28 de enero de 2020, 12:49:29
Opinion

WELTPOLITIK


Crisis del sistema de partidos o crisis de liderazgos políticos

Carlos Ramírez


En el escenario de la reactivación de la participación política de la sociedad sobre todo a través de las redes cibernéticas, los procesos electorales se han convertido en un desafío de interpretación. Entre las variables analíticas hay una que debe plantearse en directo: los resultados electorales son un mensaje de la sociedad a los partidos para decirles que ya no cumplen con las nuevas expectativas.

La lista es muy larga: en Bolivia el popular Evo Morales perdió la consulta para perpetuarse en el poder pero sin perder su peso social, en Argentina sepultaron al peronismo, en Venezuela los votos han achicado a la revolución bolivariana, en Brasil hay un colapso de la izquierda popular, México avanza a una fragmentación del voto, los EE.UU. han revivido a la sociedad esclavista, en España se votó un resultado que impide la construcción de una mayoría absoluta, en Grecia se vota a la izquierda para que gobierne como derecha.

Los liderazgos políticos han equivocado el análisis. El sistema electoral de México --construido por el PRI para beneficio propio en su papel de partido como primera minoría, pero con el control absoluto de las estructuras de toma de decisiones-- sigue operando con el modelo de mayorías simples, pero arrastrando una severa crisis de representatividad y legitimidad: el PRI como partido ganó en el 2012 sólo el 29% de los votos y subió a 39% con la alianza con el partido Verde Ecologista. En total sumó 20 millones de votos, el 16% de los 120 millones de habitantes.

Los últimos datos del escenario político mexicano con miras a las elecciones en junio del 2016 de doce gobernadores estatales --un tercio del total-- y la expectativa de las elecciones presidenciales del 2018 revelan no sólo la baja legitimidad de votos con victorias con menos del 30% de los votos, sino dos escenarios nuevos: la cifra de 30% de electores indecisos que resolverán su voto a la hora de cruzar la boleta y el fenómeno de los candidatos independientes que participan en elecciones sin representar a ningún partido.

La configuración político electoral de México --y en sus propios escenarios la de muchos países-- está enviando el mensaje de una severa --severísima-- crisis de legitimidad de los partidos políticos que representa inclusive un desafío a la teoría tradicional de los partidos políticos. Pero el pesimismo político concluye que no hay otro sistema de democracia procedimental que el electoral a través de los partidos. Por tanto, el reto político es el de revisar y reorganizar el sistema de partidos. En México las dirigencias deciden candidaturas, en los EE.UU. opera el mecanismo de elecciones primarias y en Europa se deciden en función de las formas parlamentarias.

El problema de los partidos lo descubrió en 1912 el sociólogo alemán Robert Michels en el primer esfuerzo para sistematizar a las organizaciones partidistas. Y puede conocerse como la “maldición de Michels”: las dirigencias partidistas derivan en estructuras oligárquicas que dominan las decisiones, pero a costa de olvidar sus compromisos con las bases. Este modelo se conoce como “la ley de hierro de la oligarquía” [1]. En México acabamos de vivir ejemplos: en el PRI, el PAN y el PRD hubo designaciones de gobernadores en función de designaciones directas de la dirigencia, sin tomar en cuenta las tendencias de precandidatos en encuestas; es decir, no ganaron la nominación los mejor posicionados sino porque tuvieron el beneficio de los liderazgos.

Los sistemas de partido son los mecanismos de funcionalidad de la democracia en su etapa procedimental: el ejercicio del voto para poner/quitar gobernantes; es la base del sistema representativo. Pero cuando los resultados electorales son bajos o impiden la construcción de mayorías, entonces los sistemas de partido ya no son funcionales para la democracia. En México el sistema de partidos sacó del sombrero del mago la figura de los candidatos independientes, pero hasta ahora sólo uno de cinco que ganaron en las últimas elecciones es considerado independiente al 100% y a la hora de gobernar se ha encontrado que carece una estructura de poder político y tiene que gobernar o entenderse con el sistema institucional de partidos. En la práctica el modelo de los independientes carece de funcionamiento práctico. El gobernador del estado industrial de Nuevo León ganó como independiente --a pesar de haber militado un cuarto de siglo en el PRI-- y como autoridad estatal tiene que lidiar con el sistema de partidos en las estructuras del sistema de gobierno.

En México vemos la crisis política de España como crisis del sistema de partidos para construir una mayoría absoluta porque creemos que los partidos no entendieron el mensaje de la sociedad: la nueva correlación de ideas ya no se mueve por ideologías sino por propuestas prácticas. La crisis del sistema de partidos en Italia con el asesinato de Aldo Moro y la desaparición del Partido Comunista Italiano condujo al colapso que prohijó a Berlusconi. Por eso en México comenzamos a hablar de la berlusconización de la política, del poder y del sistema de partidos: los liderazgos personales, bonapartistas.

En los hechos no hay más participación de la sociedad; lo que ha ocurrido es que las redes cibernéticas han construido nuevos espacios públicos sociales en los que la sociedad ha rebasado por arriba, por abajo y por los lados a los partidos y a sus oligarquías dirigentes. Y lo que vemos en crisis políticas en el mundo a la hora de elegir gobernantes es apenas el principio de la crisis de la vieja ciencia política y el desafío de reorganizar la participación política de la sociedad: el sistema de partidos y el modelo de liderazgo político ya no responde a la nueva reorganización de la sociedad en la era del internet.

[1] Michels, Robert (2008), Los partidos Políticos II, Amorrortu Editores, pág. 191.

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