guarda en lo profundo de su fe, creyente o no, bien de esta o aquella otra religión, pues la virtud del alma y sus múltiples aplicaciones carecen de dueño. Por eso, el padrenuestro, traído a lo íntimo, da igual el lugar, el momento o la ideología de cada cual, es y será ese lenguaje universal capaz de pedir ayuda cuando la herrumbre y la flaqueza invaden los espacios vitales del ser humano. Y esto, le pese a quien le pese y a pesar de los actos vandálicos, bufonadas y demás irreverentes muestras de arte lenguaraz y chocarrero, es lo que pone aún más en valor el auténtico padrenuestro de los bien nacidos.

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